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antoniadis9

La Maleta Bajo La Cama

No era la primera noche, desde luego. La procesión de hechos humillantes provenía de varios meses atrás, quizás coincidiendo con la mudanza a aquella jaula de oro que nunca consideró su hogar. Los amplios ventanales, que en ocasiones recibían la espuma de las olas del mal llamado Mar Pacífico, significaban para ella poco más que los barrotes de una celda de seis metros cuadrados, porque le recordaban a diario su cautiverio. Condenada por amor, por veneración, por adoración y por miedo a perderle. En el corredor de la muerte, pensó para sí. 

Tomó asiento en el exquisito sofá de cuero viejo, apoyó un vaso de whisky sobre la mesilla de cristal accesoria, encontró un libro cualquiera, y fingió que leía. A cada párrafo hacía un pequeño descanso para solazarse en su desgracia, averiguando cómo pudo dejarse atrapar por la invisible tela de araña que él había ido tejiendo a lo largo del tiempo. Dejó a familia y amigos, porque él se lo impuso. Abandonó su trabajo y estudios, con el fin de atenderle en todo momento. "Lo necesito", le dijo en su momento. Los retrasos, el olor a alcohol barato y perfumes cuestionables, la brusquedad en los modales, algún empujón aislado, y, sobre todo, el miedo. "He acabado por temerle", se reconoció.

Tenía la maleta preparada, con lo imprescindible, con una selección de recuerdos y cuatro vestidos al azar. Cuando se acostaba en la cama que sólo compartían para el descanso, notaba el bulto que se dibujaba bajo la misma, y cada mañana, al levantarse para ponerle el desayuno, juraba que ese sería el día en el que se agacharía, la revisaría por última vez, cogería la gabardina del armario, y dejaría atrás la pesadilla de humillación e indiferencia. Transporte a la estación, tren a cualquier parte, y empezar de nuevo. Sabía que podía hacerlo, no era una mujer débil y sin recursos. No era una inmigrante ilegal, no tenía por qué soportarlo. Quizá sólo necesitaba un impulso, una especie de gatillo, una última provocación, un enfado terrible,  una humillación superlativa.

En aquel momento, su ensoñación se detuvo. El ruido de uno de aquellos coches que imitaban a los clásicos de los cincuenta, con el inequívoco distintivo de servicio público. La portezuela que se abre, las largas piernas de él avanzan hacia la casa. Zapatos acharolados que ella le compró en algún cumpleaños. Traje cortado a medida. Tenía que reconocerlo. Un canalla, pero muy atractivo. En ese momento, se detiene, da la vuelta en redondo y toma una mano enguantada que asoma desde el interior del vehículo. La besa, se inclina hacia delante, y parece entretenerse unos segundos. Y en esos momentos, ella ya ha decidido. Hoy es el día. Sube las escaleras a toda prisa, arranca la maleta de su escondrijo, baja a la cocina, abre dos cajones, coge algo casi de pasada, atraviesa la puerta de entrada y exprime escalón tras escalón, a toda velocidad, sin percibir la brisa húmeda, el aroma salino, ni la belleza del entorno. El, alarmado por los crujidos de la madera de balsa, se gira y parece pedirle explicaciones. 

Al llegar a su altura, suelta la maleta justo a sus pies, como para hacerle daño, y cuando se inclina para lamentarse, introduce la mano en el interior de la gabardina. El se vuelve, seguramente a recriminarla, y se detiene en seco. Un reflejo brillante le hace ver que no es ese el día, y se aparta hacia un lado. Ella se inclina al interior del coche. Extrae por la muñeca a la acompañante de esa noche. La arroja al pasillo de madera, sin que él se atreva a intervenir. Se coloca en la puerta del coche y, sin dejar de mirar a la pareja, pronuncia las palabras mágicas.

"Taxista, ¿puede llevarme a la estación?"

Publicado la semana 5. 30/01/2018
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John Coltrane, A love supreme. , De noche , Palabra sobre palabra
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