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Nathan

Balneario

El balneario estaba a tomar por saco de la civilización, perdido de la electricidad el asfalto y el hierro. La nieve escasa al principio fue creciendo y vistiendo los bosques de pinos y abetos de un manto blanco. Las cimas de las montañas dibujaban puntiagudos helados dispuestos entre ellas tatuando el cielo con sus formas, confiriendo la imagen de un menage a trois de nubes oscuras, blancas espaciadas en ese batiburrillo de naturaleza salvaje de roca.
El land rover, único vehículo capacitado para llegar al antiguo castillo reformado como balneario hacía años por un empresario que vio en él un negocio para gente adinerada y de buena reputación. A parte de balneario era un lugar de reposo dirigido por doctores en psicología, científicos del artificio del rejuvenecimiento por bisturí, profesores de tai chi, yoga, esquí, sus pistas tenían el mismo reconocimiento, que el director que lo regentaba con la dulzura romántica de la época victoriana, regido con la mano de hierro de un pontífice papal con alma de dictador chileno. 
    Con cansada sonrisa de anciano benévolo nos recibió a los recién llegados con un ligero distanciamiento, apremiando a que le siguiésemos con su largo caminar enseñándonos las estancias a la comitiva que habíamos sido trasportados desde el pueblo situado en las faldas de la montaña. 
    Eramos un grupo de lo mas variopinto. El director se deshizo en halagos ante un joven, quien no oculto el aprecio que sentía por el viejo dándonos a entender que no era su primera vez en el castillo, distintos encargados y responsables del lugar se detuvieron a intercambiar impresiones con el joven, que ha pesar de su corta edad demostró una madurez impropia de ella, si ya de por si los adolescentes son insoportables en su testosterona idiosincrasia, tratar con uno con ínfulas de divo empezaba a ser una píldora amarga de tragar, complicando su egocentrismo los halagos serviles de los que le creían merecedor. Pero en su defensa alegare que era agradable en escasos momentos.
    Las dos muchachas, una poco agraciada, pero de carácter alegre y dicharachero, ayudaba a que las horas pasasen de forma agradable y amena, sin mencionar que al final de la relación nunca supe cual era su nombre, tendía a cambiarlo cada semana.
    De todos los científicos y estudiosos que nos trataron me quedo con el recuerdo del Padre Dionisio, un anciano entrañable con el que disfrutaba intercambiando impresiones y cervezas, sin obviar a la profesora de relajación, Dolores, agradable y bien parecida, contagiaba con su sonrisa ya de por si bonancible una calma grata.

    Las semanas se fueron sucediendo calmosa mente, entre clases de yoga, espiritualidad, esquí, baños turcos y masajes, mis doloridos miembros fueron recuperando su elasticidad de hacia años, pero comenzaba a echar en falta algo que ese lugar no me dejaba entrever, pero no tardaría demasiado tiempo en descubrir que era ello.
    Los profesores titulares comenzaron a desaparecer con el tiempo y sus clases y tareas fueron delegadas en otras personas, no paso demasiado tiempo cuando comenzó hacerse manifiesto las preferencias de los profesores sobre otros ocupantes del balneario dejando de lado a otros visitantes. 
    Mis sospechas fueron en aumento cuando una de las muchachas que había comenzado el viaje con nosotros en ese entrañable land rover , desapareció de la noche a la mañana, y fue así.

Cenamos, nos acostamos y el director con rostro contrito y apenado nos confeso que Ester nos había abandonado esa misma madrugada durante el desayuno. Marlen, Jimena, Silvia, o como quisiese hacerse llamar esa semana lloro amargamente la perdida de una muchacha que se veía a las claras había estado predestinada a convertirse en una de sus grandes amigas.
    Trate de hacer memoria de lo que había ocurrido después de la cena, y fue el reconocimiento de que no era consciente de lo que había pasado después de haber tomado el orujo que solía disfrutar al finalizar los postres en compañía del Padre Dionisio.
    Exprimí mis sesos rememorando los pasos dados, el chupito entre mis dedos, fríos, el olor del licor dulce, su quemazón en mi garganta, el despertador sonando y yo bajando con una sonrisa beatifica al comedor para el desayuno y ahí nos soltaron la noticia.
    Hice un alegato, ligero demostrando mi interés por las razones del abandono de la muchacha, y fue cuando lo note, el director del balneario me ignoro, quede anonadado ante el trato distante y carente de interés del que fui objeto, el director no dudo en cambio en demostrar un interés desbordante por los balbuceos infantiles del joven que fue coreado por sus subalternos.
    Mi animo herido de los males pasados dejo pasar el altercado como una posible debilidad por mi parte, no debía olvidar que había estado muy enfermo hacia poco tiempo, información que guardaba para mi.

Abandonando el comedor y mi desayuno a medio terminar me dirigí a mi cuarto, cuando me tropecé con el Padre Dionisio que con una sonrisa afable me dio los buenos días notificándome que ya sabia del abandono de Ester. Le confese que ya había sido informado al respecto y le deje ver la impresión que me había causado la ofensa recibida por parte del director. Dionisio se limito a quitarle importancia invitándome a participar esa misma tarde en una reunión de media docena de sus amigos, prometió disfrutaría de la ocasión y con cordialidad acepte.
    Huelga decir que no asistí, presentando mi negativa educadamente, por lo que volvió a acontecer, la ofensa ya no fue velada, fue intencionada y cargada de desdén y pura estupidez infantil. En plena reunión el director cargando su prepotencia narcisista me hizo callar en publico, ignorando de forma sistemática mis apreciaciones, eso fue ya otra gota de un vaso que iba llenándose, se que el padre Dionisio nunca fue culpable, o eso me gustaría llegar a a creer de los acontecimientos venideros
    Esa noche después de cenar no me tome el chupito que era ya tradición y arroje su contenido en una maceta. a pesar de mi precaución, a la mañana siguiente volví a despertar en mi cama sin recordar como diablos había llegado hasta ahí. Interrogé a la muchacha de los mil nombres para verme sometido a unas claras invitaciones sexuales, con sorpresa y gratitud rechace sus propuestas huyendo de su alcance lo mas rápido que pude.
    Los interrogatorios con los demás tampoco dieron pie a un esclarecimiento y fue cuando me di cuenta, que estaba solo en ese lugar, mis apreciaciones, mis ideas, mis convicciones no recibían ni cordialidad ni afecto, hablaba el mismo idioma pero con otras idiosincrasias, el padre Dionisio, me aceptaba tal como era, pero no obviare que había ocasiones que veía en él el escarnio de tener que soportarme por ser el único en esa fabrica de embutidos de bondad que llegaba a disfrutar de una copa y un buen cigarro.
    Como comprenderán a estas alturas me encontraba perdido en ese lugar y el director ya no hacía amagos de poner freno a sus reproches y estupideces, mi desagrado por él era tan manifiesto como el que él profesaba por mi. Pero mis deseos no se veían enturbiados por sus memeces y seguía disfrutando de las clases que me daban los demás profesores del balneario, sobre todo del buen Padre Dionisio.
    Hasta que llego el día; me habían cambiado el lugar de esparcimiento, sin ser notificado por parte de nadie. Anduve como un sonámbulo por todo el castillo sin saber a ciencia cierta que había ocurrido con la clase que impartía el Padre Dionisio. Fue en ese momento cuando comprendí, que el director gilipollas no cesaría en sus intentos de frustrarme. Tarde encontré a los reunidos sin ocultar mi rabia, pase el tiempo de relajación furioso y  abiertamente lo manifesté.
    Esa noche a penas probé bocado de la cena y me retire a mi habitación siendo estudiado y observado con la sonrisa bonachona del director de la escuela. Mi desanimo y austeridad en la cena fue lo que me hizo dormir mal, como había sido habitual en mi hasta mi llegada a ese retiro.
    Las risas llegaban hasta mi habitación a pesar de que la pesada puerta se mantenía fuertemente cerrada, pero los ruidos de las personas que se reunían en la gran estancia de la recepción del castillo no hacían nada por evitarlas. Con cuidado me abrigue sin saber bien a donde me podía conducir esa aventura y entreabrí escasas pulgadas la puerta de mi habitación para vigilar los pasillos y la posibilidad de que hubiese un guardian que delatase mis intenciones.
    Con la parsimonia y la profesionalidad de un espiá fui de sombra en sombra hasta llegar lo mas cerca posible de los personajes que se reunían abajo evitando ser descubierto. 
    Encabezados por el director que vestido con una túnica roja anudada a la cintura por una cuerda de color gris los hacia callar elevando las manos en señal de atención.
    No llegaron hasta mi sus palabras, o realmente no las entendí, pronunciadas en un murmullo gutural que no presagiaba nada bueno. El silencio se hizo intenso y de los reunidos que vestían a su vez túnicas de tonos grises, oscuros y granates, pero ninguno con colores tan vivos como el del director se abrieron dejando entre ellos un pasillo, estiraron sus manos y las túnicas que cubrían sus brazos cayeron hasta sus hombros dejando al descubiertos sus brazos desnudos, estiraron sus manos que ante mis ojos juraría iban alargándose o sus uñas afilándose salvajemente, un cántico gregoriano, de gargantas profundas y cavernosas empezaron a sonar produciendo que las paredes y piedras del castillo reverberaran erizandome los pelos de todo el cuerpo. 
Los cantantes aparecieron por el pasillo formado por los concurrentes, en volandas portaban el cuerpo de una mujer joven, desnuda, con el pelo corto, la reconocí sin recordar su nombre, era la joven que se había marchado esa primera noche de hacia siete meses,  o por lo menos esa fue la mentira que nos habían contado, su cuerpo desnudo, depilado con el pelo del pubis enrizado, sus pequeños pechos enhiestos, su boca de labios rosados se entreabrían, y sus ojos, se fijaron en los míos y un terror me atravesó, no era el miedo a ser descubierto, o que me atrapasen, sabia a ciencia cierta que desde mi escondite era imposible me descubriesen y era eso lo que me aterrorizo, que esa muchacha me veía, como nadie me había visto en toda mi vida, yo estaba tan desnudo como ella lo estaba ante todos nosotros. Me costo tragar saliva, era el dolor de le enfermedad en mi garganta.
    Las uñas alargadas tocaron apenas en susurros la piel marfil de la joven, dejando a su paso rasgos de pequeños arañazos de sangre en su cuerpo. La joven seguía fijando sus ojos en mi, parpadeaba y de sus ojos brotaban ligeras lagrimas que se deslizaban desde la comisura de sus almendrados ojos, a pesar de la tortura humillante y de sus pequeños arañazos, sus finos labios se curvaron en una sonrisa de aceptación sumisa ante lo que le deparaba esa fiesta primitiva.
    Mi cuerpo tembló de indignación y una rabia contenida en mi interior me hizo cerrar mis manos en dos puños con tal fuerza que mis antebrazos, bíceps y deltoides se tensaron como los cabos de un barco ante una tormenta en alta mar. Conocía lo que me ocurría, era la rabia desproporcionada que me invadía, era el vaso lleno de agua que presionando mis razones pugnaban por reventar todo lo que tenía ante mi. Trate de relajarme, trate de contener la rabia de la injusticia sufrida durante esos siete meses y ver como la muchacha sumisa era conducida manipulada como una mera mercancía en manos de una masa de borregos animados por ese pastor profético de pacotilla.
    Estaba por salir de mi escondite esgrimiendo lo primero que encontrase en mi paso, tratando de infringir el mayor daño posible a cuantos participantes alcanzasen mis fuerzas en ese gesto kamikaz y si lograba llegar hasta el insufrible director y romperle la cabeza mejor. Pero el grito ahogado de indignación del responsable de mi odio me detuvo sorprendido en las sombras de mi refugio.
    En dos zancadas el director se acerco hasta la muchacha y con enérgicos ademanes forzó a los transportadores que descendiesen el cuerpo núbil de la joven, con enérgico ademan la apartó de ellos, cubriéndola con una vaporosa bata que se pego a su cuerpo con la electricidad estática de su cuerpo, los ligeros regueros de sangre y sudor de la joven empaparon la traslucida bata que la confirió el aspecto de una dulce criatura, que se dejo custodiar por el director que con ademanes magnánimos y grandilocuentes la llevo con él.
    Desde mi lugar pude ver que el cuerpo de la joven temblaba de miedo, mirando por encima de su hombro con suplica en su mirar de que alguien la apartase de ese individuo, ella al igual que yo percibía en él una falsa dulzura. Pero ella acepto con mansedumbre su destino, mi rabia quedo apaciguada, pero la angustia germino en mi animo.
    La fiesta o reunión que fuese eso se sucedió, la joven fue sentada a la izquierda del director, y según transcurrían los rituales cada cual mas variopinto que el anterior, la joven era desplazada de su asiento hasta que se perdió en las sombras del lugar, me acuerdo de sus ojos antes de que las sombras la cubriesen del todo, me miraron una fracción de segundo y como un fantasma desapareció de mi vida, solo quedando en el recuerdo.
    Marché a mi cuarto aprovechando las sombras de la noche y me introduje en mi cama agradeciendo el calor de las sabanas y el edredón de plumas, no dormí nada y al cabo de un rato me levanté para preparar mi equipaje, era absurdo permanecer en un lugar en el que no encajaba, antes de que nadie despertase llamé a un taxi para que pasase a recogerme.
    Nunca miro atrás, pero sentí los ojos clavados en mi espalda del director de ese balneario, sentí a pesar de los metros que nos separaban, los muros de piedra y las ventanas. La sonrisa complaciente de su triunfo sobre mi. No miré atrás, que le diesen fuego a él y su falsedad, subí al taxi. Alejame de la estupidez le pedí al taxista y me alejo.


 

Publicado la semana 1. 06/01/2021
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Borracho
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