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Daminis

Codomano

Buenas noches, Codomano:

Hoy la noche es oscura y sin estrellas. Ha pasado la tormenta y se ven los resplandores de los rayos en el horizonte. Este cielo nocturno debe ser tan distinto al último que pudiste ver tú. Te imagino tumbado mirando al cielo, en mitad de un campamento, en mitad de una estepa, en mitad de la nada. Sin embargo era una nada muy importante, la razón por la que huías.

Pienso en que igual en tus últimos días te reencontraste contigo mismo. Al fin y al cabo empezaste siendo un mensajero, te tocó recorrer los caminos del imperio. Luego, de pronto, todo te fue dado. No tuviste que hacer nada porque te convertiste en una pieza de juegos ajenos y así acabaste en el trono. Después tuviste que reafirmarte y eso casi te costó la vida. Y desde entonces no levantaste cabeza, desde que conseguiste evitar el veneno se te revelaron, tuviste que ir a la guerra y al final te invadieron y así acabaste huyendo. Por eso ahora te reencuentras, porque vuelves a recorrer los caminos del imperio. A caballo y deprisa, como empezó todo.

Por esa razón te llamo Codomano, porque apelo al mensajero, al noble sin pretensiones. No quiero llamarte Darío, me niego. No quiero participar de una vida que te condena a la muerte, en la que lo heredaste todo, en especial las desgracias, y en la que no se podría cambiar nada para intentar evitar llegar a tu funesto final.

Cuidado con Bessos, ¿puedes verle ahora? Quizá está con los otros. Me lo imagino en círculo, girando la cabeza para mirarte a cada rato. Y a ti te imagino tranquilo, desprovisto de todo lujo. Tumbado, con las manos bajo la cabeza, mirando el cielo nocturno de una tierra que ya no sabes si es tuya. Digo que tengas cuidado con Bessos pero eso no importa, ¿verdad? Tu destino no te preocupa, al menos ya no. Tu familia sí te preocupaba, pero te han dicho que está en buenas manos, que está siendo bien atendida. No llegarás al oriente y lo sabes. No puedes vencer, y lo sabes. Bessos tampoco podrá, pero se agarra al poder, tiene miedo y eso le llevará a cometer el crimen y a condenarse con él. A condenarse contigo.

Allí el calor azota durante el día pero la noche es fría. Coges aire y recuerdas cuando entraste en Egipto, la primera noche que recuerdas en la que el calor seguía atado a las paredes, a las piedras y a la arena y brotaba en la noche como columnas de gases pesados. Contigo muere un imperio, pero en aquella campaña conquistaste un país. Ampliaste los mapas y mandaste hacer cientos de copias para que se repartiesen por tus tierras, y cuando te invadieron mandaste llamar a todas esas tierras y de allí vinieron hombres, caballos y bestias. Formaste un ejército irregular, inmenso, multicolor por las ropas y las pieles de quienes lo formaban. Un ejército en el que se hablaban más de diez lenguas. Pero todo eso sirvió para gloria de tu adversario, que era menor en número y sería quien cruzase el charco de la historia, dejándote a ti el apartado del enemigo, del derrotado. Aunque al menos se conocerá tu nombre, al menos te escribiré. Muy pocos conocen la historia de tu predecesor, o de tu padre, o de Bessos que espera a que duermas para apuñalarte, pero de ti se sabe que empezaste siendo un mensajero y que acabaste como emperador de un gran imperio.

Descansa, Dario Codomano, al amanecer debéis partir, Alejandro está cerca.

Publicado la semana 30. 01/08/2021
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