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Daminis

Tres latas de cerveza vacías

Tres latas de cerveza vacías, los dos mandos de la televisión y un frutero lleno de revistas de moda viejas y algo de porquería variada, eso es lo que se ve desde aquí, desde el sofá donde estoy recostado. Podría levantarme a por los mandos y encender la televisión, pero qué iba a ver a estas horas. Me parece curioso que necesite dos mandos para el aparato, porque cada uno tiene su función, pero siempre se ha pensado que el progreso reducirá los trastos de una casa (esas casas futuristas tan limpias y vacías) y sin embargo esta televisión, que es moderna, requiere de un aparato extra para el sonido, otro para conectarse con otros aparatos de la casa, otro para entablar negociaciones con el wifi, el propio aparato del wifi y otros dos que no sé qué hacen pero parecen erizos tan llenos de cables.

En la calle hay un coche rojo, cuatro árboles, cuatro palomas, ahora tres, seis farolas y una niña que da de comer a las palomas. Pero ese coche rojo no es el tuyo, porque tú aún no has llegado. Tampoco se escuchan coches acercándose a la vuelta de la esquina, ni suena el teléfono contigo al otro lado diciendo que llegas tarde. Nada, oye.

Recorro la casa ordenando un poco, el problema es que estoy acostumbrado a este pequeño caos y ya no veo con claridad que está bien y qué está mal. Al llegar a la habitación miro la cama, después abro la ventana y vuelvo a mirar la cama. Las sábanas han de estar decentes en una situación así, por si acaso, pero no hay forma de que no queden aquí arrugas. Y mientras tanto un reloj en mesilla de noche, una novela con el marcapáginas asomando como si tuviera la lengua fuera, una lámpara con cuatro bombillas y una fundida, un marco de fotos esperando a que le asignen una foto, un par de zapatillas de estar por casa ¿y por qué no puedo dejar de contar las cosas que hay por esta casa? Un bol con restos de arroz, los cubiertos, una sartén en la pila, la desidia arrastrándose malherida, restos de granos de café en la encimera y un bote de cereales que no cabía en el armario.

Me salgo a la calle ya desesperado, los árboles-farolas-niña-coche rojo, a ver si consigo despejarme, tres nubes-el sol-la luna-las estrellas, pero ni con esas, no consigo calmarme y menos cuando oigo un coche venir, el sonido del coche-el de una película de acción que llega a través de una ventana-el llanto de la niña porque un loco le ha espantado las palomas, pero resulta que el coche es azul y no es el tuyo, coche azul-peluche en el salpicadero-conductora rubia-pendientes diminutos.

Vuelvo a entrar en casa para no seguir contando objetos, pero entonces me tropiezo con un par de zapatillas para salir a correr, la mesa de la entrada en cuyo cajón guardo las llaves, la esquina donde el pasillo da paso al salón y finalmente el sofá donde me dejo hacer exhausto. Desde aquí veo tres latas de cerveza vacías, los dos mandos de la televisión y un frutero lleno de revistas de moda viejas y algo de porquería variada. Si no muevo la cabeza no veo nada más. Todas esas cosas están en esta casa, esas y más que ahora no puedo contar, pero entre todas ellas no estás tú.

Publicado la semana 31. 08/08/2021
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