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Don_Diego

Peso pesado Parte 1

¡Ding-Ding-Ding!

El campanillazo marcó el final del noveno asalto. Pero en medio del Ring, la furiosa lluvia de golpes continuaba. El réferi no dudó en saltar a la acción. Y a empujones y a ladridos, las encendidas contendientes, se destrenzaron.

—¡Ya basta! ¡Suficiente! ¡Se acabó! ¡Sepárense, sepárense! ¡Tú, a tu esquina! ¡¡¡A TU ESQUINA!!!

Mary lanzó un último derechazo desesperado por encima del hombro del réferi mientras este le presionada hacia atrás para volver a su respectiva esquina. Una vez llego, su molido cuerpo cayó sobre la silla. De inmediato, una botella de agua fresca le fue acercada por un asistente, pero ella lo rechazó de un manotazo.

El sudor le corría a regueros por los costados del rostro, su pecho subía y bajaba con ardor, las rodillas le temblaban, los brazos le palpitaban, y la vista que tenía frente a ella se acercaba y se alejaba con cada disparo de corazón dado. Inhaló fuerte y hondo al bajar la mirada. Los guantes que descansan en sus piernas poseían un color que nunca que le agradó; un chillón Rosa Mexicano, pero que usaba en memoria de un amigo. Al cabo de unos segundos exhaló largo y levantó alto la vista. Ahí arriba solo descansaba la fría telaraña de estructuras metálicas de las que pendían las luces del escenario. Pero ella no reparaba en ello, ella se enfocaba es un más allá. Entre los inanimados metales y los brillantes reflectores, distinguía, cristalino, los rostros de las personas que de alguna u otra manera le habían tocado la vida. Cada recuerdo importante en los últimos 3 años le vino en torrente; fresco, claro, como si aquello hubiesen ocurrido hace apenas unas horas atrás.

48 horas antes del encuentro.

Parque central. Media noche. El cielo, un mar de nubes negras, y la luna llena, un pálido faro perdido en aguas brumosas.

Tiritaron y empequeñecieron las luces de las farolas del parque al pasar por debajo de ellas, Mary, quien, en trote, cortaba con los puños vendados el helado aire. Sencillamente no conciliaba el sueño. Por eso decidió salir a estirar los músculos, a desbaratarse la pesada loza de estrés que se le había fraguado encima, a causa de la fuerte presión de tener que pelear por el título mundial. En su cabeza no había cabida para otra cosa que no fuesen ella en el cuadrilátero; descargando rectos, curvos, ganchos, montando fintas y alzando rápidos bloqueos contra su futura contrincante. Sumida en su pelea simulada, no noto que, al llegar al umbral de un túnel cercano, una gigantesca sombra le asechaba. De pronto, al poner un pie dentro oscuro pasaje, una enorme sombra se le abalanzó. La apresó y la estrelló contra la pared.

En lo alto, las negras nubes en el cielo se abrieron, y bajo la pálida luz de la Luna, un par de filas de dientes de tiburón se desveló, y a continuación, le siguió una enorme cabeza repleta de cicatrices y arrugas profundas. 

—Hola, Mari bonita —Dijo el mastodonte—. Ha pasado tiempo desde la última vez que nos vemos tan de cerca. Dime, ¿al fin has conseguido el encargo del jefe?

Mary no se exaltó, ni se amedrentó, a pesar de recibir tal sobresalto y duro golpe en la espalda y nuca, y aun menos se atemorizó por la enorme mole de músculos que la tenía contra la pared. Ella simplemente se limitó a sostenerle la mirada, directamente a los ojos, sin pestañar, sin flaquear, de manera severa, casi desafiante. Al cabo de unos segundos, habló.

—Lo tendré, Marcus, lo tendré listo pronto. En unos cuantos días más le pagaré cada centavo que le debo a tu jefe. Ve a decirle eso. Anda. Y de paso también dile que no es necesario que su estúpido perro rabioso me esté siguiendo el culo a cada lugar al que voy.

El coloso ladeó la cabeza y frunció el ceño; confundido, luego arqueó ambas cejas y echó a reír a carcajadas.

—¿¡Perro rabioso!? ¡¡¡perro rabioso!!! Jajajaja… ¡Hey, Mary! Buena esa… Muy-buena-esa, Ma-ry. Pero… ¿sabes algo? El jefe ya no quiere el dinero. Se cansó de esperarte, de recibir solo promesas vacías. Lo que ahora quiere, en compensación, es que pierdas la siguiente pelea.

Mary sintió que la sangre del rostro se le iba a los pies.

—¿¡Qué¡? ¡No…! Imposible. Esta pelea no la puedo perder por na…

Antes de siquiera terminar de expresar su indignación, un enorme puño se estampó detrás de ella. Del frío y grueso muro de concreto se desprendieron pequeños restos de pintura, que cayeron como diminutas cascaritas de huevo sobre el hombro de Mary. Mary arrugó la frente al ver esto y se quedó en silencio.

—Sabes que nunca me ha gustado ser el malo de las historias —Dijo Marcus con una sonrisa que no era una sonrisa—, Mari Lu. Espero entiendas. Gana la pelea, y yo te rompo las piernas. ¿Comprendes?

Mary le devolvió la mirada, pero esta vez más afilada y cargada de odio.

Marcus de repente acercó su enorme y curtido rostro hacia ella, hinchando sus fosas nasales e inhalando dura y ruidosamente cerca de su cuello, demasiado cerca de su cuello. Ella ladeó la cabeza mientras apretaba dientes y puños.

—Que bien hueles, dulce florecilla... Sin duda tu aroma es… único. Me dolería bastante tener que deshojarte. De amigos te lo digo. No me obligues a hacer lo que no quiero. Mariposita, no me hagas costarte las alas.

Publicado la semana 21. 24/05/2021
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