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Enrique Palomo

El club de High-Wycombe

EL CLUB DE HIGH-WYCOMBE

 

Salvo imprevistos, se reunían cada dos semanas desde hace décadas. Eran nueve varones que conformaban un selecto grupo de aristócratas, terratenientes, multimillonarios y vividores, el más joven de setenta y dos años. Su verdadera finalidad era disfrutar de una opípara comilona seguida de una sobremesa pausada, casi eterna, en la que gustaban de juzgar al resto del mundo de forma despiadada desde el confortable privilegio del que se sabe inalcanzable. Recorrían todos aquellos lugares que ellos consideraban dignos de acoger su presencia para degustar los platos de los mejores restaurantes y de los que aspiraban a serlo. El prestigioso e infalible dictamen de los paladares del club, conectado a todos los tentáculos del poder, recorría todo el planeta como la pólvora, creaba dogmas y formaba opiniones sólidas: para unos elegidos era la consagración de su prestigio o la esperanza de un futuro prometedor, pero para la gran mayoría suponía el final de sus sueños. Por eso, llegó un momento en que el club tuvo muchos más detractores que defensores, y ahí comenzó su fin y también esta historia.

La sesión trescientos cuarenta y cuatro del club tuvo lugar en la ciudad que le dio nombre. Estaba eligiéndose a un nuevo miembro después de la muerte del duque de Milton-Keynes. La elección tenía dos partes: en un primer momento, una entrevista que se realizaba al candidato en medio de un formidable banquete para que éste demostrara sus conocimientos culinarios y, posteriormente, la superación de un reto que el aspirante planteaba a los miembros, con lo que el nuevo socio aportaba algún elemento nuevo al acervo de conocimientos del club.

La primera solicitud recibida era singular, pues se trataba del conde de Krysmina, un aristócrata de un pequeño país de Europa oriental. Debería haber sido rechazada de inmediato, pues el club prohibía incluir a candidatos de países “ajenos al mundo civilizado”, según recogía el punto cuatro de sus estatutos, pero el compromiso de una suculenta donación económica hizo replantear la petición a los miembros.

El aspirante era un hombre menudo, de unos cincuenta años, con el gesto serio, la tez pálida y un cabello negro y abundante que se veía refrendado por unas cejas pobladas que enmarcaban una mirada penetrante. Era educado, aunque parco en palabras, tal vez influenciado por su conocimiento elemental del inglés. Por su aspecto y su forma de conducirse, todos hubieran pensado que era un criado apocado el primer día de trabajo, y ello despertó pronto las burlas de los miembros del club. Así, el conde permaneció distante durante la sesión, sin participar en los comentarios despectivos, irónicos y crueles de los miembros, que iban creciendo entre carcajadas conformen se vaciaban las botellas de burdeos.

En el momento culminante de la reunión, lord McCullough, el presidente del club se dirigió al conde de Krysmina con solemnidad y un cierto aire paternalista.

– Estimado aspirante. Sus méritos parecen notables, pero debe saber que para formar de nuestro insigne club debe plantearnos y superar un reto gastronómico.

El hombre pareció ruborizarse, se aclaró la voz y empezó a hablar en tono vacilante.

– Estimado señor, conozco los exigentes requisitos de pertenencia a su club y los hago míos. Tengo un reto que plantearles y si me lo permiten, quiero expresarles mi convicción de superarlo.

Un rumor recorrió toda la mesa. Superar en un reto gastronómico a los miembros del club de High-Wycombe era improbable: las estadísticas desde su fundación decían que solo uno de cada veinte candidatos lo habían superado. 

– Me alegra conocer de primera mano su alta autoestima – dijo el presidente con una media sonrisa. – La confianza en uno mismo es el primer paso para afrontar las grandes empresas. – sentenció con aire petulante.

– MI reto cambiará para siempre este club – continuó impasible el conde al tiempo que las risas arreciaron. – Tendrán que reconocer únicamente con el olfato un famoso producto de mi tierra – terminó desafiante.

Los comentarios volvieron a hacerse presentes en la sala y lord Newcombe pidió la palabra:

– En esta reunión somos varios los que conocemos muy bien su país. Yo mismo tengo allí una de mis apreciadas propiedades donde voy a cazar cada año: doy fe de que conozco a la perfección su gastronomía. – 

– Apuesto a que se trata, o bien de  alguno de los quesos azules de la zona, o bien de las apreciadas trufas de sus bosques, o quizá de un guiso de carne de caza adobada –, especuló el acaudalado empresario sir Arthur Rhodes ante la aprobación de los demás.

– ¿No prefiere plantearnos un reto de mayor dificultad? – le sugirió lord McCullough – Le insisto en que si nuestros socios superan el desafío usted no podrá formar parte de nuestro club.  

– Caballeros, mantengo mi reto porque estoy seguro de que nadie de los aquí presentes reconocerá el producto: su olor apenas perceptible y su aspecto casi etéreo le hacen difícilmente reconocible salvo para personas con un olfato excepcional – se reafirmó el conde entre las exclamaciones jocosas de los miembros del club.

Y así fue como, de inmediato, los allí presentes acordaron establecer las bases de la prueba: al día siguiente dos miembros del club, lord Newcombe y sir Arthur Rhodes, se enfrentarían al reto. Fueron los elegidos, dados sus conocimientos del país del conde y sus dotes olfatorias como expertos sumilleres. El conde solicitó que la prueba tuviera lugar en una sala en la que los dos encargados de enfrentarse al desafío estuvieran solos, ya que la presencia de muchas personas en la misma habitación podría distorsionar el aroma original del producto. Mientras, el resto del club y él mismo verían el desarrollo a través de un circuito cerrado de televisión. Todo fue aceptado y comenzaron los preparativos para que a las doce del mediodía del día siguiente todo estuviera dispuesto.

Llegó el gran momento. Lord Newcombe y sir Arthur Rhodes se sentaron frente a frente en una mesa rectangular, y lo hicieron como habitualmente, con la naturalidad y la confianza del que se sabe en una posición de superioridad intocable. El resto de miembros esperaban en una sala situada en la planta superior del edificio: todos miraban confiados la pantalla de televisión mientras hablaban animados y reían entre ellos. De pie, al lado de la puerta, el conde permanecía impasible, y su riguroso traje negro y su gesto desencajado no hacía presagiar nada bueno. Pero los demás no parecieron darse cuenta.

Poco después, entregó a lord Barkin, el secretario del club, un sobre lacrado que contenía la solución de la prueba. A continuación, preguntó por teléfono a los dos caballeros si estaban listos. Cuando dieron su consentimiento se activó una señal acústica y entraron en la sala dos camareros: portaban cada uno un plato cubierto por una tapa metálica con unas perforaciones para poder oler con más facilidad su contenido. Cuando quedaron los dos hombres solos el conde activó los cronómetros, que simultáneamente marcaban dos minutos en cada sala: el tiempo acordado para dar una respuesta.

Los dos caballeros acercaron sin más demora su experimentada nariz al plato. Olían con detenimiento y constancia, como si quisieran atrapar un matiz que les diera la clave. Los segundos pasaban en silencio, ya había transcurrido medio minuto y no parecían adivinar de qué se trataba. En la otra sala, el resto de miembros habían dejado de hablar y miraban la pantalla con una mezcla de expectación sin límites e incredulidad.

– Es un olor similar al azufre – señaló sir Arthur Rhodes – Tal vez sea uno de los licores que se hacen en las montañas a base de un fruto silvestre con un aroma similar… pero dudo entre dos de sus variedades.

– Yo diría que es una especia. – apuntó lord Newcombe – En su cocina emplean condimentos muy picantes, casi explosivos. Pero no sabría decir cuál de ellas es.

El tiempo, mientras, seguía avanzando: quedaba menos de medio minuto. Los miembros del club permanecían serios, resoplaban y se llevaban las manos a la cara: verse derrotados por aquel extranjero, uraño y distante, era una humillación para una historia llena de orgullo y supremacía.

Los últimos diez segundos fueron acompañados por otras tantas señales acústicas, que eran una cuenta atrás agónica en la que los dos hombres hacían denodados esfuerzos por encontrar una respuesta a sus dudas. Por fin los cronómetros llegaron a cero. El silencio en las dos salas era sepulcral. Entonces el conde se dirigió por teléfono a lord Newcombe y a sir Arthur Rhodes manteniendo su habitual compostura:

– Caballeros, el tiempo ha terminado. Emitan ahora su respuesta –.

Y en ese momento, cuando los dos hombres miraban a la cámara para comunicarla, se oyó un gran estruendo y la imagen de televisión se interrumpió. El resto de los miembros del club percibieron una explosión en el piso de abajo del edificio, por lo que, una vez pasados los instantes iniciales de confusión, todos abandonaron la sala con premura. Al llegar a la planta baja se asomaron a la habitación donde estaban desarrollando el desafío lord Newcombe y sir Arthur Rhodes, y vieron horrorizados, entre humo y cascotes, que los dos hombres yacían inertes con la mitad superior del cuerpo masacrada.

Aquel atentado causó tal impacto en el club, que terminó por disolverse ante el temor a nuevos ataques. En verdad tenía razón el conde de Krysmina cuando advirtió que su reto cambiaría la historia del club para siempre. En cuanto a éste, tras la explosión no se supo nunca más de él, y aún hoy, tiene una orden de detención como principal sospechoso de los asesinatos. La única pista que dejó, sin que diera resultado, fue el sobre lacrado que contenía la siguiente nota manuscrita:

Estimados caballeros:

El producto de olor apenas perceptible y aspecto casi etéreo que les he traído no es otro que la afamada pólvora que mi país exporta a tantos lugares del mundo. Una sustancia humilde y de apariencia anodina pero capaz de vencer a los que se saben intocables: todo un milagro en nuestro tiempo y, sin duda, un método eficiente para saldar las deudas contraídas.

Sin más, espero que disfruten de su merecida decrepitud.

Siempre suyo     

                                          K

 

                

 

 

            

Publicado la semana 11. 21/03/2021
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