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Enrique Palomo

En un día de abril

EN UN DÍA DE ABRIL

La matrona, seria, corpulenta y con voz grave y potente, daba órdenes precisas y de obligado cumplimiento, como un jefe a su subordinado. La chica, ya casi madre, empujaba con un  empeño inexperto pero valeroso: su cara sudorosa y su pelo deslustrado, con unos tímidos caracolillos pegados en su frente, eran la muestra de su esfuerzo titánico. Mientras, en sus entrañas, el útero se contraía impetuosamente produciéndole un dolor insufrible que al final estaba lleno de promesas.

En un determinado momento, comenzó a asomar la cabeza del hijo por el final del canal del parto: los allí congregados observaban el pelo negro, revuelto y mojado y la expectación crecía ante lo que estaba por venir. Se sucedían las expresiones de ánimo y el chico, ya casi padre, apretaba con fuerza la mano de la chica. Aparentaba cercanía, pero en realidad les separaba un abismo; el que va de acompañar al que padece a padecer en carne propia.

Todos giraban en torno a la matrona, que miraba con gravedad desde sus gafas capaces de verlo todo mientras se colocaba con presteza una inmensa bata verde y se ajustaba unos guantes en sus manazas expertas. Se sentó frente a la parturienta con autoridad y esperó desafiante la evolución al tiempo que comenzaba a manipular para ayudar en el expulsivo del niño.

Poco a poco, la cabecita intrépida iba recorriendo el canal del parto, que es el camino más corto pero también el más decisivo que se recorre en la vida: un pasadizo angosto que desafía las proporciones y las formas y que solo se rige por la ley del todo o nada. Así, la cabeza iba asomándose conforme las contracciones se sucedían simultáneamente con los gemidos de la chica, que jadeaba como un ciclista ascendiendo el Tourmalet. El trasiego de los asistentes era cada vez mayor para tenerlo todo a punto, como se hace cuando se va a dar la bienvenida a un recién llegado y se quiere tener todo dispuesto para agasajarlo. Mientras, la chica cerraba los ojos y parecía evadirse antes del último esfuerzo.

En un instante la cabeza emergió como impulsada por una fuerza sobrehumana capaz de vencer el obstáculo que se interponía ante la vida. Giró en el sentido de las agujas del reloj, como atendiendo a un mecanismo mágico capaz de desencajar su cuerpo, y la matrona lo agarró con toda la pericia y la contundencia de sus manos para sacarlo del seno materno.

Un diminuto cuerpecillo quedó suspendido en el aire mientras sus miembros se agitaban desorientados y un llanto impetuoso expandió sus pulmones, no para quejarse, sino para anunciar a todos su llegada en el mayor acto de autoafirmación que tal vez se tiene durante la existencia. Tras cortar el cordón umbilical, la matrona lo puso sobre la madre, que miró ese rostro nuevo y extraño al que por otra parte ya conocía. La emoción ya había disipado el dolor y la chica sonreía sin contención mientras el recién nacido movía sus piernecillas sonrosadas como queriendo trepar por el cuerpo de su madre e iniciar sus andanzas.

El pediatra, como un testigo en la sombra, recogió al niño y lo examinó, lo secó y lo estimuló mientras el padre observaba todo como el espectador que asiste en primera fila a la única función de una obra que ya nunca se volverá a representar. Y lo hacía con esa sonrisa que solo tienen los enamorados: nerviosa, sincera, alienada y luminosa.

A continuación, tras superar su primera prueba de aptitud, le envolvieron en una de esas toallas de hospital, tan aséptica como áspera, para que el padre lo cogiera con sus brazos inexpertos, más pendientes de no hacer daño que de acoger. Y así, con la sonrisa de las mejores ocasiones, se lo acercó a la madre, que se lo colocó en su regazo. Entonces, la chica fijó sus ojos en los de su niño y se quedaron ahí para siempre y el recién nacido, con su mirada errática, cegada por la luz, fue tanteando entre las sombras difusas hasta dar con la más cálida y, entre el trasiego frenético del paritorio, madre e hijo se perdieron el uno en el otro.        

Publicado la semana 14. 11/04/2021
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