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Enrique Palomo

El funambulista de la Calle 43

EL FUNAMBULISTA DE LA CALLE 43

 

Como todas las mañanas me disponía a cruzar la calle 43 camino de mi trabajo. Esperaba pacientemente en el semáforo que el tránsito interminable de coches se detuviera unos segundos ante la luz roja. A mis espaldas, el edificio Bellavista 136 ya bullía de actividad, y enfrente de mí el Hotel Embajador se preparaba para otro día de lujo y elegancia. Levanté la vista al cielo y pude ver el cable que unía las azoteas de ambos edificios, y como cada mañana volví a preguntarme: ¿quién habrá puesto allí ese cable y con qué fin? Inmediatamente después, me vino el pensamiento de siempre: las vistas del mundo desde allí arriba eran magníficas.

Así pues, no esperé a que el tráfico se detuviera: me di la vuelta y entré en el edificio Buenavista 136. Vestido con mi mejor traje no tuve problemas en acceder como uno más de los cientos de ejecutivos de alguna de las compañías que tienen allí su sede. Me dirigí a los ascensores y pulsé la última planta.

Tras un viaje con incontables paradas llegué a la planta cuarenta y siete, ocupada por una cafetería distinguida, un restaurante de moda y un enorme mirador que presumía de tener una panorámica inigualable de La Gran Ciudad. La bruma fina y fresca de la mañana difuminaba la silueta de los edificios e impedía ver las calles, que solo se sugerían por el ruido del tráfico. Me asomé y pude ver a mis pies el cable: fuertemente anclado en un pilar de hormigón, cruzaba el vacío hasta llegar a la terraza superior del Hotel Embajador. No quise hacerme más preguntas ni me atreví a medir las consecuencias de mis actos. Ni siquiera me dio tiempo a tener miedo. Solo quería sentirme como un pájaro, aunque no pudiera despegarme de un alambre.

Aprovechando que no había nadie a mi alrededor, salté la barandilla y puse mis pies sobre el filo del abismo. Era demasiado tarde para arrepentirme, pues el viento allí arriba refrescaba mi rostro infundiéndole un desbordante impulso de libertad. Miré fijamente al cable: se había convertido en el único punto que me unía al mundo terrenal y a mi alrededor solo fluía la inmensidad. Coloqué mi pie derecho y luego adelanté el izquierdo con habilidad. Fue entonces cuando sentí que caminaba por el aire, y solo el tacto del cable sobre las plantas de mis pies me recordaba que era un pobre mortal sin alas. Fueron unos instantes de plenitud imperecedera: los rayos blancos del sol de la mañana bañaban mi cuerpo en medio de un cielo, que allí era azul sin matices, como si la contaminación del mundo se hubiera quedado unos metros más abajo, atrapada en su cárcel ruin y vanidosa.

Cada paso me alejaba más de un lugar donde agarrarme, pero me sentía engrandecido y poderoso. Extendía mis brazos para magnificar mi sentido del equilibrio y lo que abarcaba con ellos parecía no tener límites. Mientras, mi cuerpo vacilaba, y con cada oscilación el corazón me daba un vuelco, como el que uno tiene cuando se enamora. Las distancias entonces parecían infinitas, como si el todo el universo estuviera incluido en el espacio situado entre mis pies y el suelo, y la angustia por no tener donde agarrarse producía pavor. Y es que la sensación cuando se está a punto de caer al vacío es contradictoria: el vértigo de la muerte convive durante unos instantes con la pasión desbordante por la vida. 

Sobre el cable vivía cada momento como si fuera el único y el último. Solo parecía existir el presente y cada paso dado se quedaba atrás, sin posibilidad de observar la huella dejada ni de contemplar la perspectiva del lugar que se había quedado solitario. Pero no podía evitar preguntarme por el futuro: ¿qué me sucedería tres pasos más adelante?, ¿y cinco pasos más allá? Tal vez perdería el equilibrio y caería, o tal vez todo seguiría igual. 

Parecían oírse una multitud de exclamaciones y gritos, a buen seguro ensordecedores en la calle pero apenas perceptibles en las alturas. Me estarían llamando demente, o al menos lo estarían pensando… ¿Pero quién es el loco realmente: el que lo hace o el que ni siquiera lo intenta? En verdad, creía llevar a cabo una hazaña que ofrecer al mundo: un acto que nadie me había pedido y con el que tal vez todo seguiría igual después, pero estaba convencido de ser el impulsor de un hecho necesario, como le sucede al escritor, al pintor o al músico al culminar su obra proyectada. Tal vez estaría animando a alguno de los que me observaban a afrontar un reto descomunal, o estaría resultando inspirador para vencer un obstáculo insalvable, o simplemente estaría induciendo a alguien a alejarse del ambiente prosaico que a menudo nos rodea para perderse en un mundo alejado y sugerente, tan superfluo como imprescindible.

Cuando me pareció haber cubierto la mitad de la distancia experimenté una extraña sensación de nostalgia porque mi aventura estaba próxima a terminar. No sentí alivio por estar más cerca de una superficie sólida donde asentar mis pasos, sino que tuve envidia de las aves que volaban en el cielo y no quise nada más que convertirme en una de ellas.

Pero tenía que seguir adelante. Llegar al final de mi trayecto suponía tener la posibilidad de revivir más momentos como aquél. No quería tener como meta la seguridad ni la comodidad, pues convierten la existencia en un trámite. Antes quería perseguir lo inalcanzable, aunque tuviera que ser un funambulista, y soñar con tocarlo, aunque me perdiera en mi camino. Y es que la vida también está llena de deseos imposibles.

Cuando puse mis pies sobre el Hotel Embajador exclamé exultante por haber vivido mi pequeño sueño, pero a la vez tuve el convencimiento de que había llegado al final de un viaje que no quería que terminase. Miré hacia el edificio de enfrente y me horroricé al contemplar el abismo terrorífico sobre el que había caminado. Mientras, el cable permanecía bien firme, esperando que alguien quisiera cruzar la calle 43 por las alturas, y yo supe que aquel objeto solitario era mi lugar en el mundo.

Sin poderme detener un minuto más, abandoné la azotea y bajé con premura por las escaleras intentando evitar a los agentes de seguridad del hotel, que a buen seguro ya habían sido advertidos sobre mi presencia y estaban inmersos en mi búsqueda. Tuve suerte, porque no los encontré en los cuarenta pisos que bajé a pie, y así, haciéndome pasar por un trabajador más, salí del hotel. Una vez fuera aceleré el paso para llegar al trabajo y pensé en la excusa que le daría a mi jefe: “Lo de siempre: estuve parado un buen rato por culpa de un atasco en la calle 43”.   

Publicado la semana 15. 18/04/2021
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