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Enrique Palomo

El capitán de las buenas noticias

EL CAPITÁN DE LA BUENAS NOTICIAS

 

Quienes conocían bien a Mauricio Fuentebrío decían que no era un hombre de fiar, que empleaba malas artes para conseguir unos propósitos extraordinariamente ambiciosos para sus aptitudes y que siempre ponía por delante sus intereses a sus principios, si es que alguna vez los tuvo. No se le reconocía ningún talento extraordinario, pero siempre llamaba la atención por su aspecto físico, propio de un galán de los años dorados de Hollywood, y por su don de gentes, de forma que tenía la habilidad de decir a cada persona aquello que quería oír en cada momento; por eso siempre decía <<Antes mentir que dar una mala noticia>>. Este pensamiento no contenía un sentimiento caritativo con el que mitigar el sufrimiento de los otros, sino que constituía un recurso despiadado con el que sobrevivir sin importar los medios empleados para ello, y es que, según sus propias palabras <<Siguiendo el curso de las buenas noticias siempre viene el progreso personal>>.

Encontró trabajo como asistente de navegación en el transatlántico más grande y lujoso de la principal compañía de cruceros de recreo, y allí Mauricio tuvo el convencimiento de haber encontrado su sitio en la vida: un lugar donde los pasajeros solo esperaban noticias agradables que hicieran su travesía inolvidable. No cabía imaginar una situación tan propicia donde lucir sus cualidades en todo su esplendor: su figura atlética, sus rasgos faciales armónicos y agraciados, su sonrisa encantadora, sus ademanes elegantes, sus palabras educadas, cordiales y ocurrentes y su espíritu de aparente generosidad le convirtieron en el tripulante más popular, en el novio soñado, en el amante deseado y en el yerno preferido. Y así fue como, sin saber muy bien por qué ni de qué manera, Mauricio fue ascendiendo por la escala de suboficiales y oficiales hasta que, en poco tiempo, se convirtió en el capitán del barco.      

De ese modo, y a pesar de sus conocimientos limitados de navegación, el flamante capitán Mauricio Fuentebrío se puso al frente de <<Fastuoso>> un transatlántico de trescientos cincuenta metros de eslora y capacidad para más de tres mil pasajeros. Realizaba su recorrido por uno de esos lugares que cualquier persona sueña con visitar alguna vez antes de morir: un mar apaciguado de clima amable y agua color turquesa que bañaba unas costas de perfiles suaves y ciudades luminosas y cosmopolitas.

Más que estar en el puente de mando, donde permanecían quienes sabían de navegación, Mauricio recibía efusivo a los pasajeros y los despedía con cercanía y promesas vacías de reencuentro, los agasajaba en los restaurantes y los acompañaba en todas y cada una de las fiestas interminables que enlazaban un día con el siguiente. De ese modo, existía la creencia generalizada entre los viajeros de que el servicio excelente del crucero se debía en gran parte a su capitán y que a su lado nada malo podía suceder. El prestigio del <<Fastuoso>> llegó así muy lejos y Mauricio Fuentebrío se convirtió en un personaje famoso, al que se convirtió en una especie de conquistador de la felicidad, de modo que se le aclamaba en los puertos como un prodigio y un héroe de nuestro tiempo.

Como no hay nada que dure para siempre, un día que prometía ser tan plácido como los anteriores y los siguientes, llegó hasta el <<Fastuoso>> una alerta meteorológica en las aguas próximas al trayecto de la navegación. Las tormentas eran inusuales en aquel mar, con lo que el capitán Fuentebrío no dio crédito a la información; ya habían sucedido falsas alarmas en otras ocasiones. Sin embargo, conforme transcurrieron las horas, las probabilidades de que el barco atravesara una zona de intenso oleaje y vientos huracanados se hizo más patente y los asistentes insistieron en dar media vuelta y atracar temporalmente en el puerto más cercano, que estaba a tan solo una hora de trayecto. Pero Mauricio Fuentebrío se negó, ¿cómo iba a interrumpir con esa noticia inquietante la travesía feliz de los pasajeros?, ¿cómo iba a afectar esa decisión a su reputación de hombre optimista, garante de la alegría de los demás?, y sobre todo ¿acaso había elegido ese trabajo para dar malas noticias como le sucede a otras profesiones desgraciadas?

De esa forma ordenó continuar con la travesía. En aquel momento el mar estaba tan pacífico como siempre y el cielo mostraba su azul inmaculado habitual, pero en apenas dos horas la situación fue cambiando hasta que las aguas comenzaron a parecerse a las de los mares fieros y grises del norte. Para entonces se produjo un enfrentamiento de varios oficiales con el capitán, pero este se mantuvo firme en su decisión. Cuando comenzó a llover y el viento aumentó de intensidad, Mauricio Fuentebrío se dirigió a los pasajeros para tranquilizarles y animarles a que disfrutaran de la fiesta que estaba a punto de comenzar, lo que desencadenó ovaciones a lo largo del barco, que ya comenzaba a moverse de forma inquietante. Al empeorar la situación, gran parte de la tripulación se rebeló contra el capitán y decidieron evacuar el barco, pero cuando el segundo de a bordo se lo comunicó a los viajeros estos se negaron entre protestas, ya que según afirmaban el capitán Fuentebrío les había asegurado que la tormenta pasaría sin incidencias y que podrían disfrutar en libertad de su fiesta.

A pesar de su decisión y de lo que había comunicado a los pasajeros, llegó un momento en que Mauricio Fuentebrío tuvo el convencimiento de que la nave podía hundirse, con lo que tomó, junto a sus más incondicionales colaboradores, el helicóptero del barco para ponerse a salvo. Poco después, el huracán levantó olas de más de veinte metros que jugaron con el transatlántico de más de cien mil toneladas como si fuera un barquito de cáscara de nuez. Para entonces la fiesta se llenó de gritos de terror, aunque todos tenían la confianza de que, en un momento dado, como sucede en las atracciones de feria, todo se detendría y volvería a la normalidad. Pero no sucedió así: el terrible embate de las olas perforó el invulnerable casco del barco hasta partirlo y este se hundió sin dar tiempo a evacuar más que a unas pocas decenas de personas. Así, poco antes de las once de la noche, el <<Fastuoso>> cayó a plomo al fondo del mar con más de dos mil quinientas personas en su interior, en lo que se convirtió en uno de los peores naufragios que se hayan registrado.

Por su parte, el helicóptero que transportaba al capitán Mauricio Fuentebrío aterrizó en poco tiempo en el puerto más cercano, que se encontraba en plena ebullición organizando el rescate ante las llamadas de socorro del transatlántico. Cuando le vieron pisar tierra, todos los allí presentes se preguntaron con estupor ¿cómo era posible que el capitán hubiera abandonado su barco cuando estaba a punto de hundirse?, y esperaron con expectación sus primeras declaraciones, que hizo con su habitual aire de autocomplacencia y su característica voz, ligeramente aflautada:

- << Quiero dejar el mensaje de que las desgracias deben servirnos para unirnos y hacernos más fuertes. Por eso mis colaboradores y yo, que hemos visto la muerte de cerca, pretendemos ser un ejemplo para la sociedad de fortaleza y capacidad de superación. Como no podía ser de otra manera, hoy más que nunca, también hay lugar para las buenas noticias >>.

El silencio contenido del dolor no dio paso a los aplausos, como Mauricio Fuentebrío esperaba, sino que desencadenó abucheos de forma unánime, al tiempo que dos agentes de policía le prendieron:

- << Buena parte de la gente es crédula y a menudo ignorante, pero la mentira como forma de vida no conoce adeptos. Así que no vuelvas a mirarme con altivez ni a dirigirte a mí con tus palabras de buhonero: agacha la cabeza y calla para siempre porque tu tiempo ha terminado >> - le dijo al oído el comisario.                

Publicado la semana 23. 11/06/2021
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