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Enrique Palomo

Historias olímpicas: la derrota

HISTORIAS OLÍMPICAS: LA DERROTA

 

Estaba ya colocado en mi puesto de salida. Iba a correr por la calle cinco, una de las destinadas a los mejores tiempos de las semifinales. Todas mis rutinas y supersticiones previas al inicio de la carrera habían quedado atrás. Tenía la cabeza agachada, con la vista fija en el tartán, con mis manos colocadas sobre la línea y mis pies apoyados en los tacos de salida. El silencio era sepulcral; o al menos a mí me lo me parecía, como si los ochenta mil espectadores del estadio se hubieran volatilizado. Faltaban solo unos segundos para que las palabras del juez, maquinales e incontestables, precedieran al pistoletazo del inicio y mi corazón palpitaba desbocado como en las grandes ocasiones; no podía ser menos cuando se trataba de la final olímpica de los cuatrocientos metros. Toda la estrategia de carrera que había trabajado durante meses de entrenamientos se había quedado sintetizada en unas frases que me repetía interiormente sin descanso: “Sal al ritmo más fuerte posible y llega hasta donde puedas… En los últimos cien metros no habrá fatiga ni dolor… Si bajas de cuarenta y cuatro segundos hoy, serás el campeón”.

De pronto sonó el pistoletazo; su sonido tenía algo de extraño y de irreal, pero también de luminoso y de mágico, como sucede cuando llega ese momento que se ha estado preparando durante largo tiempo y que ha estado ocupando los sueños de cada noche. Traté entonces de imprimir a mi cuerpo toda la fuerza que mis treinta y cuatro años permitían, con mis piernas avanzando en zancadas largas, impulsado por mis brazos experimentados y sostenido por mi tronco curtido por el tiempo. Quería dirigir mis pasos con la sabiduría de mis veinte años de experiencia y con la templanza de haber corrido otras dos finales olímpicas, pero no podía evitar el miedo a ser derrotado por el ímpetu desbordante de aquellos rivales veinteañeros que me flanqueaban.

Desde los primeros metros me noté poderoso, como tantas otras veces, y me llenó de confianza ver cómo me destacaba de aquellos rivales que podía ver. Parecía deslizarme a lo largo de la primera curva de la pista, sentía mi respiración profunda y poderosa y comencé a sentir el clamor de la multitud, repleto de gritos de ánimo que no podía distinguir. A buen seguro todos tendrían sus ojos puestos en mí y las cámaras fotográficas resplandecían a mi paso por miles. Por un momento me sentí invencible, con lo que, al llegar a la mitad de la prueba, intenté acelerar aún más la cadencia de mis piernas para llegar campeón cuanto antes, coger la bandera de mi país y dar la vuelta de honor una vez más para ser aclamado como el mejor especialista en cuatrocientos metros lisos.

Al llegar a la segunda curva del anillo del estadio comencé a oír jadeos aproximándose a mí por mi izquierda y, al momento, pude ver por el rabillo del ojo las siluetas de los dos corredores de las calles tres y cuatro. Intenté acelerar mi ritmo aún más, pero me resultó imposible, y en ese mismo instante tuve el convencimiento de que mis rivales me superarían, con lo que, entrando en la recta final, me sentí impotente y humillado.

Comencé a sentir mis piernas rígidas y pesadas, de forma que los últimos cien metros se me hicieron cien kilómetros por un pedregal cuesta arriba. El pasillo que había prometido ser mi camino de gloria, estaba siendo profanado por dos grandullones que se alejaban irremediablemente para disputarse la medalla de oro. Mirando desde la distancia sus cuerpos hercúleos me vi a mí mismo años antes y la nostalgia me invadió. En aquel momento supe que los vítores ya no eran para mí y no sé si me sentí más extraño que defraudado.

En los últimos metros de la carrera, cuando terminar tercero era mi mayor recompensa, una figura fulgurante, como venida de otro mundo que ya no era el mío, me sobrepasó por la calle siete a punto de cruzar la meta y supe que había terminado cuarto. Me tiré al suelo: mis piernas no podían dar un paso más. No estaba cansado, sino herido. A mi alrededor el griterío me resultó desagradable, incluso doloroso; y es que las victorias son hermosas para el que las protagoniza, sugerentes para aquellos que las contemplan, pero son terribles para los vencidos. De pronto un hombre joven, creo que un médico, se acercó a mí preguntándome cómo estaba: mi respiración fatigada y mi rostro desencajado debían de parecer los de un enfermo agonizando. Le dije que me encontraba bien y pude reunir la fuerza suficiente para incorporarme. Aun así, me acompañó camino del vestuario. Ese día ya nadie me miraba porque todos los ojos se dirigían a los vencedores; como si nadie se acordara de mis títulos nacionales, continentales, mundiales y olímpicos. Tampoco me esperaban felicitaciones efusivas de autoridades ni entrevistas llenas de elogios; tan solo recibía la asistencia de los sanitarios para reponer a una vieja gloria del atletismo después de su última gran competición.

Antes de retirarme miré el estadio, repleto y brillante, que estallaba en clamores a cada momento, con la llama olímpica desmelenada y solemne y el podio que nunca visitaría, y quise recordar esa imagen para siempre, como una frágil estela de un camino que no podría volver a recorrer.                  

 

Publicado la semana 27. 11/07/2021
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