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Enrique Palomo

Historias olímpicas: el sueño

HISTORIAS OLÍMPICAS: EL SUEÑO

 

Era una mañana de agosto en la que todo parecía estar guardando reposo, guarecido del calor sofocante. El viejo televisor mostraba un estadio grandioso, repleto de espectadores, que lucía imponente en otra jornada de finales donde los mejores atletas del mundo competían por el triunfo. Estaba en una ciudad lejana, a la que tal vez nunca se podría llegar desde el pueblo pequeño donde el niño veía embelesado la retransmisión. Por la diferencia horaria, en el estadio ya era por la tarde y el cielo azul perfecto arrojaba una luz anaranjada sobre la pista y las gradas dándoles la apariencia de un decorado donde cualquier acontecimiento heroico e inolvidable podía suceder.

En la salita donde estaba el niño su madre se afanaba en las tareas domésticas, ajena a las proezas que asomaban por la pantalla y que en ningún caso iban a cambiar su vida rigurosa y monótona. Las imágenes de aquella gran ciudad cosmopolita y bulliciosa, soleada y abierta, contrastaban con el salón pequeño, oscuro y anticuado en el que destacaba la vibrante narración de los comentaristas, cuyas voces llegaban desde el estadio a través de un teléfono, lejanas y emocionadas, mientras el niño las escuchaba con atención acumulando en su memoria multitud de datos sobre competidores, países, resultados y aspectos técnicos de cada prueba. Mientras, en un sillón renqueante situada en un rincón sombrío, su abuelo dormitaba sin percatarse de los contenidos de la televisión ni de ningún otro hecho que estuviera sucediendo a su alrededor.

De pronto, se anunció el comienzo de la final de los mil quinientos metros. Los doce corredores partieron raudos tras el pistoletazo de salida intentando coger la mejor posición. El niño identificó la camiseta roja y el pantalón azul del participante de su país, la excepción en una competición dominada por los deportistas de otros países más poderosos, y se puso en pie para animarle, espoleado por los comentarios entusiastas de los locutores. El salón se llenó del griterío del público del estadio ante los adelantamientos que los corredores se hacían entre ellos. El atleta de la camiseta roja estaba bien situado, justo por delante de los dos favoritos, y su gesto, tosco y curtido por el sol, denotaba seguridad y fortaleza.

El sonido de la campana irrumpió para anunciar la última vuelta y el corredor de la camiseta roja atacó para situarse primero del grupo mientras el resto de participantes se colocaban en fila tras su formidable aceleración. El niño saltaba y vitoreaba a su héroe mientras las cámaras enfocaban su rostro de esfuerzo y crispación. Tras él, los dos favoritos acechaban con sus camisetas blancas y sus figuras espigadas y elegantes, más propias de dos modelos.

Los metros iban siendo recorridos de forma inexorable en una cuenta atrás camino de la gloria. Ya solo quedaban doscientos metros y los tres primeros clasificados tenían una ventaja amplia con el resto de atletas. El niño exclamaba dando saltos: << ¡Vamos a ganar una medalla!, ¡Vamos a ganar una medalla! >>. La madre se acercó a la televisión sin comprender bien la razón del júbilo del niño y el abuelo abrió sus ojos de mirada perdida, atraídos por una luz que ya no significaba nada para él y despertados por unas voces que ya no reconocía, hasta que los volvió a cerrar unos segundos después.

Al llegar a la recta final, los dos corredores de la camiseta blanca se acercaron al primer clasificado por su derecha superándole con suficiencia para disputarse entre ellos el oro en un esprint colosal. Al niño la situación no pareció importarle y siguió saltando, como si así le infundiera las fuerzas que le faltaban a su héroe, que poco después cruzó la línea de meta con los brazos en alto y una sonrisa incontenible: había conseguido la tercera posición, que era la primera medalla que su pequeño, acomplejado y entristecido país ganaba en su larga historia.

El niño, radiante, salió para contárselo a sus amigos. Echó a correr con entusiasmo por la calle polvorienta y bacheada mientras les llamaba a voces para que bajaran: imaginaba ser uno de esos atletas que competían en aquel estadio ilustre y soleado de aquella ciudad lejana y fabulosa. Y cuando llegó al final de la calle, que también era el final del pueblo, contempló las montañas peladas y se juró a sí mismo que un día las cruzaría.               

 

 

  

Publicado la semana 29. 24/07/2021
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