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Enrique Palomo

El emigrante

Viajar sin billete de vuelta es una aventura, pero cuando la salida es desde tu casa se convierte además en un drama. Eran las siete y cuarto de la mañana cuando entré en la estación para tomar el tren de las siete y media con destino a La Gran Ciudad. El vestíbulo estaba desierto, iluminado por unas luces fluorescentes, raquíticas y frías, que parecían a punto de fundirse. Mis padres me acompañaban para despedirme ayudándome con mi flamante maleta, llena a partes iguales de incertidumbre y de proyectos. El andén estaba inmerso en la penumbra de la llanura y desprendía ese frío tieso y cortante tan propio del final de la madrugada. Por el este despuntaba tímidamente la aurora, anunciando un nuevo día que en realidad nunca quise que llegara pero que era inevitable. Y el silencio se rompía con el delicado canto de los pajarillos más madrugadores.

A un lado mi padre, con la chaqueta de las grandes ocasiones en la mano y en mangas de camisa, retando al frío del final del otoño con la naturalidad del que ha pasado muchos inviernos crudos. Al otro lado mi madre, con su vestido nuevo y guarecida en su abrigo de paño. Los dos flanqueándome, como si se tratase de la despedida con honores a un visitante ilustre: mi padre mirando el reloj de la estación con inquietud y mi madre pasándome revista con su mirada escrutadora y protectora. Y mientras transcurrían los minutos hasta la llegada del tren, se sucedían unas cuantas frases intrascendentes, algunos recordatorios y palabras que solo se dicen por trámite, cuando las lágrimas están a punto de aflorar y el silencio se hace insoportable.

– Está fresca la mañana, aunque yo pensaba que iba a hacer más frío.

– Que no se te arrugue la camisa nueva al sentarte, que en La Gran Ciudad seguro que todos van muy arreglados.

– Ten cuidado cuando llegues a La Gran Ciudad. Vigila la cartera que allí hay mucho granuja.

– No te olvides colgar bien la ropa cuando llegues.

De repente, un pequeño punto de luz rompió en la lejanía la monotonía de la noche. Era el tren regional que, lento y seguro, recorría todos los pueblos de la comarca con destino a La Gran Ciudad: un hilo frágil capaz de mantener todavía conectados la vida llana y sosegada con el progreso más ambicioso. Conforme se acercaba, los tres mirábamos en silencio la forma en que la luz iba haciéndose más notoria, como si se tratase de un hecho extraordinario que mereciera ser contemplado sin pestañear.

Al entrar el convoy en la estación la luz frontal de la locomotora nos deslumbró y un sonido chirriante pareció romper el hechizo de la madrugada, como si el trepidante trasiego de La Gran Ciudad se hubiese trasladado a la estación solitaria de mi pueblo. Los vagones iban repletos de pasajeros, la mayoría jóvenes: unos pocos dormitaban, otros tantos hablaban con la persona de al lado, y la mayoría miraban serios, extrañados, curiosos y con los ojos llorosos.

Caminamos hasta la puerta del vagón número cuatro y cuando se abrió supe que había llegado el momento. Las lágrimas, contenidas a duras penas, apenas me permitían hablar, y creo que a mis padres les sucedía lo mismo. Solo acerté a decir una frase seca y protocolaria: – “Cuando llegue os llamo” –. Abracé primero a mi padre y luego a mi madre y, tal vez para suplir todas las palabras que no pude decirles, lo hice con fuerza, manteniéndoles bien pegados a mi cuerpo durante unos segundos, hasta que, precipitado por la premura de la salida, agarré mi maleta y subí al vagón sin mirar atrás.

Cuando me acomodé en el asiento número once junto a la ventanilla mis padres se acercaron. Mi padre miraba al tren con autoridad, como si estuviera supervisándolo todo y el maquinista estuviera esperando su orden para partir, y mi madre parecía distraerse mirando a las otras ventanillas, pero no eran sino dos estrategias diferentes para esconder sus lágrimas de las mías.

Una vez el tren se puso en marcha nos dijimos adiós con la mano: era el momento para que los ojos se rompieran en lágrimas y los sollozos asomaran ahogados. Sus figuras se alejaban hasta dejar de distinguirse entre las primeras luces del alba. El pueblo parecía más pequeño, oscuro y silencioso que nunca. El campo por el que ahora circulaba, y por el que tantas veces pasé, me parecía ahora irreconocible, desierto y lleno de sombras. Y es que en ese momento me di cuenta que no solo me había despedido de mi casa, sino que también lo había hecho de mí mismo. Cuando volviera algún día las casas, las calles, los vecinos, tal vez mi familia ya no serían los mismos, y yo tampoco, porque una parte sustancial de mí se acababa de quedar en el andén diciendo adiós. En aquel momento no pude dejar de preguntarme: “¿Por qué el futuro tiene que ser mejor para mí en La Gran Ciudad?”, ¿Acaso la ambición, la grandeza, las posesiones y el renombre que representa me procurarán mi felicidad? Y entonces dudé más que nunca de la respuesta.    

Lo cierto es que, al fondo, una gran luz rompía el horizonte como un nuevo mundo que se descubría y al que nuestro tren, viejo y renqueante, nos conducía a tientas sin mirar atrás.

 

 

   

Publicado la semana 3. 24/01/2021
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