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Enrique Palomo

Tarde de feria

TARDE DE FERIA

 

Era el día grande de las fiestas en honor del santo patrón y el son de las charangas acompañaba la salida del último toro de la tarde. Los tendidos de sombra, frecuentados por entendidos o por aquellos que decían serlo, se quedaron deslumbrados por el imponente trapío del animal, más propio de una corrida de postín en una plaza de primera categoría. Por su parte, los dos tercios restantes de la plaza, donde se encontraban los tendidos de sol, daban cuenta de su opípara merienda y bailaban sin percatarse de la imponente presencia del morlaco, que con su capa negra zahína, su robusta cornamenta y su aire amenazante y retador campaba por el ruedo con arrogancia.

El diestro, un joven necesitado de triunfos, atendía los mensajes esperanzadores de su cuadrilla sobre las condiciones del animal mientras contemplaba atentamente su comportamiento agazapado tras el burladero. Al momento, espoleado por los buenos presagios, salió de la confortable protección de las tablas y se enfrentó al toro rodilla en tierra para dar dos largas cambiadas y continuar con una tanda de seis verónicas de impecable factura con el remate de una media que dejó encandilados a los más exigentes.

Llegado el tercio de varas el toro tomó tres puyazos empujando con bravura y fijeza, con lo que la expectación creció entre la minoría que atendía al desarrollo de la lidia. La movilidad y la nobleza se acrecentaron aún más durante el tercio de banderillas, con lo que el matador se dispuso a comenzar la faena convencido de un gran triunfo mientras brindaba al público en el mismo centro del ruedo.

Su buen hacer se materializó comenzando con unos estatuarios llenos de emoción que se continuaron con cinco tandas casi eternas de naturales rematados por unos pases de pecho que parecían de cartel. El toro no se cansaba de embestir y su figura, preciosa y atlética, no había perdido un ápice de dignidad a pesar del transcurso de la lidia. Los tendidos de sombra se levantaban de sus asientos entusiasmados; no habían visto nada igual en aquella pequeña plaza de capital de provincia. Mientras, los miembros de las peñas en los tendidos de sol, que acudían a la plaza como un trámite más dentro del programa de festejos, comenzaban a tirar almohadillas al ruedo, impacientes porque la corrida terminara y pudieran continuar con la fiesta fuera de la plaza. Así sucedía todas las tardes de feria y aquel día no iba a ser diferente.

Los espectadores de sombra comenzaron a increpar a los de los tendidos de sol, pero estos continuaron con su ritual de cada tarde, lo que agravó aún más la bronca entre los dos sectores de la plaza. Por su parte, como si nada estuviese sucediendo a su alrededor, el toro seguía embistiendo con una nobleza extraordinaria y los muletazos, ejecutados como mandan los cánones, iban sucediéndose de forma indefinida.

Llegó el momento en que el torero tomó el acero para ejecutar la suerte suprema y arreciaron las protestas en los tendidos de sombra: conquistados por las magníficas condiciones del animal, pedían el indulto dirigiéndose a la presidencia de la plaza con sus pañuelos blancos al aire. Al mismo tiempo, en los tendidos de sol, los asistentes daban la espalda a lo que estaba aconteciendo en la arena y se arremolinaban en torno a sus charangas para bailar mientras se arrojaban unos a otros los vasos de limonada.

Todos miraban expectantes al palco, donde el presidente esperaba que la petición fuese mayoritaria para sacar el pañuelo naranja que otorgaba el indulto al toro. Pero la inmensa mayoría de los asistentes de los tendidos de sol, cegados por el alcohol y la fiesta, no eran conscientes de lo que se estaba fraguando en el coso y continuaron con sus risotadas y sus burlas.

El público de los tendidos de sombra pedía insistentemente el indulto, incluso el ganadero, sabedor de las condiciones excepcionales del animal, agitaba su pañuelo para solicitarlo. En la arena, el matador miraba desconcertado a los tendidos esperando la orden de la presidencia a favor del indulto, que sin duda le otorgaría un éxito sin parangón, y el toro esperaba majestuoso, sin saber que en aquellos momentos se estaba decidiendo su destino, bien como ilustre semental o bien como vulgar pieza de carnicería.

Llegó un momento en que el presidente tomó la decisión tras consultar con sus asesores: la petición no era mayoritaria, ya que los dos tercios de la plaza pertenecientes a los tendidos de sol no habían sacado sus pañuelos, con lo que según el reglamento había que estoquear al toro. Las discusiones se hicieron aún mayores, los insultos entre los dos sectores del graderío se generalizaron e incluso algunos espectadores llegaron a las manos. En medio de la situación, el diestro se limitó a cumplir la orden del presidente y se dispuso a ejecutar la suerte de matar: el burel se entregó una vez más con su formidable casta y el hombre enterró el estoque en todo lo alto.

El toro, herido de muerte, apenas descompuso su figura; solo el hocico manchado de sangre denotaba la muerte próxima, y así se mantuvo en pie, grande y bravo, hasta que al fin abrió la boca y se derrumbó, ya inerte, en el centro del ruedo.   

Al matador se le otorgaron los máximos trofeos; en medio de la monumental trifulca fue imposible saber si en esta ocasión la petición de las orejas y el rabo habían sido o no mayoritarias. Lo cierto es que el diestro abandonó el ruedo a hombros, aclamado por el triunfo, mientras los aficionados salían de la plaza deslumbrados por lo que consideraron un magnífico espectáculo. Hacía tiempo que los miembros de las peñas habían abandonado sus localidades y desfilaban eufóricos por las calles engalanadas de la ciudad entre cánticos y petardos.

Al mismo tiempo, en el silencio del patio del desolladero, el toro yacía inmóvil, con los ojos vidriosos, la boca desencajada y las heridas en su morrillo. Su majestuosidad y su belleza se habían evaporado con su vida y ya era solo un cadáver. Había pasado su momento de gloria, efímero e irrepetible, y a partir de entonces sería olvidado por la mayoría: solo unos pocos tendrían un recuerdo frágil de él, convirtiéndole en un ser hiperbólico, casi fantástico, sujeto a todas las imprecisiones y falsedades que promueve la memoria. Las luces frías del patio atenuaban la penumbra del atardecer. Se notaba el olor a pólvora, a carne asándose, a manzanas de caramelo y el ruido de los cohetes anunciaba que la fiesta continuaba. Mientras, el matarife comenzaba su quehacer con la música alegre de las charangas de fondo, como si nada hubiese pasado.         

 

     

Publicado la semana 32. 15/08/2021
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