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Enrique Palomo

Un domingo por la tarde

UN DOMINGO POR LA TARDE

 

Cuando llega el domingo por la tarde algo se queda irremediablemente atrás y aquel no era diferente al resto. Los dos amigos habían quedado por última vez antes de la partida: al día siguiente uno se iría a La Gran Ciudad para continuar sus estudios mientras el otro permanecía en el pueblo. Probablemente uno terminaría como comercial en alguno de los múltiples negocios de la ciudad o como funcionario en algún puesto de su bien nutrida burocracia; tal vez, si continuaba siendo un buen estudiante, se convertiría en profesor, abogado, ingeniero, médico, científico o arquitecto. Por su parte, el otro chico ya tenía decidido terminar sus estudios básicos y luego trabajar en las tierras de su padre: en el pueblo no había mucho más donde elegir y a él siempre le había gustado el campo.

La tarde era nubosa y fresca. El sol del final del verano, tristón, huidizo y débil, estaba a punto de esconderse dejando en penumbra el lugar donde tantos días habían jugado. Sentados en las escaleras de uno de los portales los dos chicos miraban aquel callejón que el viento agorero recorría en soledad llevándose las primeras hojas caídas de los árboles.

Estuvieron recordando las caminatas por las montañas jugando a ser exploradores o guerrilleros, recopilaron los mejores momentos de la infinidad de partidos de fútbol que jugaron en la pradera y no pasaron por alto las expediciones en bicicleta hasta más allá de los confines del pueblo. Después hablaron de los días de juegos que habían acontecido en cada palmo de aquel callejón vulgar y entristecido, pero que para ellos se había convertido en el escenario de buena parte de su vida: cómo olvidar todos los juguetes que habían pasado por allí; ya fueran relucientes, como cada seis de enero, o maltrechos, como el resto de los días del año.

Hablaban intercalando risas, exclamaciones y carcajadas. Era la manera en que afrontaban el momento de la despedida; porque si por algo se caracterizan los domingos por la tarde es por un sentimiento de tristeza e incertidumbre ante lo que fue y ante lo que está por venir. En muchos casos se referían a cosas que no merecerían la atención de nadie, pero tal vez en eso consista la amistad: en compartir nimiedades para transformarlas en vivencias excepcionales. 

Llegó un momento en que parecía no haber nada más que decirse y ambos chicos comprendieron que había llegado el momento de separarse. Prometieron estar en contacto casi todos los días. Sabían que volverían a verse en las vacaciones de Navidad y luego en las de verano, pero al instante comprendieron que ya nada sería igual: La Gran Ciudad, cosmopolita y moderna, abriría un abismo entre ambos. Las excursiones, los juegos, las confidencias y aquel callejón dejarían de ser el presente para convertirse en un recuerdo que cada ver sería más borroso e irreal.

Se dieron en el hombro como hacían cada tarde al despedirse y emprendieron caminos opuestos a lo largo del callejón. La próxima vez que lo recorrieran ya sería un lugar diferente, incluso extraño, que no volvería nunca a su estado original. El chico que se quedaba en el pueblo prefirió no darse la vuelta: tenía un nudo en la garganta. El chico que se iba a La Gran Ciudad sí se giró; y es que solo se mira atrás cuando se deja algo valioso que ya no se puede recuperar, como sucede cada domingo por la tarde. 

         

Publicado la semana 33. 22/08/2021
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