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Enrique Palomo

El tren

EL TREN

 

Como cada día, el hombre entró en el andén de la estación. No esperaba ningún tren; solo pensaba pasar la mañana bajo la marquesina para protegerse del sol veraniego. En realidad, hacía años que nadie esperaba nada en aquel lugar y, ante el tren que nunca llegaba, los raíles habían sido devorados por los hierbajos y el andén se agrietaba entre los ecos de la soledad.

Se sentó en unos de los bancos. Esos donde esperaron los que partieron hacia La Gran Ciudad en busca de un sueño y donde fueron recibidos tanto los que regresaron con fortuna como los que fracasaron. Su piedra fría y eterna, que un día acomodó visitantes ilustres, ya solo servía de asiento a un anciano para ver transcurrir sus horas muertas. 

El hombre miraba lo que le rodeaba con atención. Sus ojillos empequeñecidos e irritados querían reconocer lo que vieron en otro tiempo y ya no encontraban: acompañaban a las hojas revoloteando a su libre albedrío por el andén, como si fueran almas en pena; no paraban de seguir el vuelo de las aves sobre los trigales arruinados del otro lado de la vía y se recreaban ante los detalles en blanco, azul y verde de los azulejos que cubrían la fachada de la estación y que en su día fueron la mejor muestra de la calidad de la artesanía local. 

Bajo el acogedor sosiego de la sombra, el anciano escuchaba el monótono canto estival de la cigarra y contemplaba las espigas amarillentas, que eran agitadas por el viento solanero bajo un cielo azul Purísima. Pasado un rato, el hombre se levantó y empezó a caminar a lo largo del andén. Lo hizo sin ninguna finalidad concreta; en verdad solo se trataba de un paseo que se daba porque no había nada mejor que hacer, sin origen ni destino, una rutina triste y amarga para distraerse de la soledad y olvidar un pasado más propicio que el presente. Mientras avanzaba, se detuvo ante la cristalera rota de lo que fue la cantina, convertida en un portalón vacío tapizado por cascotes, y donde solo permanecían como vestigio las pegatinas de una marca de gaseosas que desapareció hace más de veinte años. Más allá, en el extremo del edificio orientado hacia el norte, se puso a curiosear frente al viejo quiosco, donde los últimos periódicos aún estaban expuestos en el escaparate: su papel era amarillento, abrasado por el sol inclemente de tantos años, y sus letras borrosas parecían haberse diluido en un pasado caduco que hacía prescindible su lectura.    

El hombre se quedó mirando las vías, que se perdían en la llanura seca. La calma propia de la ausencia de expectativas lo invadía todo y parecía inalterable; a fin de cuentas, ¿era posible resucitar a quien murió hace tiempo?

De repente, la vista cansada del anciano pareció vislumbrar un punto que se movía en lontananza e iba acercándose progresivamente por la vía… ¡Era un tren después de tanto tiempo!, ¿Pero de dónde vendría?, ¿Y cuál sería su destino? Poco después, el convoy entró en la estación reluciente y poderoso. El hombre, sin saber qué hacer, miró el antiguo panel donde se anunciaban las llegadas y salidas; pero permanecía en blanco, como venía sucediendo desde las últimas dos décadas. Abrió sus puertas, pero no se bajó ningún pasajero. En aquel instante el hombre pensó que quién iba a querer pararse en un lugar situado en medio de la nada.

¿Y qué pasaría si se montaba en el tren? ¿Dónde llegaría? Se situó frente a la puerta de acceso al vagón tres. Tenía dudas ante lo desconocido e imprevisto, pero ¿qué iba a perder? A sus noventa años la muerte le parecía una liberación bien merecida después de tantos sacrificios y sinsabores. Todos aquellos a los que quiso ya habían quedado atrás y sus bienes materiales eran bien poca cosa. Solo pretendía vivir de los recuerdos y al presente solo le pedía que no se inmiscuyera en ellos.

Cuando sonó el pitido que indicaba la salida inminente el anciano se subió al tren. Solo él sabía por qué lo hizo. Entró en el vagón y lo encontró vacío, continuó por los cuatro restantes y tampoco dio con ningún pasajero… Sintió desconfianza y quiso bajarse, pero para entonces el tren ya se había puesto en marcha.

El hombre se acomodó con gusto en un asiento junto a la ventana y empezó a mirar por ella como si de un gran espectáculo se tratara. Pronto el campo que conocía dio paso a un lugar de bosques exuberantes, como nunca había visto y siempre quiso ver, atravesó una cordillera nevada cuya visión solo había encontrado en sus sueños y al poco llegó a una pequeña población, coqueta y modesta, que le resultó familiar. Se bajó del tren en medio de una mañana luminosa, donde las calles bullían joviales, como sucede en las vísperas de los días grandes. Al instante el anciano percibió que en cada rincón de aquel lugar habitaban sus recuerdos, los que siempre le acompañaron, precisos o borrosos, y los que había olvidado ya. Miró al cielo y reconoció el sol blanco y deslumbrante, se podría decir que incontenible, como lo veía cuando era niño. Y comprobó extasiado que los sueños brotaban a cada instante de cada punto de luz sin importar si podrían realizarse o no. Sonrió y se sentó con gusto para ver la vida discurrir al tiempo que decidió no abandonar jamás aquel lugar del que había partido un día lejano sin saber muy bien por qué.      

  

Publicado la semana 35. 05/09/2021
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