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Enrique Palomo

Instantes de la Guerra de las Montañas Azules: la rendición

INSTANTES DE LA GUERRA DE LAS MONTAÑAS AZULES: LA RENDICIÓN

 

Nuestro ataque solo era respondido desde las ruinas del mercado central. Más allá, todo eran escombros y nuestras tropas circulaban sabiéndose las dueñas de la ciudad. Entonces el capitán nos dio la orden de disparar con lanzacohetes allí donde todavía quedaba un foco de resistencia. Dirigimos cuatro proyectiles que impactaron en la fachada delantera, con lo que, al instante, el edificio saltó por los aires. Nos guarecimos en nuestra trinchera para no ser heridos por los cascotes, que salían despedidos centenares de metros a la redonda. Cuando el estampido cesó, solo se oía el crepitar del fuego devorando lo que alguna vez fue y ya no existía.

El silencio en la guerra es inusual y cuando está presente solo sugiere el peligro invisible que está al acecho, pero esta vez era diferente: pasaban los minutos y parecía que nos hubiésemos quedado solos en el mundo. Sin embargo, me asomé con sigilo y pude ver una bandera blanca agitándose desde una de las ventanas al tiempo que varios soldados salían del mercado con los brazos en alto. Sentí una alegría inmensa pero contenida: aquello suponía la conquista de la capital, el fin de la contienda y el reinicio de nuestra vida para los que aún permanecíamos en pie. Les hice una indicación a mis compañeros para que mirasen y empezaron a exclamar: qué extraños son los gritos de alegría entre el humo negro y el olor a carne quemada.

Nos dirigimos hacia los soldados con cautela: nos aseguramos que sus manos estaban levantadas, sin las armas a su alcance, a la vez que les apuntábamos con las nuestras. Caminábamos despacio, atentos a cualquier trampa que pudiera sobrevenirnos. Los quince rendidos parecían muy jóvenes, tal vez no habían cumplido los veinte años, y estaban aún aturdidos por la explosión. Su marcha era descoordinada, todos presentaban heridas por su cuerpo y su ropa estaba hecha jirones, de forma que no podía saberse su graduación. Al acercarme a ellos les grité para que obedecieran mis órdenes: como a todos los enemigos capturados les llevaríamos a nuestro cuartel general para ser interrogados. A uno de ellos, que parecía no querer caminar, le golpeé en la espalda con la culata de mi arma y comenzó a gemir mientras me señalaba una herida en su muslo derecho que parecía profunda. Intentó reemprender el camino y lo hizo arrastrando su pierna, así que le ofrecí mi brazo para que se apoyara mientras apartaba mi mirada de sus ojos implorantes; estaba avergonzado de mi acto. ¿Por qué razón estos chicos y yo nos habíamos convertido en enemigos? ¿Acaso todos nosotros, de un bando u otro, no albergábamos en nuestro interior un deseo incontenible de volver a casa y vivir en paz? Y es que al contemplar sus pasos derrotados, sus manos descarnadas, su boca seca, su sangre asomando y sus ojos asustados tuve el convencimiento de estar mirándome a mí mismo en un espejo.

Unos metros más allá, en los alrededores de lo que fue el mercado de la ciudad, yacían los cuerpos de los caídos en nuestro ataque. Para ellos la paz llegó a destiempo. Todavía salía humo de sus restos recién mutilados y no pude dejar de pensar que solo unos minutos antes fueron unos jóvenes como yo, con tantas ilusiones como miedos en este lodazal de ruinas al que nunca tendríamos que haber llegado y del que nunca terminaremos de irnos. Como a mí, a esos chicos les convencieron de lo imprescindible de su servicio en esta guerra, de lo formidable que sería su valor y de lo generoso de su entrega; sin embargo, aquellos que una vez les encandilaron ya no saben lo que fue de ellos, arrojados a una escombrera como carroña.

Cuando llegamos al cuartel, resonaban los vítores hacia nuestra compañía: el comandante nos confirmó que nuestro ejército había conseguido sus últimos objetivos militares y tenía el control absoluto de la región de las Montañas Azules. Entre burlas e insultos dejamos a los soldados rendidos, ya prisioneros, en el calabozo para que vivieran su particular purgatorio mientras escuchábamos por radio la voz del teniente general anunciando con pompa el final de la guerra. 

Todos gritamos y nos abrazamos. Muy pronto estaríamos en el lugar preciso para retomar lo que se quedó sin terminar, y lo haríamos junto a aquellos que nos quieren y a los que queremos. Viviríamos a partir de ahora en un mundo sin enemigos y aún hoy tengo la convicción de que no puede haber mejor premio. Solo los que hemos tenido la desgracia de vivir una guerra sabemos lo terrible que supone tener a alguien como tú, exactamente igual, al que matar, y tal vez por desconocimiento solo aquellos que nunca han estado en una guerra pueden desear tener enemigos con los que confrontar. 

¿Y he vencido? No. Solo he sobrevivido. Porque no es posible sentirse vencedor cuando uno descansa sobre piedras derrumbadas bajo el cielo oscurecido de la ciudad ardiendo y observa cómo se amontonan los cuerpos en las fosas comunes.    

 

         

 

 

Publicado la semana 39. 01/10/2021
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