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Enrique Palomo

Coulrofobia

COULROFOBIA

<< En la fiesta del martes de Carnaval estarás en la plaza a las nueve de la noche. Allí identificarás al líder de su cártel, “El Rastas”, que irá disfrazado con una peluca verde, una gran nariz roja y un blusón con lunares azules en la espalda. Dispárale y sal de allí con discreción, te estaremos esperando en la Calle Merced. Para pasar desapercibido, tienes en el portal del número diez de la Calle Real un disfraz y una pistola con silenciador. Te deseamos mucha suerte, porque la vas a necesitar >>.

Quemó la nota y se dirigió tan decidido como nervioso al portal señalado de la Calle Real. La noche era cerrada, fría y con una niebla que empezaba a caer, fina y húmeda, calando hasta los huesos. Escuchaba sus pasos resonantes en la calle solitaria y la música de fondo, que provenía de la fiesta de la plaza. La oscuridad era absoluta, y es que hasta las farolas estaban apagadas, como si quisieran convertirse en cómplices de lo que iba a suceder.

El portal del número diez estaba abierto. Pulsó el interruptor, pero la luz no se encendió. Palpó a tientas y encontró junto a la puerta dos prendas de vestir de tacto suave y una máscara de goma con una peluca incorporada: era un disfraz de payaso, como el que tenían que llevar todos los asistentes a la fiesta, ya que ese año el carnaval estaba dedicado al mundo del circo.

Mientras se cambiaba, sintió el ambiente sombrío del portal en el cuerpo y tiritó; lo hacía por el frío, pero también por el miedo. Cogió la pistola y durante unos segundos la manipuló en medio de la oscuridad: era áspera y gélida, como si quisiera matar solo con su tacto contundente. Se la guardó en un bolsillo profundo de su blusón y salió del portal.

No sabía el aspecto que tenía: no había luz que permitiera reflejarse en los espejos, pero poco importaba, pues en carnaval se renuncia a la propia identidad para convertirse en lo que uno nunca llegará a ser. Tal vez parecería un payaso bonachón y alegre, dispuesto a hacer reír, pero la realidad era bien distinta. Recordaba que él siempre había sentido terror por los payasos: con sus voces histriónicas, sus ropajes de colores chillones y sus maquillajes capaces de ocultar la verdad del alma. Y llegado este momento, como una ironía siniestra, tenía que cumplir su misión más importante vestido de payaso y rodeado por cientos de ellos. 

Caminaba con la mirada puesta al final de la calle, donde la luz de la plaza se iba haciendo más patente conforme avanzaba. Pronto comenzaron a aparecer los primeros asistentes a la fiesta, todos vecinos disfrazados que bailaban divertidos al son de la música estruendosa. Sintió miedo y quiso darse la vuelta, pero trató de dejar de lado sus fantasmas; todo fuera por cumplir el objetivo y así ascender en el escalafón del grupo y ganarse el favor del líder.

Cuando apareció en la plaza se quedó un instante mirando los farolillos de colores, que no eran sino luces que parecían a punto de fundirse y que daban a los disfraces un aire tristón y decadente, como si una amenaza extraña acechara. Se metió la mano en el bolsillo del arma y se mezcló entre la multitud buscando su víctima: un individuo con una peluca verde y un blusón con lunares azules en la espalda. Encontró multitud de combinaciones entre los participantes, pero ninguna como la recogida en el mensaje. Según recorría la plaza, el ruido reinante comenzó a atormentarle, sintió un calor asfixiante y la vista no conseguía discriminar entre la multitud de augustos, carablancas, arlequines y polichinelas. Le pareció que todos ellos le dirigían miradas inocentes pero que no podían reprimir la ira bajo el maquillaje y le mostraban sonrisas que solo eran un dibujo bajo el que parecía esconderse un gesto de crueldad.

El tiempo pasaba y la música se hizo ensordecedora, como si le quisiera ocultar lo que no debía oír. Las carcajadas grotescas inundaron la plaza y pronto se dio cuenta que era él quien las provocaba. Todos le miraban a su paso y le gritaban al oído insultos y amenazas. Empezaron a darle manotazos en la espalda y a empujarle. Le tiraban bebida y arreciaban aún más las risotadas, que se distorsionaban hasta resultar inmundas y terribles. Entonces, sintió un escalofrío helado en la espalda y una opresión en el pecho que le impedía respirar. Trató de huir, pero se dio cuenta que era demasiado tarde: los payasos le cerraban el paso y se quedó en medio de un círculo en el centro mismo de la plaza.

De repente, emergió de la multitud un hombre obeso que se reía escandalosamente: su cabezota rapada estaba pletórica y sudorosa y de su cuello robusto colgaba un espejo de grandes dimensiones que le ocultaba parcialmente su abdomen globuloso y sus miembros desmesurados. Se puso frente a él y en aquel momento pudo verse reflejado: la peluca que llevaba puesta era verde, su máscara mostraba una gran nariz roja y su blusón estaba plagado de lunares azules en la espalda.

Trató de sacar la pistola para disparar a quien fuera, pero en apenas un instante sintió un frío desconocido y fatal en su nuca y una detonación amortiguada le hizo caer fulminado. El alborozo fue entonces mayúsculo y la música se hizo intensa y alegre mientras dos payasos sacaban con premura su cuerpo inerte de la plaza para incorporarse de nuevo a la fiesta.

Publicado la semana 7. 21/02/2021
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