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Francesco Profilo

Con la mirada perdida en el suelo

Debajo de unos bloques del mismo color de una colilla tirada en el suelo, unos chicos poco más que adolescentes discutían animadamente sobre la vida y las noticias de actualidad. Todos vivían en el mismo barrio. Un barrio que se parecía a cualquier barrio del extrarradio de cualquier gran ciudad europea, tan cerca y tan lejos de la civilización de la metrópolis. A cuarenta minutos de metro del centro y a veinte años de distancia en la escala del desarrollo social y económico.
Uno de los chicos, un chaval con las manos tatuadas, parecía ser el que tenía la voz cantante.
―¿Habéis visto lo que está pasando en el centro? Eso es la ostia. Contenedores quemados, tiendas saqueadas, peleas a pedradas con los maderos… Hoy vamos a ir allí con dos colegas, el Camello y el Chileno.
Los demás chavales del grupo asintieron con las cabezas y se animaron entre ellos, como si aquello fuera la celebración de una victoria en equipo. El único que no parecía impresionado por lo que estaba pasando por las calles del centro de la ciudad, ni por los planes del chico con las manos tatuadas, era un chico que tenía la mirada perdida en el suelo.
―Estos políticos me tienen arto ―continuó el de las manos tatuadas ―. Tenemos que movilizarnos. La revolución está al caer. Y si o si, tiene que ser violenta. Nunca se ha conseguido nada sin prenderle fuego a algo. Ya veréis lo que va a pasar hoy. Mañana sacarán nuestras fotos con pasamontañas en los periódicos nacionales.
El joven de la mirada perdida en el suelo, seguía sin abrir la boca. Nadie le había preguntado su opinión, ni él tenía tampoco ganas de compartirla con los demás.
El de las manos tatuadas seguía con su monólogo:
―Además todas estos sitios están asegurados, así que si le rompes el cristal a una tienda de ropa y te llevas unas prendas, esa gente ni pierde dinero. Osea, al final a lo mejor hasta salen ganando.
Los demás se sentían siempre más cautivados por las palabras del autoproclamado líder del grupo y empezaron a decirle que querían ir con él a la manifestación ese mismo día.
―¡Vamos todos entonces! ―siguió el de las manos tatuadas. Luego, dirigiéndose al chico de la mirada perdida, preguntó:
―Y tu que… ¿Te vienes con nosotros?
―No puedo. Tengo que cuidar de mi abuela. Mi madre no se encuentra muy bien hoy ―contestó mintiendo el de la mirada perdida en el suelo.
Pocos minutos después, todos los chicos se habían marchado ya. El chico de la mirada perdida en el suelo empezó a caminar hacia su casa, algo menos de un par de cientos de metros desde la plazuela donde solía quedar con sus amigos. Al entrar en casa, saludó a su madre y le dió un beso en la frente a su abuela.
―¿Te caliento la cena en un momento? ―le preguntó su madre con una voz quebrada por el cansancio de un día duro que aún no había acabado.
―No tengo hambre ―contestó el chico dejando de mirar fijamente el suelo por primera vez en un buen rato y mirando su madre a la cara mientras intentaba sonreír forzosamente.
Luego entró en su habitación, puso algo de música a volumen muy bajo y pilló uno de los muchos libros que estaban en la estantería. Un libro titulado “Aprender a escribir ficción”. Se puso a estudiarlo como siempre hacía, es decir, como lo haría un buen estudiante para preparar un examen importante.
Tomaba muchos apuntes y subrayaba y volvía a leer en voz alta cada pasaje que le interesaba. Aquel libro era sencillamente su vale para salir de allí, para dejar aquel barrio. Era su única posibilidad y no iba a desperdiciarla por nada al mundo.

Publicado la semana 19. 10/05/2021
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