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Francesco Profilo

Lo que os habéis perdido (homenaje a Maradona)

El hombre más desafortunado que he conocido en toda mi vida fue seguramente un tal Ciro Esposito. Este señor, un humilde pescador de mi barrio, se murió a principios de la primavera de 1986, es decir, solo unas semanas antes que el Nápoles de Maradona ganase el primer campeonato de toda su historia. En más de noventa años de fútbol en Italia, nunca un equipo del sur había ganado la liga. Así que cuando eso pasó, decir que fue algo inolvidable es quedarse corto. Fue como cumplir el sueño de una vida para un millón de Napoletanos. Sin embargo, una de las anécdotas que recuerdo con más cariño de aquellos años es una historia que pasó al margen de los campos de juego. Un día de octubre del mismo año, le robaron el coche nada menos que al mismísimo Maradona. Bueno, uno de sus coches. En aquellos años, el Diego solía conducir un Ferrari F40 y un Testarossa negro, algo casi unico en aquella epoca ya que Ferrari solía producir exclusivamente automoviles de color rojo. Pero Maradona ademas de aquellas joyas del “made in Italy”, tenía tambien un coche bastante más barato y sencillo, un Peugot 206 Cabrio, de color azul. Un azul tal cual al de la camiseta del equipo de fútbol del Nápoles. Y lógicamente os lo cuento por qué fue justamente ese el coche que le robaron aquel día. 

 

Tengo que precisar, antes de seguir con esta historia, que yo por aquel entonces aún no era escritor, de hecho hacía exactamente lo opuesto a ser un artista y un amante de la cultura. Desde el principio de los años ochenta hasta el final de los noventa, trabajé para la familia criminal que reinaba en la ciudad de Nápoles. Yo era el clásico hijo de puta que roba, trafica y está dispuesto a hacer cualquier cosa ilegal para ganarse la vida sin tener que ir a trabajar. Exactamente por eso, menos de una hora después del hurto del coche del hombre más famoso de nuestra ciudad y probablemente de todo el país, mi jefe me llamó y me dijo: 

“Totó, tienes que encontrar este coche, me da igual quien lo haya robado, sal a la calle y tráemelo aquí antes de que anochezca”.

 

Ahora, en primer lugar, lo de mi jefe no era la petición de un simple favor, sino una orden. Pero más allá de eso, encontrar el coche del hombre que nos había hecho ganar una liga después de casi cien años, era para mi una misión que no se podía fallar en absoluto. Así que salí de casa, me monté en mi motocicleta, fui a recoger a mi primo Genny y empezamos a buscar en nuestro barrio, Forcella, justo al lado de la estación central de trenes. Lo primero fue dar una vuelta inspeccionando todos los peores bares y rincones de aquel barrio pobre y desangrado por la criminalidad organizada, para intentar sacar cuanta más información posible hablando con todas las personas que conocíamos que habían tenido alguna vez algo que ver con el antiguo arte de robar. Carteristas, atracadores, ladrones de apartamentos y hasta timadores del juego de las tres cartas. Nadie sabía nada. De repente, por pura casualidad, pasamos delante de la casa de una famosa mujer travesti, famosa en todo el barrio más que por su belleza y sus habilidades como meretriz, por el hecho de conocer los vicios, las pasiones y los delitos de todo el mundo. Así que se me ocurrió pasar a saludarla y preguntarle de paso si sabía algo del asunto. Ella tampoco sabía nada por supuesto, pero me contó enseguida quiénes eran los “perros sueltos” del barrio, osea chavales que no pertenecían a ningún grupo criminal, osea a ninguna familia del “sistema”, pero que en su tiempo libre se dedicaban a jugar a la malavida. Me indicó la calle donde vivían esos chicos y nos dirigimos allí con mi primo. 

 

La calle era más bien un callejón sin salida que terminaba en una especie de patio de edificios blancos de tres plantas con ropa colgada entre una ventana y la otra. El silencio del callejón era roto del sonido de una televisión que retransmitía el telediario y un niño llorando sin parar. Toqué la bocina de la moto y grité el nombre del que me habían dicho que era el tío más duro del grupo. El chaval se asomó por la ventana pocos segundos después y con un gesto coordinado con la mano y la cabeza, le hice entender que tenía que bajar a hablar conmigo. El tío no tenía más de dieciocho años y parecía bastante asustado. Y se fue asustando más cuando le dije a quien estaba representando yo allí. Pero no parecía saber mucho acerca de aquel robo. Lo único que me dijo fue que últimamente los que robaban coches de aquel estilo, y sobretodo, sin que le importara en que zona lo estaban haciendo, eran unos tíos de un barrio a las afueras de la ciudad. Le agradecí su tiempo al chaval con una mirada de complicidad por encima del hombro mientras ponía en marcha mi moto y salimos pitando con mi primo hacia el barrio de Scampia.

 

Cuando llegamos al largo bulevar que delimita el barrio, vimos el edificio que con los años se haría famoso en las películas y en la serie de televisión por todo el mundo. Más que unas velas, es así como le llaman en realidad a esos bloques, parecían unas enormes estanterías de oficina, tan grises como un lunes cuando odias tu vida y tan deprimentes como celdas para ratas de laboratorio. Dimos una vuelta alrededor del inmenso edificio y luego nos fuimos adentrando más por las entrañas del barrio, conocido ya entonces por ser el supermercado de droga más grande de Europa y la cuna de algunos criminales que pocos años después habrían tenido el placer y el honor de ser los jefes de esta  ciudad herida y castigada por la Camorra. De repente vimos un grupo de chicos sentados en unas motos, con pinta de saber todo lo que pasa por la zona. Nos acercamos mientras los chavales nos miraban fijo sin decir ni una palabra.

 

―Buenas tardes chicos, ―dije con voz autoritaria― vengo desde Forcella. Me gustaría hablar con…

Y dije el nombre y el apellido del que me habían dicho que era el tío que tenía la última palabra en aquella pandilla.  

Al final del grupo, sentado encima de una moto de enduro y con una chaqueta de piel negra, un chico me contestó:

―Soy yo. ¿Acaso se te ha perdido algo que has venido a buscarlo hasta aquí desde Forcella?

―A mi, no. Pero alguien me ha encargado buscar un Peugeot 206 Cabrio Azul y tengo buenas razones para pensar que vosotros sabeis donde puedo encontrarlo.

―Te has equivocado tío.

Su rostro se puso de repente más duro, como si intentara demostrarme algo, como si intentara expresar su valor y su experiencia callejera con aquel cambio repentino. Después de un silencio general de unos diez segundos añadió:

―Nosotros no tenemos nada que ver con eso.

 

Cuando acabó la frase noté que los rostros de algunos miembros de su grupo iban cambiando poco a poco. En aquellos años, simplemente nombrar el barrio de Forcella hacía que muchos se acordasen que a lo mejor justo el día anterior habían visto u oído algo sobre nuestra familia en las noticias. Me imagino que el recuerdo de los cuerpos agujereados tendidos en el suelo y las fotos de Maradona juntos con mi jefe tomándose una copa, hacía que la valentía de los chavales se fuera esfumando poco a poco para dar prioridad a las ganas de sobrevivir.

A esta altura yo estaba seguro que los tenía ya en el bolsillo y que ellos sabían sin ninguna duda donde estaba este bendito coche.

Miré a todos los chicos de la pandilla, unos seis o siete chavales, uno por uno a los ojos durante un rato que a mi me pareció unos segundos, pero que a ellos seguramente le pareció una eternidad.

Me dí la vuelta y retrocedí unos pasos hasta donde estaba mi primo sentado encima de mi motocicleta. Le dije que me apetecía un café y dejamos la moto allí, en el medio de la plaza, otro gesto que solo puede hacer alguien que tenga extrema confianza en que nadie va a tocar su vehículo aunque esté aparcado en el medio de un barrio como Scampia . 

 

Bebimos el café y le pregunté al dueño si podía usar su teléfono. Llamé a mi jefe y le expliqué la situación, imaginando cuál iba a ser su reacción inmediata. Luego le hice señas de acercarse a un camarero muy joven, de no más de unos doce o trece años, y le dije que necesitaba que saliera fuera a buscar una persona para mi. Pocos segundos después, vi entrar el cabecilla de la pandilla con la cual habíamos tenido el placer de charlar pocos minutos antes. El tío parecía sorprendido, tanto por recibir una llamada telefónica en el bar, como por el hecho que yo estaba sentado en un taburete situado justo al lado del teléfono. Cuando contestó a la llamada su expresión cambió radicalmente. La cara se le puso de repente mucho más pálida y la mirada se le apagó como alguien al que le acaban de comunicar un  luto en familia. No recuerdo que el tío haya dicho más palabras de un “¿quién es?” al principio y un “vale, lo he entendido perfectamente” al final de la conversación con mi jefe. Pero si recuerdo que en cuanto colgó el teléfono, me miró a los ojos intentando expresarme todo sus miedos, como si me estuviera pidiendo que le perdonara por haber hecho todo aquello. Luego añadió simplemente:

―Vuelvo en quince minutos.


Media hora después, yo me encontraba ya conduciendo el Peugeot 206 Cabrio azul de Maradona, desde las afueras hasta el centro de la ciudad, con mi primo que me seguía por detrás conduciendo mi motocicleta. Antes de llegar a Forcella, pasamos delante del cementerio municipal, donde después de la victoria del Nápoles en la liga que había acabado solo pocos meses antes, alguien había pintado en letras grandes y azules: “lo que os habéis perdido…” como mensaje para los difuntos que no habían podido celebrar aquella histórica hazaña futbolística. Pensé mucho al señor Ciro Esposito leyendo aquella frase. Pensé en él y en todos los que murieron en Nápoles antes de mayo de 1986, porque se habían perdido lo mejor que le había pasado a nuestra ciudad en muchísimos años.

Publicado la semana 5. 07/02/2021
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