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Freddy Auqui Calle

La ventana del alma

                                          I

Tan pronto como le vi en el escenario dije ¡este es el ser humano con los ojos más pequeños del mundo...! y sonreí. De inmediato tuve unas incontenibles ganas de regresar a casa y contarle mi nueva experiencia a Laura, mi esposa, pero tuve que esperar hasta que se acabara el evento, a eso de las nueve de la noche.

Sean ustedes los testigos, sus ojos eran algo así:     (   -    -   )     Parecían dos rayas de lápiz en mitad de su rostro redondo, minúsculas e imperceptibles, tan pequeñas que costaba imaginar que en esa pequeña cavidad cupieran unos ojos humanos. Debe estar emparentado con los chinos, pensé… pero sus apellidos indígenas botaron por tierra esa hipótesis.

Lo interesante de todo esto es que cuando lo vi, este señor leía un poema visionario, un poema que hablaba sobre los solsticios y equinoccios, sobre el tiempo, el espacio y las constelaciones, sobre el ethos del hombre andino.   Transcribo aquí lo que pude anotar:

                  …por callejuelas de barro,

                        donde la niebla forra

               y la gente camino va de sus trabajos,

                         en el amanecer de junio,

                           nace un goteo dorado,

                                    Inti Raymi.

Después de anotar aquello no le tomé mucha más atención al resto de sus poemas porque andaba ocupado en fijarme en sus ojos, en esas dos diminutas y curiosas líneas que rasgaban levemente su rostro redondo.

La moderadora del programa nos recordó que estábamos (nada más y nada menos) frente a Carlos Mishqui Chullumbu, el poeta mejor reconocido del país.

Leyó un último poema y todos le cubrimos de aplausos.

—¿Lo has visto antes? le pregunte a Cristina.

—Creo haberlo escuchado, pero visto nunca, me dijo.

Entonces ocupé el escenario yo… y finalmente Pedro Gill, un amigo poeta de la ciudad de Portoviejo.

Cuando todo acabo me despedí de Cristina en la puerta del auditorio y fui corriendo hasta la parada del trole-bus. Era tarde y se venía la lluvia.

                                                   II

En el trayecto he venido pensando en lo gracioso e interesante de aquel poeta. Por un momento he pensado que el origen de todo esto puede ser una enfermedad o de un accidente en el que, para salvarle sus ojos, los cirujanos se vieron obligados a reducirle la abertura de sus parpados, a comprimirle su campo visionario. Pero he descartado de inmediato aquel pensamiento al recordar que para leer sus poemas no había necesitado de ninguna ayuda, de una lupa gigante o de un par de lentes, por lo menos. Entonces he concluido que aquel misterioso poeta no sufre de ninguna dificultad visual, que sus ojos minimalistas son parte de su poesía… y con el tiempo se fueron modificando a su manera particular de ver el mundo:

Una escoba abandonada en el aire, un perro tomando sol en la plaza pública, un palillo de fósforo, un alfiler, una palabra, una piedra, una gota de sol; cada uno de estos diminutos objetos y mil otros parecidos, sobre los que el ojo naturalmente disminuye su tamaño, pueden, en cualquier momento ser el espejo, la analogía entre el objeto y el ojo del poeta, hasta que en un momento dado el poeta se convierte exactamente en el reflejo de lo que ve: su antítesis y su tesis a la vez.

Todo parece fuera de la realidad, un acto imaginativo o una burla, pero todo se vuelve creíble cuando llego a casa y le cuento mi nueva experiencia a Laura.

Laura me espera despierta, sentada en la cama debajo de las cobijas, ocupada desde hace meses en tejerme sacos, guantes y bufandas. Ni bien me abre la puerta le cuento lo sucedido. ¡He conocido al poeta con los ojos más pequeños del universo! le digo. Laura se ríe burlonamente. Quizá piensa que es el tema de mi próximo relato o un simple instante paranoico. Pero finalmente me cree, me da un beso. Laura da fe a todo lo que hago, incluso a las cosas más pequeñas e insignificantes de mi universo onírico… Me sirve una taza de café, me da otro beso y vuelve a la cama.

                                                  III

Ocupo una media hora en escribir mi experiencia diaria y me dispongo a descansar. Laura ha dejado de tejer y al parecer duerme.

Mientras me quito la ropa se me vienen a la memoria —una y otra vez— el rostro del extraño poeta, pero sobre todo el rostro de Cristina, la chica con la que comparto el Taller de cuentos en la Casa de la Cultura ecuatoriana.

¡Basta…! ¡Basta de minimalismos! Escucho una voz dentro de mí.

Cristina tiene los ojos más grandes que he visto en mi vida, dorados y aterradoramente luminosos.

Nunca he tenido la oportunidad de ver en directo a un puma (únicamente en la tele), pero me atrevo a decir que los ojos de Cristina son iguales o posiblemente más grandes y profundos. He leído que muchos pueblos precolombinos de América tenían como tótem a los pumas; que eran considerados animales míticos, que tenían la capacidad de hipnotizar a todo aquel que les mirara directamente a los ojos, que eran considerados Dioses.

Sospecho que aquello continúa siendo igual… ¡Cristina es un puma! Pienso… Entonces comprendo que estoy enamorado desquiciadamente de ella; de sus enormes ojos, de su andar felino.

Pero aquello no le cuento a Laura porque seguramente reaccionaria muy mal, y eso no me conviene ni de broma. Si lo descubre podría quedarme en la calle… por decir poco. Por ese motivo únicamente le cuento que he conocido a Carlos Mishqui Chullumbu, el poeta con los ojos más pequeños del universo, y de Cristina Puma no le digo nada. Mejor así. Hay tiempo para todo. Por ahora voy a intentar dormir. Me comienzan a molestar los lamentables ronquidos de Laura.

Publicado la semana 17. 27/04/2021
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