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LLH

Mi vida en casa

A ti, porque el sufrimiento
 es poder después
Mi vida en casa
Mi vida en casa se torna, por momentos que ya se han hecho largos y reiterativos, como la vida de un perrito en alta mar que mueve sus paticas desesperado intentando salir a flote. Mi vida en casa se torna, como la vida de la chica gorda frustrada por querer ser bailarina, como la vida del inválido que quiere brincar, saltar, bailar, pero le faltan las piernas. Mi vida en casa ¿Pero de qué vida hablo, si es que no tengo oxígeno entre estas paredes? El agua es turbia, la comida me provoca náuseas. Si es que hasta la luz se apaga cuando paso y entonces cabe preguntarme: ¿soy yo, o es la casa? Es esa vibra potente y negativa que me traspasa el alma y congela mis huesos. Es la ausencia de lo que nunca estuvo, es la nostalgia de lo que hubiese podido ser.
Entre él y yo, y la casa, creamos el compendio perfecto de lo absurdo. Siembra y luego deja las cosechas a merced de los parásitos que le carcomen el espíritu. Nunca se acerca. Está, pero no se escucha, no se ve, o simplemente se ha ido, o descubro despeñada que nunca estuvo, que no llegará, que estoy sola, nuevamente sola. ¿A quién le llama entonces despreocupada, inútil, a quién castiga con esa mirada dura, gélida? ¿A quién congela con la ira, el rencor? ¿A quién juzga por no apañar sus caprichos, su sosiego ante mis turbulencias? Pero, aun así, no le odio tanto como tal vez debería. Aun así, a veces siento ganas de abrazarlo, de colgarme a su cuello y decirle que podríamos lograrlo: que me quiera, que yo lo intente. 
Me descubro sorprendida, petrificada, con temor de mover un sólo párpado. No puedes hacer eso le digo no puedes pretender que nada pasa, que somos una familia feliz donde los besos y abrazos salen de las llaves como agua recorriendo tuberías, no puedes fingir que soy lo que hubieses querido. No me refutes si la sonrisa no me sale natural, aunque lo ansíe, aunque me sangren los labios por machucarlos con mis dientes ante la impotencia de no conseguirlo. 
Entonces llega la venganza. No es un plato que se coma frío, porque la venganza no se come, se caga. La venganza eres tú, soy yo, la venganza somos nosotros por destrozarnos, la venganza nos arropa en su regazo y nos da la teta amamantando el odio que ya se ha vuelto evidente. 
Pero no hablemos de venganza, hablemos de utopías, de anhelos de conseguir eso, eso que nos une fraternalmente, eso a lo que hemos renunciado derrotistas ante la espera de lo que no se escucha, porque me llamas despectivo por mi nombre y jamás te escucho decirme hija, porque me cuesta llamarte padre. 
¿Qué crees entonces?, es así como damos fin a los años de servicio, porque piensas que ser buen padre se resume a dar de comer y llenar los bolsillos, y me llamas mala hija por no retribuirte ante mi estómago lleno, dime tú ¿qué hago entonces con mi alma vacía?

 

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Publicado la semana 5. 07/02/2021
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