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Lucía Belvis

HABÍA UNA VEZ

Había una vez un hombre que no podía dormir.

Cada noche daba vueltas en su camastro y pensaba en morir. 

Nunca había experimentado lo que era soñar, volar por ese volátil cielo de bellas nubes que bailan con la luz.

Cada noche observaba el cielo nocturno y su mente lloraba por evadirse de ese extraño y febril mundo en el que estaba viviendo.

 

Había una vez una mujer que vivía encadenada a su móvil.

Esperaba siempre una llamada desesperanzadora, que anunciase su final.

Nunca estaba tranquila, ni siquiera cuando soñaba, momento en el que su teléfono se materializaba entre el humo y el misterio de la subconsciencia.

Esperaba siempre su final y nunca vivía el ahora, porque estaba demasiado asustada como para seguir adelante.

 

Había una vez un niño que se sentía solo.

Sus padres se lo daban todo a cambio de su eterno silencio.

Lo exhibían en los lugares públicos, para que todos pudiesen verlo, pero puertas adentro, deseaban no tenerlo.

Sus padres no le daban nada más que montañas de cieno.

 

Había una vez una niña a la que sus padres vendieron.

Con el pretexto de que eran pobres, vendieron su inocencia.

Cada noche buscaba escaparse y vivir la vida que merecía, pero sus piernas estaban cansadas, y su mente divagaba.

Con el pretexto de ser ricos, de ella se deshicieron.

 

Había una vez un adolescente que quería morir.

Su mente lo aterraba y buscaba descansar.

Pero seguía viviendo, por respeto a sus padres, que a pesar de amarlo, no podían entenderlo.

Su mente lo encerraba, pero él luchaba contra el miedo.

 

Había una vez una adolescente que se sentía sola.

Tenía muchos amigos debido al largo de su falda.

Todos la deseaban sin conocerla en realidad, sin saber que su corazón sentía y que solo quería amar.

Tenía muchos amigos que la cambiarían por cualquier otra.

 

Había una vez un anciano que echaba de menos a alguien.

Hace años lo perdió, se desvaneció en el aire.

Fue en la guerra cuando murió, entre el fuego cruzado, cuando las terribles armas su verdad contaron.

Hace años lo perdió y hoy lo extraña más que ayer, y menos que mañana.

 

Había una vez una anciana que estaba sola.

Ningún hombre o mujer la había amado.

A pesar de su sonrisa, nunca nadie la quiso, porque pensaban que estaba loca y prefirieron que se la comiese el olvido.

Ningún hombre o mujer quisieron conocerla.

 

Había una vez una deidad todopoderosa.

Tantas veces la llamaron que sorda se volvió.

Tomaba pastillas para aliviar la migraña, que tantos siglos de servidumbre a su mente provocaron.

Tantas veces la llamaron que el sentido perdieron los llantos.

 

Había una vez un mundo injusto e interesado, en el que solo el más fuerte sobrevivía con dolor.

Los ciudadanos de este eran ciegos, sordos y mudos, se preocupaban de lo suyo y no veían al que caminaba a su lado.

Juzgaban sin pensar que quizá estaban hiriendo, que quizá no sabían lo oculto tras un comportamiento determinado, que no todos los que sonríen son felices y que puedes hundir a alguien con solo una palabra.

Vivían despreocupados, deseando que llegase un mañana en el que todo fuese brillante, sin saber que la oscuridad siempre estaría junto a aquel que la provocaba.

Había una vez un mundo oscuro y loco, en los que todos eran enemigos, y buscaban guerrear.

Había una vez un mundo, que se caía a pedazos, en el que no solo las bombas, causaban la destrucción.

 

Publicado la semana 21. 24/05/2021
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Otros cuentos, sociedad
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