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Lucía Belvis

PASEO

            La chica sale de su casa, con sus ojos lejos de toda emoción o alegría.

            La acera está llena de charcos formados por los aires acondicionados.

            El aire de Julio pesaba y aplastaba el pecho de la joven.

            Entonces es cuando todo cambia.

            Un pequeño pájaro está frente a ella, convaleciente. Mira hacia el cielo, buscando el nido del que ha caído, pero en el fondo sabe que ya es tarde. Con tristeza, observa impotente como el pequeño animalito realiza su último vuelo hacia el cielo, y luego derrama una lágrima por él.

            Las flores caen a sus pies, ahogadas por el asfixiante aire. Sus tonos rojos y púrpura se apagan, transformando la luz en cieno.

            La chica se pregunta por qué la vida es tan frágil y efímera, por qué la muerte, a pesar de prometer el descanso, destroza aquello que toca.

            La terrible verdad de la ausencia de alma, el escape de la esencia es que todo acaba perdiendo su belleza antes de irse.

            El pétalo de una rosa dejará su pasión y se tornará sucio e impuro antes de caer.

            Un último suspiro saldrá de unos labios antes de que estos se sellen y la piel pierda su color.

            La chica se ve reflejada en un charco que es un poco más grande que los demás, e imagina como sería la muerte de su cuerpo. Sus ojos perderían todo su brillo, su piel se quedaría blanca y apergaminada. Sus labios se quedarían rígidos para toda la eternidad, amoratados y doloridos. Sus manos se tornarían garras y sus piernas hierros.

            Se toca la cara, sintiendo su suavidad y pensando si la piel de los muertos es también suave, o si, por el contrario, la parca la vuelve áspera y rugosa.

            El inclemente sol decide enviar otra de sus ardientes oleadas a la tierra, y nuestra joven la recibe de lleno.

            Hasta las estrellas mueren alguna vez.

            “Cuando te rodea la muerte, ¿cómo puedes ser feliz?”, se pregunta. Dirige sus pasos hacia la parada de metro, donde justo hay uno que está llegando. Piensa en tirarse, abandonar ese mundo moribundo y pasar a formar parte del infinito, pero algo la detiene.

            Un bebé la está mirando fijamente desde su carrito. Su madre le sonríe.

            —Dile hola a la chica, cariño.

            La madre saluda a nuestra muchacha mientras que su bebé se chupa su pequeña mano.

            La joven saluda al bebé, y él se ríe.

            — ¿Cuál es su nombre?

            —Se llama Cristina.

            La chica se acerca a Cristina y esta comienza a reírse aún más fuerte, extendiendo sus manos hacia nuestra protagonista, cuyos ojos han recuperado la ilusión y parte de su alegría perdida. La madre la mira con ternura y sabiduría.

            —La vida es preciosa, ¿verdad? Es maravilloso que esta chica, algún día se convertirá en una joven preciosa que conseguirá todo lo que se proponga.

            A nuestra joven le brillan los ojos.

            —Pero la vida es cruel, y le arrebatará muchas cosas.

            —Es cierto, pero la alegría se encuentra en las cosas más pequeñas. Una sonrisa o una nota de una canción. Incluso una sola palabra es suficiente.

            La madre sonríe una última vez y entra en la parada del metro.

            —Vuelves a decir que soy una chica y te mato.

            —Lo siento, querido, pero debíamos hacer el trabajo.

            — ¿Estará contenta?

            —Muy contenta, hemos conseguido evitar otra caída.

            Él ángel y el querubín toman el metro y se dirigen hacia Amate, para detener a otra persona de huir hacia el otro plano.

            En el cosmos, la entidad todopoderosa sonríe, mirando la esperanza renacida en los ojos de la chica.

Publicado la semana 31. 02/08/2021
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