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Lucía Belvis

EL ÁRBOL DE LIZ

Una vida como el tiempo y una conciencia inmortal son su mayor maldición.

            Tumbada en esa cama, con todas esas personas junto a ella, recuerda los ojos de la persona a la que más amó, pero cuyo nombre y facciones se fueron desdibujando hasta convertirse en una mancha en su memoria, dejando atrás solo el color verde de sus ojos.

            Se levanta para prepararse su usual té negro. Sus acompañantes despiertan y tratan de entretenerla, pero ella ya se ha aburrido de ellos. Silencio en su casa.

            Decide salir. Se pone su gabardina y dice adiós a su ático.

            La calle sigue siendo la misma, pero su mente recuerda tantas versiones de ella que ningún pequeño cambio se le pasan por alto. Ninguna nueva grieta o nido se le escapan. Con los siglos uno aprende a prestar atención a los detalles y matices para intentar evitar la locura. Un paso más, una vuelta más a la misma manzana que tantas veces la ha visto pasar a través del tiempo.

            Pero hoy hay algo extremadamente diferente, onírico. Verde contra ámbar. Unos ojos tan antiguos como los suyos se posan sobre ella.

            Una media sonrisa se construye en su casi pétreo rostro, tratando de recordar el nombre que tantas veces se ha escapado de su mente.

            —Olvidé tu nombre—. Dice nuestra protagonista.

            —Yo también el tuyo—. Contesta la mujer frente a ella.

            Dos amantes que se reencuentran a través del tiempo y el espacio. Pero ¿por qué? La mujer recordaba vívidamente como el verde se había tornado ceniza por culpa de la caída de las manecillas del reloj. ¿Qué había pasado? ¿Quién se la estaba jugando?

            —Moriste. Es lo último que recuerdo.

            —Yo lo recuerdo diferente. Tú fuiste la que falleció.

            Ambas están atónitas. Ninguna de las dos está muerta, pero las dos recuerdan vívidamente como la otra se redujo a polvo y sirvió de alimento a alguna flor o árbol. Un misterio que ninguna de las dos tiene ganas de resolver en estos instantes.

            —Ahora me llaman Liz.

            —A mí Helena.

            Se sonríen y se abrazan. Contentas de encontrar algo estable en la eternidad cambiante. Poco les importa estar malditas. Poco les importan las miradas de todos a su alrededor. Negro contra oro, sus cabellos vuelan juntos por el cielo.

            Liz la conduce hacia su ático, necesitan ponerse al día, saber de qué forma ha evolucionado el alma de la otra.

            —Helena… es un nombre hermoso.

            —A mí también me gusta tu elección. Liz… tiene mucha belleza.

            Ambas toman un sorbo de su taza de té. Sus ojos se encuentran una vez más a través del aromático vapor. Se sonríen, una con picardía, la otra con timidez.

            —Te perdí. No he dejado de pensar en ti todos estos siglos—. Confiesa Liz.

            Helena se sonroja. Sonríe y sus ojos se convierten en una rendija, un resquicio de la felicidad del infinito.

            —Con el tiempo olvidé tu rostro, pero seguía escuchando tu voz, Liz. Veía los campos de trigo, sentía el calor de tu mano contra la mía y tu canto me guiaba.

            Helena brilla con un tono rosado, que da a sus antiguas mejillas un adorable tono parecido al de la flor de cerezo. Memorias de un tiempo olvidado vuelven a la mente de Liz, que comienza a recordar las noches que pasó abrazada a ella, escondida de todo y todos. Los besos que se dedicaron en lo más profundo de la maleza, los bailes alocados a la luz de las estrellas.

            —Yo nunca pude desprenderme del recuerdo de tus ojos. Y recordaba la dulce presión de tu cabeza contra mi pecho.

            Liz toma la mano de su amada y la besa tiernamente, disfrutando del familiar tacto y olor.

            Esa noche la luna se torna rosa y aparta sus ojos de la tierra, dando intimidad a las dos chicas. El sol las besa al amanecer, convirtiendo en diamante sus pieles abrazadas por el rocío y la brisa. Sonrisas en la cocina, té con pétalos de rosa, abrazos con olor a café y a página antigua.

            Pero alguien está decidido a separarlas. La anciana bruja observa a las dos amantes y se maldice por haber sido tan descuidada, por no haber sido capaz de borrar por completo la mente de las jóvenes. Cuando las maldijo no pensó en que podrían volver a encontrarse, en que un pedazo de la otra nunca abandonaría los pensamientos de la otra. Lo que ella buscaba era que vagasen eternamente, siempre solas, sintiendo que habían perdido algo, pero sin nunca encontrarlo. Sufriendo para siempre por sus pecados.

            Se cuela en el ático con sus malas artes y, asqueada, se queda observándolas a los pies de la cama. Dos mujeres entrelazadas, menuda aberración. Que vergüenza, que sin razón.

            — ¡Oiga! ¿Quién es usted? ¿Qué hace en mi piso?

            — ¿Cómo lo habéis hecho? ¿Cómo os habéis reencontrado?

            — ¿Disculpe? ¿Qué quiere?

            Helena sigue durmiendo plácidamente, nada puede despertarla cuando está en el mundo onírico de la subconsciencia.

            —Quiero que os separéis, que paguéis por lo que habéis hecho.

            — ¿Por lo que hemos hecho?

            Helena sonríe y se pega más a Liz.

            —Es repugnante.

            De repente, Liz recuerda.

            —Abuela…

            Todos en el pueblo sabían que su abuela era una poderosa bruja que había tomado sus poderes de una importante entidad, aunque nadie sabía si ese ser superior era celestial o infernal. Siempre la odió por amar a Helena y no ser capaz de encontrar a un “buen” hombre con el que casarse y formar una familia. Todo cobra sentido ahora.

            —Tú… ¡tú nos separaste!

            La mujer junta sus manos y empieza a salmodiar, su boca escupe palabras incomprensibles y horribles que suenan a dolor y sufrimiento.

            Liz ya no puede hablar, sus labios están pegados, y sus manos se están tornando del tono de la madera.

            El terror renace en su alma mientras que Helena abre sus verdes ojos.

            —¡Liz!

            Ella intenta indicarle que huya, que se ponga a salvo, pero ya es tarde. Helena está comenzando a transformarse en madera también. Cuando por fin entiende lo que esta pasando, decide darle un último beso a su amada. Desea que acaben fundidas juntas en el mayor gesto de amor, que la eternidad las recuerde como la demostración más pura de amor. Y así, abandonadas a un último y dulce beso, la madera las recubre a ambas y flores y hojas comienzan a cubrir sus cuerpos, creando el árbol más hermoso que jamás ha existido. La bruja está satisfecha, las dos chicas están muertas y nunca podrán volver a encontrarse, ni siquiera en el cielo, ya que ahora, sus almas viven en la madera y la savia, por la que corren, eternamente, ansiando poder abrazarse de nuevo.

            El árbol empieza a crecer más y más, hasta que destroza todas las paredes del edificio, que se transforma al instante en escombros, en polvo. La ira y la desesperación de las dos chicas se puede ver entre las marcas de la madera del árbol, y las flores nunca desprenderán olor hasta que no puedan volver a encontrarse.

            Una vez que su obra está hecha, la bruja decide abandonarse a la eternidad, desaparecer de la faz de la tierra y olvidar el mal que ha hecho, dejando atrás el monumento a la ignorancia más hermoso y horrible del mundo.

            ¿Quién salvará a esas almas cautivas? ¿Quién liberará a las dos amantes? ¿Qué ser piadoso verá más allá de lo que todos creen ver? ¿Quién devolverá a las estrellas aquello que siempre fue precioso y brillante? Nadie lo sabe. Nadie lo ve.

Publicado la semana 34. 25/08/2021
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