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Manuel Avilés

Augurios sobre una diminuta banca de madera

¿Y qué? Se preguntarían los maestros de la cuestión.

 

Cuando la juventud, tres metros lineales de madera se utilizaron con ingenio para ser cortados, tallados y adheridos en un pequeño artefacto para depositar el trasero. Con sujeta omisión del barniz, alguien lo vio y, bajo una negociación sin regateo, partió de un pueblo maderero popular a las manos de una mujer que salía, emocionalmente, de un trágico matrimonio disfuncional.

Antes de saber que los objetos y las personas confabulan en un estrecho vínculo mental que deteriora las almas, la mujer regresó con su antiguo marido y ha de saber que llegará hasta los 75, vieja, infeliz y arrepentida. Por su lado, la banca de madera se quedó dormitando momentáneamente en el patio húmedo de un departamento que jamás volverá a ser digno de alquiler.

No hay destino más cruel que no ser invitado del majestuoso festín de la perpetuidad. Mohosa, una pequeña banca de madera fue desechada a la ciudad de bancas de madera desechadas. Ahí, sin prórroga a lo inevitable; joven, alerta, estaba lista para formar parte del destino del fuego; ora para alimentar el horno de un pastelero alcohólico, ora para calentar adolescentes en una noche de campamento rural. Pero no es el destino ni los caminos del Diablo. Cynthia y Ricardo, una pareja de recién casados la rescató de la muerte en una fría tarde de Noviembre.

La felicidad puede ser un trozo de tinta que mora en una hoja totalmente en blanco. Durante 4 meses, 3 días y 14 horas la pequeña banca de madera restauró, gracias al tacto de sus dueños enamorados, una complaciente sonrisa en cada cavidad que sólo los poetas o dementes pueden imaginar. De comedor pasó a sala, porta calzado, testigo físico de pasiones, sostén de Margaritas, refugio de llantos, cobijo de reconciliaciones… la banca se convirtió en amor en estado constante de fusión.

El día que asesinaron a Ricardo, los hombres de la capucha notaron que la casa del asalto no era la correcta, ya era demasiado tarde. Llevaron consigo un pequeño fajo de billetes, dos anillos de matrimonio y una sofisticada banca de madera que les llamo la atención. A cambio, dejaron el cuerpo tendido de un hombre con una bala en el pecho y a una viuda desconsolada tomándole por última vez de la mano.

Y he ahí la pobre banca despojada de los caminos del cielo, con las patas semidestruídas y un respaldo que se baña de recuerdos y buenos momentos. El delito no sabe de carpintería y por ende, no vale la pena hablar más de eso. Opaca, cual hojalata, la banca diminuta fue a parar a un pequeño dormitorio para universitarios, fungiendo como perchero de abrigos,  libros de gestión empresarial y decenares de sueños rotos. Confabuló con el medio: la sazón de las borracheras, el infortunio de los amores tibios y el canto desafinado de la urbanidad exterior. No obstante, ¿debe una banca actuar como hombre cuando el hombre no es ni el respaldo de su propia especie?  Tampoco vale la pena hablar más de eso.

Hoy, justo hoy, envejeciendo por los achaques del tiempo y la nula voluntad del ajeno, le regala su soporte a un par de fumadores pensantes que hablan del amor, de los muertos y las peleas. Se queda callada cuando las acciones de dichos individuos transforman el humo en verbo, y el verbo en beso, porque si algo vale la pena es callar cuando ya se dijo mucho, y amar cuando más hace falta.

Con los anteojos más hermosos, sobre los ojos más hermosos, ella puede mirar su rostro, nunca ha sido mujer de palabras y él lo sabe. Con el cigarrillo a punto de consumirse, él la escucha hablar del pasado y del futuro, el presente es un trago de miel diluida en limonada. ¡Dejen de hablar! Es una súplica. La banca diminuta es testigo, siempre lo será. La banca diminuta en que se postran ahora es el pedazo de tiempo que el tiempo guardará para sí. Te quiero.

Publicado la semana 28. 12/07/2021
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