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Manuel Avilés

Pequeño relato con un desenlace feliz

Alegóricos, ambos se recostaron en la cama de sus amplios aposentos. Aunque el invierno era crudo y manifestaba la personalidad carcomida del exterior irrelevante, algo había en ellos que les fungía como complemento termodinámico. Parecía que nada podía inhibirles del extremo, pero agradable calor que percibían siempre que estaban juntos.

Antes de cerrar los ojos, besaron sus labios. Los dos pares de pies completamente desnudos se entrecruzaron y fusionaron sus extremidades superiores para dormitar en un abrazo perpetuo.

En el sueño profundo, él la veía desplazarse con una cometa que llegaba hasta las nubes. En congenio paralelo, ella lo veía flotar sobre una infinita laguna amarilla. Luego, el granizo se estrelló contra la ventana.

A media madrugada, la cometa, antes incolora, se hizo de tonos verdosos, apenas rozó con el agua. Las nubes clarificaron sus formaciones densas y dejaron pasar el sol por la ventana de sus entrañas. En la inconsciencia, ella recordó el millón de circunstancias cronológicas que le evocaron conocerlo. En la consciencia, él borró el recuerdo del millar de situaciones por las que, vacío de soledad, la conoció.

Lejos de la laguna amarilla, y con una par de cometas sostenidas individualmente, abordaron al límite de una montaña rocosa: ¡Ahí percibieron tanto!: la orgía vomitiva de la realidad; los estúpidos vehículos conducidos por sujetos invisibles; las canciones no afanosas; al hijo del supremo lanzando su caña al horizonte y cocinando sopa de gato…después, luego del tiempo,  a una cometa azulgrana gozando de su viaje hacia el espacio, dejando una mano vacía.

Uno de los dos, no sé quién, hiló la cuerda hábilmente, e hizo aparecer un globo aerostático con capacidad para 130 kilos: ¡La perfección!

Recorriendo vejestorios continentes, casi en el clímax de su viaje con disturbio, un individuo canoso se introdujo en el sueño. Le pareció concreto derrocar aeronaves no propulsadas, y escupió para arriba. El globo desinflado pereció.

El sujeto de las canas se aleja y el flotador de lagunas llora, llora por ella: “No desesperes, mi amor, que los sueños, sueños son.”

Soltando su mano, de la tierra surge instrumentaría oportuna para la guerra. Vestido con uniforme militar, encañonado hasta los huesos y con la mirada agresiva que fomenta a la violencia de los hombres violentos, él ha de pensar en el hito de la venganza, en la incertidumbre del camino prófugo.

Él reta al hijo del creador y le hace devorar, a punta de plomo, la detestable sopa que aún aloja sucias bolas de pelo; se  convierte en imitador de boleros e inventa una melodía remachada de idolatras; coge un vehículo lleno de blanco para pasar en sintonía de camuflaje con cualquier ser invisible no creado para conducir; después extiende la bilis de su propio dolor, cuando hecho, no hay síntoma de recuperación. Se sintió real.

Y todo acontece. Ante su paso constante, el granizo vuelve a tocar la ventana, mas ahora, totalmente sutil. Una sola cometa multicolor sale por su boca, casi destrozando sus dientes. Las cometas saben hablar. Las cometas traen dentro de sí al recuerdo, pero más que al recuerdo, al amor. La milicia también salió por su boca, pero destrozando un par de dientes.

Ambos han despertado, la intranquilidad incuba un toque de fe y ninguno de los dos tiene los ojos cerrados; siguen en abrazo, vuelven a besarse, se hacen suyos con la mirada, sólo con la mirada. Se han aprendido, incluso donde no existe convicción. Luego de ello, se quedan dormidos, sostenidos de la mano, ahora sí perpetuos, aún con fuego en sus almas, ahora sí en un sueño eterno, porque existe eternidad incluso en lo que aparentemente se muere.

Publicado la semana 35. 31/08/2021
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