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Manuel Avilés

La lectura de tu diario

He muerto y he resucitado, dirían los individuos de “Los Secretos”. Apenas entendí el mensaje. No el de la banda española, el mensaje que dejaste implícito en la hoja 56 del cuaderno que me regalaste un día. Según recuerdo, no dejé de poner el mítico poema de Drexler que un Oscar trajo consigo, por eso mandaste imprimir tal titular en la primera página: “Clavo mi remo en el agua, llevo tu remo en el mío. Creo que he visto una luz al otro lado del río”. Aquí lo irónico es que contaba la paginación del presente, cuando encontré otro texto redactado en tinta azul, el mismo que usaban las niñas de la secundaria para las portadas en la clase de biología. No tiene título, no tiene fecha, no tiene incluso una caligrafía definida, pues entre Bromello y Comic Sans M5, y con el foco incrustado justo a medio techo de la habitación, el beneficio emigra al detalle de la lectura con pausa.

Dudo que el amor sea tonto, como dije hace 35 semanas, y dudo aún más que el amor no quepa de manera debida en los sentimientos humanos, en los pensamientos humanos. Lo que no dudo, y si lo hago sabrás que estoy ebrio, es que la pureza de los descuidos, incluso de los descuidos detallados, valen más aunque se logren con grafito.

¿Por qué el primero, el de la página 56 se puede borrar con una goma de migajón? ¿Por qué el segundo, el de la hoja doblada, sin título y sin fecha no tiene más remedio que el camino del fuego? Sencillo. No hay parámetro para nuestro futuro real, seguro, firme. Existe la voluntad para volver cambiante la parte superior derecha de un cuadernillo de 16 x 21.5 cm. más aún, voluntad y valor para no cambiarla.

Es normal cuestionarse cómo es que la coincidencia suscita. Para mí, por ejemplo, es curioso determinar las razones por las que una primera vez acontece en el interior de un iglú ardiente. O por qué el protocolo romántico de la rosa y el chocolate se ve frustrado por el vómito asqueroso en un baño de vecindad universitaria. Me retribuyo y me discuerdo a la vez. Por un lado, hay evidencia de que en ti no mora el protocolo; por el otro, todavía muestro un sentido púdico que me hace llorar de vergüenza cuando no me miras a los ojos. Página 6.

Luego vino la típica técnica de atraparse mutuamente. Sé que eres franca con el cuarto párrafo de una sola línea, las personas se toman tanto del cuello, como del alma. En lo memorial, te ofrendo garantía de no haber tenido intención al principio, pues todavía, después del principio, de la prórroga de la habitación con el foco a medio techo, los incentivos se dejaron venir directos a la memoria. Ahí moró el vicio, el filme, y poco después tu alergia dérmica a los paseos en bicicleta. Finalmente, soy más de cama que de algarrobos.

El 11, sujeto a interpretaciones paginadas, temporales, futbolísticas, se resume en un momento que se queda en la planeación eufórica de la Indio 1.2 Litros. Ese parque siempre ha generado en mí un impacto mediático. La fuente no tiene agua, los árboles no tienen sombra, los columpios no tienen niños meciéndose. Pero no hay tiempo para notar bobos aconteceres cuando hay una banca ocupada por dos, igual que la banca de los augurios. De hecho, me perdí tres meses, no sé si para bien o mal, me perdí y no me arrepiento.

Y así, después de frases alebrestadas que no saben si mantenerse en el papel abundante o en el calendario limitado, oportunaste la llegada poética del ser paciente (o el circunstancial) pero te devolviste. Claro está, no importa si lo leí ayer o antier, o anteantier o pasados un millón de años; los encargados de la entrevista laboral tienen correos electrónicos que no se pueden escribir, sólo acaso cuando se nos da por preguntar.

Convertiste mi libreta, mi regalo, mi vacío hueco, en tu diario personal, y créelo: saberte es el obsequio más franco que he recibido en mi vida, quizá tanto como la primera vez que te descubrí en mi ser.

Publicado la semana 42. 18/10/2021
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J.V.H.
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