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Miguel Angel

La muerte de Atilano

Decoroso se despertó con dolor de cuello y una necesidad incontenible de ir al baño. Al abrir los ojos la estampa de su amigo muerto lo sorprendió en cierto modo. Ya no se acordaba de él. Se comportó como si estuviera solo o como si Atilano todavía permaneciera con vida. Le pidió absurdamente disculpas y desapareció todo lo rápido que sus cansadas piernas le permitieron.

Sentado en la taza fue rememorando retazos del día anterior y consiguió a duras penas componer un esbozo satisfactorio. Que Atilano permanecía muerto en el salón constituía una verdad incontestable. Qué le pudo ocasionar el fallecimiento no le preocupaba. A su edad, ochenta y seis, cualquier contratiempo pudo resultarle fatal. Probablemente murió de pena, cansado quizás, pero sobre todo de tristeza. Lo único que lo mantuvo vivo desde que Críspula apareció en escena y le entregó las dichosas cartas fue él. Se tenían el uno al otro y se complacían en la compañía mutua. Seguro que le supo mal fallecer y dejarlo abandonado en el mundo, en ese pueblo. Pero se marchó con estilo propio y en su opinión, de manera digna.

Se arrepiente una y mil veces de haberse dejado convencer por Críspula. Esta, con pocos meses en su horizonte debido a un cáncer galopante, lo instó para que le facilitara un encuentro con Atilano. La petición no guardaba sentido alguno. El fondo, lo sustancial de la entrevista, lo constituía la existencia de unas cartas que Atilano de adolescente envió a su amada Críspula. Esta, perdidamente enamorada de él, jamás reunió el valor suficiente para corresponderle y siete décadas después aparece con un fardo de correspondencia polvorienta a despertar fantasmas, angustias y problemas sin solución. Que obró de buena fe, nadie lo cuestiona. Pretendía que Atilano supiera que siempre lo llevó en su corazón. Nada hay más bonito que eso, desde luego que no. Pero Atilano no asimiló con naturalidad la desaparición de Críspula. Se vino abajo y no fue capaz de remontar. Decoroso sufría lo mismo o más que él y diríase que una simbiosis trágica los llevara de la mano.

Tras varias semanas sin verle el pelo, de conformarse con  asépticas y escuetas conversaciones telefónicas, Atilano decidió salir de su madriguera. ¿Por qué? Obviamente por no entristecer más a Decoroso. Tan sólo perseguía ese fin. «Decoroso no se merece sufrir», reflexionó.

Cuando lo vio aparecer de improviso por su casa con porte elegante, vistiendo con personalidad sus mejores prendas, Decoroso, aunque lo intentó disimular, tembló de miedo. Supo que ese sería el último día para su inseparable camarada. No intentó contradecirle en nada y aceptó su descabellado ofrecimiento de ir a comer a las seis de la tarde; que luego se convirtió en cena y más tarde en merienda. Saboreó su compañía más que todo lo que ingirieron, que sin duda alguna elevó los niveles permitidos y las alarmas médicas. Atilano se comportó como siempre: cordial en su trato, deferente en sus diatribas, respetuoso en su turno de réplica y socarrón cuando las circunstancias así lo requerían.

Tras el ágape, Decoroso ofreció su casa para tomar un digestivo. Apoltronados en sendos sillones, con la reconfortante compañía de un costosísimo y delicado coñac añejo, de la pipa de Atilano, del Cohiba de Decoroso, del olor a leña y del calor que de su quema se beneficiaban, fue feliz hasta su último aliento. Consciente de que Decoroso se temía lo peor, no le pasó desapercibido su canguelo y vio su último aliento reflejado en los ojos de su alma gemela; como el vaho exhalado para limpiar unas gafas. Intentó restar importancia a ese hecho coyuntural y se propuso disfrutar hasta el último segundo que le quedara.

Atilano no se lo preguntó, pero Decoroso se vio en la obligación de confesarle lo qué le regaló Críspula. El día de la entrevista, Críspula entregó a Atilano el paquetito con las cartas y a Decoroso, quizás por cortesía y para que quedara equilibrada la balanza, un presente primorosamente envuelto. «Unos guantes» soltó Decoroso sin venir a cuento. «Lo que me regaló fueron unos guantes de cuero». Decoroso creyó necesaria la observación.

En aquellos remotos años adolescentes, Decoroso, en secreto, amaba locamente a Críspula. En la pubertad las hormonas obran a su voluntad sin responder a razonamientos cerebrales; los comportamientos son tan alejados de lo que la lógica marca que en ocasiones uno se pregunta si los adolescentes sufren de algún tipo de perturbación mental. Conocedor de los sentimientos de su compañero, jamás osó interponerse entre ellos, a pesar de que observaba que ella no le hacía ningún caso. Aun así, jamás se le aproximó ni explicitó proceder ambiguo que la pusiera en evidencia. Pero el pobre se conducía tan patoso que hasta el mismísimo Atilano se daba cuenta de lo que pasaba. Desde ese remoto punto de la historia, jamás cruzaron palabra acerca del asunto.

Decoroso, tras informarle del regalo de Críspula, juzgó apropiado revelarle que estuvo enamorado de ella, pero que jamás se lo dijo. Atilano le respondió que ya lo sabía. Decoroso se sorprendió y Atilano le aclaró que en asuntos de misterio y sigilo se desenvolvía con torpeza y falta de tacto. Jamás hubiera sido un buen espía. Ambos se rieron en franca armonía.

 

Se limpió, se subió el pantalón, tiró de la cadena y se dirigió al salón. Consideró el momento oportuno para dar aviso del óbito. Sin saber  cómo proceder de un modo correcto, llamó al ayuntamiento y dio parte de lo sucedido. Le aseguraron que lo más rápido posible acudiría el juez y una ambulancia.

Decoroso no les contó la verdad. Hubiera resultado extraño confesarles que había pasado la noche al lado de un muerto. Tan sólo les aclaró lo mínimo imprescindible. Que en mitad de una conversación, de repente, perdió el conocimiento. No le formularon pregunta alguna. Se creyeron lo que se quisieron creer, que fue lo que Decoroso declaró.

 

La ausencia de Atilano supuso un enorme agujero en su vida. Un abismo difícil de sortear. Sin nadie con quien hablar, sin nada que hacer, los días se le hacían interminables. No así las noches, que debido a las pocas horas de sueño representaban una anécdota fugaz. Recibió visitas de la Asistencia Social para establecer una adecuada ayuda. Decoroso, ante el asombro de los profesionales, declinó cualquier ofrecimiento. Ellos insistían en que un poco de compañía, aunque solo fuera un rato por la mañana o por la tarde, le haría mucho bien. Decoroso se lo agradeció de corazón pero les confesó que prefería la soledad. Comprobando su excelente estado de salud, su perfecto funcionamiento mental y sus recursos económicos más que holgados, no insistieron más y aceptaron a regañadientes la decisión del anciano; errónea en su opinión.

Decoroso no se veía hablando con unos mozalbetes o mozalbetas de temas que a ellos les importaban menos que un pimiento y él, para que mentir, no estaba dispuesto a entrar en una dinámica falsa de compañía artificial.

Conociendo la estrecha relación que lo unía con el difunto y careciendo este de herencia y descendencia, le permitieron que se quedara con cuantas pertenencias deseara. Como disponía de llaves para entrar y salir a su antojo (Atilano también contaba con un juego de Decoroso) accedió al piso, a ese sarcófago de asfixia. Un nudo en el estómago lo atenazó recién franqueada la puerta. Se percató al instante del error cometido al ir allí. Tan solo efectuó un barrido superficial con la vista, sin abrir ni armarios ni cajones. Encontró las cartas que Críspula le entregó en la mesilla, al lado de un libro de Valle-Inclán. Tomó el libro y las cartas y los introdujo en sendos bolsillos de su abrigo. En el sofá se encontraban desperdigadas unas cuantas fotos que parecía que hubieran escapado de una caja metálica abierta, repleta de imágenes desordenadas, la mayoría en blanco y negro. Se sentó y las curioseó sin mucho interés. Una gran parte pertenecían a épocas diferentes de un pasado ya remoto; pocas descubrió que fueran recientes. Decoroso recordaba alguna, pero otras jamás las había visto. Atilano, entonces caía, jamás le enseño esa caja. Nunca. ¿Por qué? Quién sabe, sus razones tendría, pero por lo que veía, ninguna de ellas mostraba situaciones vergonzosas ni siquiera embarazosas. Decidió meterlas todas dentro y llevársela a casa.

 

Al día siguiente, sentado en su sillón favorito con la caja de fotos en su regazo, se dedicó a mirar una por una con detenimiento. Hizo dos montones, las que guardaría y las que tiraría sin compasión. Tras una larga media hora seleccionó una con su mano derecha. En ella figuraban ambos, sin posar, sentados en la misma mesa de ese salón. Fue en su último cumpleaños, tomada el mismo día que citó a Atilano y a Críspula. La debió de sacar ella con el móvil. ¿En qué momento? Lo desconocía. Pero lo sustancial es que Atilano conservaba una copia y él ninguna. ¿Por qué no se la ofreció? Quizás por dar un toque de exclusividad a lo que ahí se reflejaba. Quizás porque no se le ocurriera. Quizás porque sospechaba que al final la encontraría. No podía resolver el enigma, ni lo pretendía. Atilano la atesoraba con celo en esa caja mágica donde descansaban recuerdos y gente querida. Y él estaba entre ellos, eso le bastaba.

Se levantó, dejó la foto sobre la mesita auxiliar y tiró las cartas y el resto de fotos al fuego. Se sentó de nuevo, colocó el libro de Valle-Inclán entre sus piernas y la foto encima. Reclinó la cabeza y cerró los ojos.

Le daba igual despertar que no despertar. Como final, era el mejor con que jamás pudo soñar.

FIN

Publicado la semana 12. 25/03/2021
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Indumentarias masculinas formales, por lo común oscuras, no rigurosamente protocolarias
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