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Miguel Angel

Enzo (Cap. 2)

Enzo es un hombre que frisa la sesentena. De aspecto desaliñado y sucio, de carácter abierto y con propensión al alcohol, Enzo se dedica a la ganadería.

En el valle, la mitad del censo trabaja en el hotel y los mayores siguen conservando las tradiciones locales que no son más que el ganado y las tierras. En la demarcación, el que una huerta dé los frutos deseados es algo complicado por la altitud. Lo que la Madre Naturaleza ofrece y de sobras, son abundantes pastos que hacen las delicias de las numerosas reses que pacen por las laderas. No es preciso andar mucho ni alejarse demasiado para toparse con vacas de colores variopintos, que primero miran desafiantes, pero que a los pocos segundos se vuelven a concentrar en su rumiaje y en sus defecaciones.

Enzo es el propietario de una treintena de cabezas. Su “actividad laboral” le permite disponer de muchas horas libres (todas). Su oficio requiere dar una vuelta de vez en cuando para controlar que a ningún animalito le haya ocurrido nada. En épocas de estío, si las lluvias no son favorables, el ganado baja en busca de agua a los arroyos o a los abrevaderos construidos para tales fines. También lo hacen en invierno debido a la falta de forraje. En esas circunstancias, Enzo las conduce a unos cobertizos  donde las alimentará durante los meses más fríos. En marzo, hay años que antes, ya puede soltarlas. No hace falta reconducirlas,  ellas solas encuentran el camino de vuelta a su hábitat natural, en donde volverán a campar a sus anchas.

A los turistas les llama mucho la atención descubrirlas a dos mil metros de altura, apoyadas en apariencia de manera precaria sobre sus cuatro patas en una ladera de desnivel peligroso. Piensan, no sin falta de razón, que si ellos con sus ochenta kilos se las habían visto y deseado para llegar a dónde habían llegado, cómo diantres conseguían las vacas llegar ahí con sus miles de kilos.

Y cualquiera de esos turistas que viera a Enzo cavilaría lo mismo. Enzo, sin estar gordo, es un tipo fondón. Exhibe una barriga que indica lo mucho que le gusta comer y beber. Pero cuando hay que subir a buscar a una vaca descarriada, se mueve con la soltura que conservara de su juventud.

La vida de Enzo no es muy diferente a la de otros solterones de cualquier zona geográfica. Vive en casa de su tía, también soltera. La casa es de la familia. Allí se han criado todos. Padres, madres, hijos, hijas, tíos, tías, primos y primas, nietos y abuelos. Sobreviven ellos dos. La tía, cuya edad rondará los setenta y cinco años, se llama Felisa. La relación entre ambos es cordial pero distante. Los une un vínculo más animal que humano. Me explicaré. Se congratulan  de tenerse el uno al otro, de saber que, sobre todo al anochecer, alguien va a estar para compartir la cena, para hablar de lo de siempre, para no caer en el vacío del aislamiento.

Enzo procura el dinero para el sustento y Felisa se preocupa de todo lo demás. Tan solo cuenta con su sobrino para adquirir lo necesario para ir tirando; alimentos que no producen la tierra y el ganado y enseres para la casa. Saín, el lugar más cercano que cuenta con tiendas, supermercados, talleres, bares y entidades bancarias, es la capital del valle. Sin tener la certeza del dato, me atrevo a aventurar que su población no superará los dos mil habitantes.

Bajar a Saín con su tía supone demorar la procesión (porque no es más que eso, una procesión) en exceso. A su tía Felisa, que no sale nunca de Bontur, le gusta tomárselo con calma, pasear por las calles, hablar con unos y con otros, y tomarse un cortadito en el bar más legendario del pueblo, el Bar Chesa. Conoce a la familia desde niña y siempre pregunta por la abuela, que hasta que se muera permanecerá entre fogones en la cocina, detrás de la barra. A Enzo se le hace la mañana eterna. Sin  nada mejor que hacer, vence la tentación de tomarse algún vino para  evadirse; no le gusta beber delante de Felisa. Ella no ignora que se presenta borracho a cenar todas las noches del año. Enzo bebe en el monte, en la fonda de Joaquín y en el hotel. Si baja solo a Sain a efectuar compras, se pone tibio. Nunca ha tenido un accidente con el cuatro por cuatro Land Rover del año catapún gracias a que se conoce las carreteras de memoria. Conoce cada curva, cada guijarro de  grava en el asfalto y cada cristalito de hielo en los tramos pacinos. La inclinación de Enzo por la bebida no es desconocida por nadie en la redolada.

Si han visto alguna de las películas de la saga Torrente, que el irreverente Santiago Segura ha tenido la gentileza de ofrecernos, se harán una idea del aspecto de Enzo. Haremos una cosa, quédense con la imagen de Torrente como punto de partida y yo la iré moldeando.

Enzo tiene pelo, una ensortijada entrecana y ondulada mata que luce igual de sucia y revuelta que la lana de una oveja. Y también luce con orgullo un amplio bigote, al estilo de los barman franceses de principios del siglo pasado, el típico moustache. Los atuendos igualan en guarrindonguez a los de Torrente, pero en lugar de vestir una americana, lleva una chaqueta de lana color verde, que a juzgar por su lastimero aspecto, debe de haber pertenecido a su abuelo. Los pantalones son del mismo corte que los de Torrente, pero de pana. En cuanto a las dimensiones del cuerpo, Enzo ostenta un poco menos de barriga que el actor, es algo más alto y en su decidido caminar (aun cuando va ebrio), se nota una determinación que solo los genes han podido otorgarle.

Otro paralelismo pudiera establecerse en la  afición por las putas. Si bien en el día a día es un hombre educado aunque tosco, en los puticlubs, su forma de ser cambia y se torna grosera y desinhibida. Le gusta fanfarronear y manosear de modo firme y descarado a las chicas. En Saín no hay putas. Los sábados con apetencias lujuriosas debe de conducir unos ochenta kilómetros hasta una ciudad llamada Conich. Felisa, cuando lo ve engalanarse un sábado por la tarde, ya adivina que su sobrino se va a gastar unos cientos de euros de la manera más miserable que la raza humana pueda imaginar.

Con lo de engalanarse no se vayan ustedes a imaginar una ceremonia exhaustiva. El acto consiste en una ducha (pasarse agua caliente por el cuerpo, como lo haría un gato). Su pelo le ocupa gran parte del proceso. Lavar y desmadejar semejante mata representa toda una odisea. Su espesura es igual que la de la selva virgen amazónica. Ningún conquistador ha conseguido abrirse paso de modo eficiente. El agua resbala por ella sin penetrar, como si se tratase de un material impermeable. Su tía le deja en la cama una muda limpia consistente en calcetines, calzoncillos y camiseta. Enzo sólo usa dos pantalones, el de pana marrón de todos los días y el de ir de putas,  un tejano más o menos presentable. Camisas tiene más, unas cuatro,  todas ellas ajadas, con los cuellos y los puños rotos por el uso y con algunas manchas que ni Felisa con todo su afán ha conseguido eliminar. Elige una al azar. Las botas Chiruca que usa de normal las cambia por unas zapatillas Juma. Y para rematar, en los días de invierno, se abriga con un chaquetón confeccionado con un material indefinido, feo, de color  perturbador; su tía lo compró años ha en el mercadillo de los sábados, que desde tiempo inmemorial se apuesta en la plaza del ayuntamiento de Saín.

Publicado la semana 2. 16/01/2021
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Donde sea y cuando sea, pero en soledad
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