20
Miguel Angel

Betsy

Si se portan bien lo contaré. Pero hagan el favor de prestar atención, no estoy dispuesta a repetirlo. Así es que siéntense, pónganse cómodos, vayan al baño antes si es preciso, no hablen con el de al lado y mantengan los oídos despiertos y la boca cerrada.

Muy amables.

No es fácil para mí, compréndanlo. Soy una persona sencilla, aunque lo que van a oír lo contradiga.  Mi existencia no ha resultado cómoda jamás, en ningún momento. He tenido que trabajar duro, nadie me ha regalado nada y ningún beneficio me ha sido otorgado como premio a mi esfuerzo. Más bien lo contrario, el destino me ha obligado a soportar injusticias, injurias, abusos y humillaciones. Pero soy una mujer fuerte; he sabido capear cada problema, sortearlo y sobreponerme todas y cada una de las veces. No obstante, mi salud  ha ido mermando progresivamente y ahora a mis cuarenta, parezco una vieja decrépita que no sirve más que para que la entierren.

Todo comenzó hace un año, en el bar donde trabajaba de camarera.

El bar, para que se hagan una idea rápida, responde a las características de esos que han visitado cientos de ocasiones. Un amplio local en el cual uno puede escuchar música, bailar, jugar al billar o a los dardos y comer algo. Dispone de plancha y de una carta, no extensa pero apetecible. En honor a la verdad, más veces de las que quisiera me  tocó pencar en la cocina. Mi jefe, un cretino de tomo y lomo, nunca estuvo dispuesto a gastarse más de lo debido en sueldos extras. Como consecuencia, en los días de mucha jaleo, acabábamos reventados.

El trabajo en sí, salvo las excepciones citadas, no estaba mal. Llevo toda la vida detrás de una barra y la jornada laboral la soporto sin problemas. Pero no todo transcurría tan negro como lo he pintado. He disfrutado de ratos divertidos y agradables. Cuando la faena aflojaba, la clientela era la habitual y familiar y el jefe no rondaba por ahí, no conozco mejor lugar para pasárselo bien.

Mi aspecto, que ha conocido mejores tiempos, tal y como he citado, no ahuyentaba a algunos “distinguidos” parroquianos que veían en mí una apuesta fácil y en  mi cuerpo un cómodo revolcón. Según mi estado de ánimo accedía o no. Por lo general prefería volver a mi apartamento sola. Valoraba más descansar en la tristeza de mi cuarto que deprimirme tras un polvo que ni me apetecía ni me convencía ni me proporcionaba placer.

Una noche se apostó en la barra del Cheyene un hombre al que no veía desde hacía un tiempo. Es la típica persona que nadie sabe muy bien en qué trabaja ni dónde vive. Habla con todos, de todos obtiene información pero de él no se sabe más que su apodo. El tipo responde al mote de Dakota. Es corpulento, de abundante cabello entrecano, acostumbra a llevar una gorra de beisbol y una cazadora tejana bastante avejentada. No suele lucir muy pulido; mal afeitado y con ojeras, al verlo una diría que se acaba de despertar. No obstante no es mal parecido y puedo afirmar con conocimiento de causa que goza de un buen cuerpo. Hemos tenido lo nuestro, si es que me entienden. Me alegré de verlo. Llevaba semanas en el dique seco y me apetecía un poco de jarana.

Debían de ser cerca de las doce cuando entró. El ambiente flojo facilitó el que me acercara y me tomara una copa con él. Dakota es un buen conversador. Yo diría además que se encuentra a gusto a mi lado. Nos reímos juntos. Bajo su aspecto de bruto se esconde un ser de fino sentido del humor y con aspiraciones en la vida. Estas nunca he sabido cuales eran y creo que él tampoco.

Lo encontré especialmente locuaz. Por otro lado insistió en que me tomara una copa más con él. Al acabar la primera le aseguré que ya tocaba echar una mano a mi compañera, la cual me miraba con ojos asesinos. Le sugerí que me viniera a busca al cerrar. Pareció no escucharme y al servir la segunda ronda no se demoró en su perorata. Iba a comentarle un asunto, en realidad quería verlo por eso más que por el sexo, pero se me adelantó. Parecía con muchas ganas y necesidad de informarme sobre algo.

Me habló de un dinero seguro, unos miles por unas horas de trabajo. Le respondí que trabajaba todos los días de la semana menos uno que libraba y que este, totalmente aleatorio, lo desconocía. Me respondió que no importaba, que se adaptaría. Que no urgía. Le pedí más detalles y me respondió que allí no. Incidí en continuar la charla en mi apartamento, a lo que se salió por la tangente pretextando sentirse muy cansado.

No ocultaré que dormí mal por partida doble. La intriga y la falta de compañía me impidieron conciliar el sueño. Sin ser una lumbrera, tampoco me considero tonta de remate. Nadie ofrece unos miles por unas horas de trabajo a no ser que sea algo ilegal o deshonesto. Y menos Dakota. Me planteó quedar en mi día de asueto, que lo llamara.

Mi jefe, el cretino, se llama Edmond. Como viene siendo costumbre, me comunicó mi festivo la noche anterior, antes de cerrar. Se pueden imaginar que así no hay quien haga planes de ningún tipo. Bien, al día siguiente, un miércoles, me cité con Dakota. Dejé que indicara el lugar y muy al contrario de lo que imaginaba propuso  su casa. Solo que no era su casa. Sospechaba que Dakota no tenía casa, que vivía como los nómadas, aquí y allá, que no permanecía largas temporadas en ningún sitio, por si acaso. Ese “por si acaso” interprétenlo como mejor les parezca. Se alojaba en una pensión de mala muerte. Conocía el edificio, había pasado por delante en innumerables ocasiones.

Me abrió la puerta en camiseta. Si mi habitación resultaba decepcionante, tendrían que ver esa. No me eché a llorar porque hace mucho que sequé el depósito. Ya había llorado lo suficiente como para inundar Missouri y parte de Oklahoma. Dakota sacaba el mismo aspecto de siempre; imposible adivinar si se despertaba de una siesta o si permaneció tumbado en ese catre desde que lo vi en el Cheyenne. Me invitó a una copa. La rechacé. No suelo beber a las once de la mañana. Él tampoco bebió, lo dijo tan solo por cortesía. Nos tuvimos que sentar en la cama, no existía ni espacio ni sillas ni mobiliario alguno en el cuarto. Me sentía incómoda; aun así acepté. La escena hubiera dado pie a equívocos, aunque a esas alturas de la vida ya me importaba un carajo.

Antes de entrar al meollo se entretuvo en una serie de circunloquios y soliloquios. En un momento dado, estuve a punto de mostrarme grosera y pedirle que fuera al grano, pero parecía que necesitara ponerme en contexto. Debo decir que no entendí ni una sola palabra de las que pronunció, hasta que por fin arrancó.

Dakota, el bueno de Dakota, no conocía el trabajo legal. Vivía al día y el dinero necesario para ir tirando lo obtenía  improvisadamente, a salto de mata unas veces y otras por métodos pensados y meditados. Lo cierto es que nunca lo habían pillado y barruntaba que  su modus vivendi discurriría por esos derroteros.

Por esa época halló un buen filón como cuidador de ancianas desvalidas. Yo no lo veía en el papel de asistente, pero me aseguró haberse entregado de lleno durante varios meses. De hecho, desde que volvió a la ciudad no se había ocupado en otra cosa. Por suerte o por desgracia, dijo, la población envejece. Debido al panorama económico mundial, los índices demográficos han descendido y la circunstancia palpable de que haya cada vez más ancianos impide que el gobierno pueda proveer de manera suficiente la asistencia social necesaria. Por ello afloraron ya hace décadas empresas privadas que se dedican a ello. Pero el intrusismo perenne que no distingue de sectores, asoma su cabecita sin descanso para que hagamos uso de él. Dakota se ofreció anunciándose por internet como cuidador cualificado y según me confesó, no le iba mal.

Una vez establecía confianza con la persona mayor, conseguía que le entregara su tarjeta para que le sacase del cajero pequeñas sumas destinadas a la compra y a otros dispendios. La ratería de Dakota comenzó ahí. Una vez anotadas las claves de las tarjetas, tan solo tenía que ir retirando a diario más de lo que el anciano o anciana le pedían y guardárselo en el bolsillo. Pero pronto se cansó. Ese filón tan solo servía si lo respaldaba una vocación, si estaba dispuesto a consagrarse a ello para siempre. Pero sus propósitos se alejaban bastante de ese fin. Harto de los abuelos y de sus caprichos, a punto de abandonar y por puro accidente, pudo ver la cuenta de una señora que no aparentaba en absoluto poseer semejante capital.

Una mañana que volvían de dar un paseo, esta le pidió que le apagara el ordenador. Se trataba de una vieja torre que le ayudaba a estar más entretenida. La señora mostraba buena disposición en aprender de forma rápida y gustaba de sentarse para buscar en la red noticias locales y cotilleos de sociedad. Otras abuelas preferían las revistas, pero esta no. Los detalles carecían de importancia. Dakota era exasperante, se iba por las ramas cada dos por tres. Lo sustancial de la historia residía en el hecho de que el hijo debió de entrar en la banca online para efectuar a la anciana alguna gestión y olvidó  cerrar un archivo de texto en donde figuraba el usuario y la contraseña. Dakota consultó el historial de búsquedas y descubrió que The American Bank of Missouri fue abierto unas horas antes. Ese hijo debía de ser un completo pardillo. El encabezamiento del archivo de texto lo dejaba bien claro, “claves del banco”. Así es que no tuvo más que entrar y comprobar que la buena señora gozaba de una renta más que jugosa, alrededor de doscientos cuarenta mil dólares.

Me quedé de piedra. Desde luego que era mucho dinero, pero no estaba dispuesta a robar los ahorros de una desvalida y anciana mujer. Así se lo hice saber a Dakota. Me mandó callar y me pidió que le dejara acabar.

Sin duda quería ese dinero, pero no podía ir retirando pequeñas cantidades de forma continuada con la tarjeta; al final crearía una alarma en la entidad y lo descubrirían. Pretendía abrir una cuenta en otro banco, trasferir el dinero e irlo a buscar. Poseía documentación falsa y podría dar otro nombre y número de pasaporte. Le pregunté que donde entraba yo en esa ecuación. Y despejó mi duda.

Para despistar, nos haríamos pasar por un matrimonio. Sacó una caja del armario. En ella, entre otros cachivaches, guardaba una bolsa de supermercado que volcó sobre la colcha. Pasaportes, documentos de identidad y tarjetas de la Seguridad Social se esparcieron como las cartas de una baraja. Rebuscó y seleccionó un documento en el que figuraba casado con una tal Betsy No-sé-qué. Si le proporcionaba una foto, podría conseguir que fuera su fiel y amante esposa. Iríamos ambos a la entidad y bajo la pantomima de retirar los ahorros para la compra de un nuevo hogar, no levantaríamos  sospechas ante el empleado de banca.

Me demoré más de lo debido en contestarle y al final accedí. Dakota había previsto cuando efectuar la transferencia y cuando ir conmigo al banco. Ya me avisaría con la antelación suficiente para que me pudiera organizar.

 

Un día me llamó hecho un basilisco. Había entrado en la banca online con las claves para proceder según el plan y comprobó con asombro y turbación que tan sólo aparecían unos miserables mil dólares de saldo. No entendía nada. Insinuó que yo fuera la responsable y tuve que recordarle que desconocía por completo las claves, que nunca me las facilitó y que no sabía dónde las guardaba.

Supongo que esto les ha dejado como poco perplejos. Bien, no todo lo que ocurre goza de explicación, pero miren por dónde nos hallamos ante una excepción.

 

Lo primero que deben de saber es que el hijo no era tal. Hampton fue contratado como cuidador. Dakota no lo sabía. La anciana mujer le había cogido tanto cariño, lo conocía desde hacía tanto, que lo llamaba hijo. Se llegó a creer que era su hijo y cuando hablaba de él, así lo trataba. Por eso Dakota no dudó ni pensó lo contrario.

Hampton también frecuentaba el Cheyene. Hampton me contó semanas atrás la misma historia que Dakota. Lo mismo. La mujer, una vez establecida cierta confianza, le confió las claves del banco para que le gestionara una serie de diligencias rutinarias. Hampton, honrado e intachable hasta la fecha, tardó varios meses en convencerse de que esa oportunidad no podía dejarla escapar. Era demasiado dinero. Urdió el mismo plan que Dakota pero necesitaba algo que no conseguiría por su cuenta, documentación falsa. Hampton es un tipo sencillo (como ustedes imagino), que no sabe moverse en el mundo de la ilegalidad. Me animó a participar en el asunto y me pidió que pensara (yo que debía de conocer a mucha gente de toda ralea y condición debido a mi trabajo) en alguien para seguir adelante con el plan. Enseguida pensé en Dakota.

Como he mencionado, de su vida tan apenas conocía unas breves reseñas, anécdotas y chascarrillos, pero me daba que esta no se movería muy alejada de caminos tortuosos y oscuros. Apareció por el bar pero no fue por casualidad, lo llamé. Le mentí soltándole que me apetecía verlo, tomar una copa con él y luego, quien sabe. El resto ya lo saben.

 

Bueno, se me ha quedado en el tintero aclarar que Dakota consiguió hacerme pasar por su esposa en los documentos, que una noche que pasamos en su habitación los desvié al interior de mi bolso y que se los entregué a Hampton.

Dakota no llegó a crear cuenta alguna con la falsa documentación. Comprobar el malogrado estado del saldo de la anciana lo desanimó. Hampton muy al contrario,  procedió tal y como había pensado Dakota y abrió dicha cuenta, solo que ahora ese nombre falso respondía al rostro de Hampton.

Lo más complicado fue cambiar la foto de Dakota por la de Hampton en el documento. Desconozco si Hampton recurrió a alguien o se las compuso él mismo; muy mañoso no parecía. No quedó muy profesional pero daba el pego adecuadamente.

Una vez retiramos el dinero, el resto fue fácil. Nos fuimos a Méjico y nos sumergimos en la marabunta de DF. Allí nos abandonamos a la más absoluta ociosidad. Fui feliz con él. No me insinué en ningún momento, pero me propuso compartir cama.

Creo que fue al octavo o al noveno día. Al despertar no lo vi ni a él ni  al dinero. Confieso que me sorprendió. Jamás hubiera imaginado semejante acción por parte de Hampton. Hombre sencillo convertido en delincuente por accidente, distaba años luz del patrón de conducta de tipejos como Dakota. De este no me hubiera sorprendido. Ese día lo busqué y rebusqué pero al final acepté la evidencia. Me la había pegado.

 Sin recursos, sin posibilidad de cruzar la frontera y sin nadie conocido al que acudir, no me quedó otra que ponerme a trabajar.

Sirvo en un bar de características similares al Cheyenne pero con sutiles diferencias.  La mitad de la concurrencia son  narcos y la otra mitad la conforman cucarachas y reptiles. Los primeros, los narcos, me llevan a la cama cuando quieren bajo amenaza de muerte, de maltratos, de mutilaciones y de cosas peores. Pensarán qué puede haber peor que eso, pero la imaginación de esa gente no conoce límites. Me pagan con cocaína con intención de engancharme, pero la guardo para venderla y obtener un beneficio extra que complemente mi miserable sueldo. He pensado en huir, pero no llegaría ni dos calles más allá.

 

Un buen día apareció Dakota. Lo mismo que en el Cheyene, aparecía y desaparecía sin saber ni cuándo ni porqué volvería a ocurrir ni una cosa ni la otra. No sé cómo dio con mi paradero. Parecía muy enfadado y no se lo reprocho. Me tomé con él una ronda, como en los viejos tiempos.

Me preguntaba cómo había sido capaz de dar conmigo y cómo supo que me compinché con Hampton. Supongo que al comprobar que nos habíamos esfumado, yo, el supuesto hijo de la anciana, el dinero y los pasaportes falsos, sumó dos más dos. Pero cuando lo vi hablando con mi jefe, Alejandro “el sinba” Cruz, me di cuenta de que se conocían.

Me interrogó acerca de Hampton y le juré que desconocía por completo su paradero. Por alguna razón me creyó. Yo en su lugar no lo hubiera hecho. Supuse  que Alejandro le informó sobre mí. Dakota por su parte le debió largar quien era yo. Entre ambos pretendían dar con Hampton y repartirse la pasta.

Se despidió de mí, me deseó buena suerte de un modo irónico y oí como le preguntaba a Alejandro, con indisimulada curiosidad, cuánto valía acostarse con la puta esa.

“Esa” era yo.

 

Y eso es todo. Aquí sigo y dudo mucho que me pueda mover, escapar o que mi rutina cambie un ápice. El panorama no pinta bien. ¿Qué lo tengo bien merecido? Podría ser, pero nadie se merece esto, nadie. Piensen en la desgracia más terrible que hayan experimentado; la pérdida de un ser querido, una enfermedad terminal, la ruptura de su matrimonio, el confinamiento en una silla de ruedas, lo que se les ocurra. Nada es comparable a esto.

Si no me creen y reúnen el valor suficiente, pueden venir a visitarme. Se darán cuenta de lo que les hablo, que no exagero ni tanto así.

Ahora cuando acabe, les voy a indicar mi dirección. Pero yo de ustedes me quedaría donde están. Sigan con sus desgracias, acuérdense de mí y notarán como la vida se le hace más llevadera y la soportan mejor.

Suerte.

 

FIN

Publicado la semana 20. 20/05/2021
Etiquetas
En un bar
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
20
Ranking
2 347 0