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Miguel Angel

Julio

Julio era un buen chico, que duda cabe. Nacido en el seno de una acomodada familia, siempre reservó una palabra amable, una gentileza para todos aquellos que le rodeaban. Aunque mediocre estudiante, nunca daba problemas; no era de esos que fumaban  porquerías o salían con lagartonas, pero tampoco el tipo gozaba de demasiada popularidad; su figura pasaba con más pena que gloria.

Acabó el enésimo curso de la carrera y Julio se sentía orgulloso de su comportamiento en el mismo. Se disponía a pasar el verano fuera huyendo de la terrible canícula zaragozana. «Pocos veranos como los de Zaragoza», pensó Julio. Efectivamente, el estío zaragozano es abrasivo, caracterizado por un calor angustioso que impide respirar; se ven crepitar los bordillos, los perros sueltan quejumbrosos y lastimeros aullidos, las abuelitas se recogen con sus negros vestidos en casa (no sólo por el calor, sino también porque hay mucho desaprensivo), los negros no tienen necesidad de tostarse y algún que otro niño, afortunadamente para el conjunto de los mortales, agarra una insolación. Conviene recordar que en el verano los cuerpos se dilatan debido al calor, y por eso mismo, los raíles del ferrocarril se construyen con ligeras ranuras que permiten su crecimiento. También es preciso tener en cuenta curiosos fenómenos físicos tales  como el enfriamiento del agua por un armatoste de barro llamado botijo.

 

Una tarde, recién acabado el curso, Julio se encontró con Emma, una muchachita de su clase de piernas estilizadas y largas, pechos erguidos sin necesidad de aditamentos y labios carnosos, pequeñitos y voluptuosos. Julio, ya lo mencioné, no disfrutaba de excesiva popularidad. Ni bien ni mal parecido, era de los clásicos individuos a los que las mujeres de su curso no prestan la más mínima atención. Ellas necesitan héroes, necesitan tipos musculosos y hercúleos o bien muchachos introvertidos con los ojos coronados por herrumbrosas gafas redondas, cabezas privilegiadas de timidez encantadora a los que colmar de su amor, un amor que no es cualquier cosa, sino todo lo contrario.

Emma nunca había sentido demasiado interés por Julio, pero aquella tarde, sin duda por no tener nada mejor que hacer, la pasó hablando de todo un poco con el susodicho.

Pobrecita Emma, había sido desgraciada, abandonada por uno de los jóvenes adorables de la clase, por una de las grandes esperanzas de su promoción. ¡Qué triste sentíase Emma!  Emma, en un arrebato de sinceridad, confesó al ínclito Julio que nunca más volvería a enamorarse, que todos los hombres son iguales, que la vida no guardaba demasiado sentido para ella.

A todo esto Julio la escuchaba con curiosidad e inquietud. Preguntábase si él no sería un hombre porque no se puede ser un hombre si se proclaman tamañas confidencias sobre los hombres.

Mientras tanto Emma, seguía con su catarata de quejas y con ocasionales lágrimas fugaces que resbalaban por su dulcísima mejilla, a la vez que las minúsculas gotas resaltaban el azul cristalino de sus ojos.

El asunto es que la joven, tierna y cautivadora Emma, arrastrada por la tristeza, se dejó acompañar por el dudoso encanto del muchacho protagonista de esta truculenta historia.

Cada día iban a pasear o a tomar unas copas y el tiempo se agotaba entre las lamentaciones continuas de ella y el silencio bobalicón de él, que día a día iba bebiendo los vientos del amor por ella.

 

En esa estábamos, cuando se marcharon ambos a unas rutinarias vacaciones con la familia, a cualquier playa  de cualquier país, dicho esto sin ánimo de enfatizar. Nada sabemos de cómo transcurrieron y tampoco importa demasiado en el devenir de los hechos.

 

Volvieron en el mes de Septiembre. Septiembre es el mes en el que las muchachas caminan erguidas sobre sus tacones con sus uñas pintadas y con un delicado bronceado que hace más apetecible sus muslos y sus pechos, al tiempo que balancean cadenciosamente sus nalgas en un movimiento sinusoidal.

Julio y Emma volvieron a encontrarse; ella más tranquilizada y Julio, animado ante tal perspectiva, decidió pasar al ataque. Sin embargo, los amantes deben pertenecer a su época y Julio no podía seducir a Emma con las armas que utilizó, consistentes en invitarla a un helado, a un refresco, amén de actitudes más osadas tales como llevarla al cine. No era esa la táctica adecuada. Hoy las mujeres piden algo más, necesitan que las lleven en coche o en moto, requieren juergas nocturnas, y en fin, un poco de marcha y de movimientos sincrónico-atléticos en un dispositivo denominado catre.

 

Julio en esta época parecía un pimpollo y todos aseguraban que había mejorado. El amor es así y aquella chica, creía él, no se le escapaba. Todos los días se acicalaba convenientemente con una loción de afeitado que había descubierto en un anuncio publicitario y con una colonia que dejaba el pelo rizado de la cabeza y de otras partes. No quería oler mal para su Emma (recalquemos el adjetivo posesivo), ya que le repugnaba formar parte de esa cohorte que a su paso dejan un reguero de olor putrefacto de sudor. Y por supuesto, también deseaba estar guapo.

Un día, creyendo madura la fruta, preparó concienzudamente un discurso en el espejo, con sus correspondientes frases entrecortadas, susurros y silencios. Era la declaración final del amor del paladín Julio, que ya no conservaba dudas sobre su virilidad. Incluso compró para la ocasión un pequeño y adorable regalo. Vistióse, como exigía la ocasión, con traje y corbata incluida, pues Julio estaba chapado un poco a la antigua.

 

¿Lo sabía Emma? Difícil es imaginar que una mujer no se dé cuenta de las muestras de amor de un hombre, de los ojos perdidos y de la boca abierta cayéndole reguerillos de saliva por las comisuras de los labios cuando ella hablaba, andaba y cantaba. ¿Qué hizo pues Emma? ¿Jugó con él o simplemente le gustaba la compañía de Julio creyendo que no se pasaría a mayores? Este es un aspecto desconocido y si el comportamiento de Emma fue sincero que Dios se lo premie y si fue taimado y malévolo que Dios se lo castigue.

 

Aquella memorable tarde, Julio se atrevió a coger entre sus manos las de ella, al tiempo que recitaba con torpeza difícil de igualar los párrafos ensayados. En aquellos momentos comenzó la tragedia. Entró en el bar, ignorante de lo que sucedía, Esteban Revoltijo, el tipo duro que había pegado la patada a Emma. La escena (los testigos coincidieron en sus ojos burlones) divirtió profundamente a Revoltijo, el cual efectuó un movimiento que cambió el curso de la historia de Julio y precipitó los acontecimientos. Revoltijo ademán seguro, chasqueó los dedos emitiendo un característico ruido. Emma que había cambiado la expresión y mudado de color se levantó y fue al encuentro de Revoltijo, campeón de universidad de doscientos metros lisos. Este, sonriendo, la acogió y cobijó entre sus poderosos brazos de atleta al tiempo que estampaba un obsceno beso en la boca de Emma. Dos lenguas lúbricas se entrevieron haciendo juegos malabares ante la atónita mirada de Julio.

Julio, derrumbado, salió corriendo del bar, llorando abundantemente. Hacía una maravillosa noche septembrina, con una brisa libidinosa que calmaba el calor; se sentó en un banco de la Gran Vía, a la vera de unos plátanos de sombra y contempló con mirada ausente el pasar juguetón de los coches. A veces escondía la cabeza en su regazo sujetándola con sus manos y preguntaba a las hadas:

 

—¿Por qué, por qué? ¿Acaso no soy suficientemente hombre para ella?

 

De repente, la noche cambió y estalló una de esas tormentas veraniegas con truenos y relámpagos jacarandosos. Julio, mojándose por la lluvia, solitario caminante por la calle entre los rayos, se convirtió en otra persona, y tomó la terrible decisión que determinó su vida. Él, hasta entonces modélico joven, SE HARÍA MALO.

(Continuará…)

Publicado la semana 22. 06/06/2021
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En la universidad
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