28
Miguel Angel

Los vecinos

—¿Puede bajar un poco el volumen de la tele, por favor?

—¿Está muy alta?

—Pues hombre, mi cabeza y su televisor están pared con pared. No puedo pegar ojo.

—Bueno, no se preocupe que ya la bajo. Y perdone ¿eh?

—Vale gracias, buenas noches.

 

Entró en el piso, se metió en la cama e intentó dormir de nuevo. Tras una jornada aciaga en el trabajo, tan sólo deseaba conciliar de una maldita vez el sueño y pasar página al calendario. Y el vecinito dando por saco con la tele toda la noche. Como tantas noches, por cierto. Encima estaba viendo un partido de fútbol, con lo que odiaba el fútbol.

Tras unos minutos, no conseguía apreciar el silencio pretendido, sino que continuaba escuchando y siguiendo el encuentro con todo lujo de detalles, con comentarios y gritos incluidos. Más tarde entró en escena la mujer, que reclamaba ver  Operación Fracaso. El marido, echábale en cara que se comprara otra tele con su sueldo, que esa se la había ganado con el sudor de su frente. La mujer, muy enfadada, lo mandó al cuerno, y mientras daba un portazo, farfulló algo ininteligible (acababa en «…mierda!».

Con toda esa algarabía no le quedó más remedio que levantarse y volver a timbrar.

 

—Lo sigo oyendo....todo.

—Pues la he bajado, ¿eh? Me parece que es usted un poco tiquismiquis.

—Bueno mire, no quiero discutir, sólo dormir, y si le digo que su tele me molesta, debería intentar que no me molestara.

—Y qué hago, ¿No ver el partido? ¿No puedo ver un partido en mi casa porque usted no quiere que  lo vea?

—No, sólo digo que baje un poco más el volumen, eso es todo.

—Venga vale, que me estoy perdiendo el final. 

(¡¡Bum!!, portazo).

 

Y volvió a su piso, y se acostó, e intentó dormir otra vez. Todo fue en vano. La mujer reivindicando ahora ver El Gran Primo; gritos de gol y saltos de júbilo, «¡Qué gran jugada!»; «cómo sigas así me voy de casa» (la mujer)...

«¡Joder qué gente!» balbució, ahogando la frase con la almohada.

 

 

La semana siguiente, Casimira disfrutaba de un día de asueto. A eso de media mañana, se le ocurrió una descabellada a la par que audaz idea. Sus exquisitos vecinos no volverían del trabajo hasta la tarde.

Un precario medianil, confeccionado con listones de madera, algunos ya rotos o muy deteriorados, separaba ambas terrazas. Sin mucho esfuerzo,  pudo mover dos o tres, lo suficiente como para conseguir acceder a la otra parte. Como imaginaba, la puerta corredera del salón la encontró abierta. Afortunadamente compartían la sana costumbre de abrir para que se ventilara la casa.

Desenchufó la tele, la levantó no sin cierto esfuerzo y dificultad, salió a la terraza, la apoyó en la barandilla, miró que no pasara nadie y la dejó resbalar suavemente. Al poco, oyó un abanico de ruidos multicolor, producidos por el vidrio y el metal.

Decidió que iba a esperar a que llegaran. La última conversación no había resultado muy fructífera y consideró oportuno aclarar algunos puntos. Para hacer hora, fue  a la cocina, rebuscó en estantes y nevera y se preparó la comida. Calentó algo en el fuego y volvió al salón. Mientras obraba el milagro de convertir los ingredientes en comida, se acomodó en el sofá. Contempló el hermoso vacío creado por la ausencia del televisor. Apoyada cómodamente la espalda, inspeccionó con mesura el salón; reconoció que resultaba acogedor y decorado con gusto. Reparó en el teléfono fijo situado a su izquierda. Se le cruzó un perverso pensamiento, efectuar un par de llamadas internacionales pendientes a dos amigos que vivían, uno en Berlín y la otra en Zurich. Pero se contuvo.

El olor originado en la cocina la apartó de sus cavilaciones. Comió y se volvió a apoltronar en el sofá, en actitud contemplativa.

 

El primero en aparecer fue él.

—¡¿Qué cojones hace usted aquí?!

Fue la calurosa bienvenida. Casimira se levantó y le dio una patada en la entrepierna. Cuando se retorció por el dolor, le dio otra en la cara. Cayó al suelo inconsciente.

Al poco apareció ella. Dejó escapar un gritito provocado por la escena.

Pretendió darse  a la fuga pero no lo consiguió, le aplastó un jarrón del Todo a Pi  en la cabeza. Cayó también al suelo, no lejos de su marido; de forma muy romántica, todo hay que decirlo. Extrajo de una bolsa que había llevado una cuerda y los ató con los brazos pegados al cuerpo.

Sabía exactamente lo que iba a ocurrir. Había tenido tiempo de planearlo. Trasladó el microondas de la cocina y metió la cabeza de su vecina dentro. Lo enchufó y giró el mando a la función de descongelar, aunque sabía que nunca llegaría a reblandecer esa carne pétrea (por lo vieja) de su glaciar vecina.

El microwave no funciona si la puerta no está cerrada. Por ello, introdujo sendos palillos en las ranuras donde encaja la puerta y el invento diabólico se puso en marcha. «¡Toma bronceado!», pensaba. La había visto tantas veces en la terraza tostándose como unos canelones al horno, que esto no podía perjudicarle más. De hecho, era ya un trozo de benzopireno con patas.

Desconectó los altavoces del equipo de música y cortó otro trozo de cuerda. Apoyó la nuca del vecino en la mesita y le colocó un bafle en cada oído. Pasó la cuerda y ató fuertemente ese sandwich con su cabeza dentro. También le amarró los pies para impedir movimiento alguno. Volvió a conectar los altavoces al equipo.

Curioseó entre la escasa discografía y extrajo el peor disco que encontró (bastaba con cerrar los ojos y elegir al azar), los grandes éxitos del Bombero Torero y sus Espermatozoides Radiactivos.  Giró al máximo el mando del volumen. No tardó en recobrar el conocimiento. Su cara de horror y sufrimiento satisfacían sobremanera a Casimira. Muy pronto, le empezaron a sangrar los oídos. ¡Qué diría su mujer al advertir la alfombra manchada de sangre! Afortunadamente nunca más la vería, le estaba ahorrando el cabreo.

Por cierto, que ella pataleaba como un pavo de Navidad a punto de ser decapitado.

 

Antes de abandonar la escena, revolvió cajones y armarios de modo ostensible. Rompió algunos objetos. Pretendía dejar patente que alguien entró con aviesas intenciones, buscando piezas de valor, venganza o ambas cosas.

Disfrutando del cuadro, salió al rellano, con la precaución de que no pasara nadie. Dejó la puerta abierta y se encerró en su piso.

Llamó a la policía y aguardó su llegada. Les contó que al salir del ascensor le sorprendió ver la puerta abierta y un llamativo desorden. No pudo evitar asomar la cabeza. Al descubrir tan macabro y desolador espectáculo, no dudó en llamarles enseguida. No, no, no sabía mucho de sus vecinos. Desconocía si tenían enemigos o si guardaban algo de valor en su casa. No les oía nunca, ni sabía cuándo estaban o cuando no, eran muy discretos. También muy educados y muy responsables. Nunca percibió una palabra más alta que otra.

«Si puedo serles de utilidad en alguna otra cosa no duden en llamarme. Buenas tardes agentes».

 

FIN

Publicado la semana 28. 18/07/2021
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Ideal si tienes un vecino molesto
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