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Miguel Angel

Enzo (Cap. 3)

La relación de Enzo con los vecinos es la misma que con su tía, cordial y distante. Con todos se habla, con todos se para a intercambiar frases amables y a preguntar por la salud de la familia, pero con ninguno de ellos guarda amistad ni siquiera confianza. Los amigos de Enzo, los dos únicos que ha tenido en su niñez, habían desaparecido. Uno murió y el otro consiguió escapar del valle; cursó ingeniería y ahora reside en Madrid, bien situado y lejos de la claustrofóbica zona de Bontur.

Quedarse sólo pudo representar un fuerte mazazo en su día, pero en el fondo no supuso un problema tan grave. Enzo lo encajó como hubiera encajado cualquier otra circunstancia desfavorable, con la parsimonia y la filosofía que lo caracterizaban. Lo aceptó, sin más. Ese era su talante. ¿Por qué preocuparse por aspectos de la vida que escapaban a la voluntad de uno? Nada podía hacer por cambiar lo que no estaba en su mano. La mayoría de acontecimientos que nos rodean  son incontrolables.

Aparentando que va a vigilar el ganado, sube diariamente colina arriba con  el Land Rover hasta el punto más alto que la bien cuidada pista le permite. Lo aparca, y sacando el almuerzo y la botella de vino, se dedica a comer y a beber hasta que la modorra le puede y cae en un profundo sueño que lo obliga a descansar sobre el prado.

En más de una ocasión, algún excursionista  lo había hallado desparramado en la hierba a las doce del mediodía, al lado del vehículo; acercándose con cautela y observándolo con pavor, había pensado, no sin falta de razón, que allí yacía un hombre muerto. De improviso Enzo se movía, se despertaba de forma brusca, abrupta, y con un tono de voz y un aspecto que no disimulaba en absoluto su embriaguez, saludaba a los asombrados paseantes que conforme se alejaban, pasaban del susto a la risa.

Enzo se siente bien allá arriba. Le gusta el contacto con la naturaleza, el aislamiento  y la cercanía con sus recuerdos. Allá arriba se traslada hacia sus ilusiones, sus sueños y sus deseos. Proyecta planes irrealizables y se propone esfuerzos y decisiones que jamás llevará a cabo. Pero el simple hecho de planearlo logra que su vida cobre sentido. Él no se considera mejor que una vaca, a las cuales les profesa un profundo respeto y  cuida como si de su progenie se tratara. Enzo se siente parte del entorno. Le gusta habitar allí porque sabe que los pajarillos no huyen cuando le oyen, que ya reconocen el ruido del coche cuando llega y se tranquilizan con el hipnótico ritmo de sus ronquidos. Que los jabalíes y sus jabatos lo esperan. Que las ardillas saltan de árbol en árbol para, desde su atalaya, disfrutar del agradable espectáculo que constituye su dormir y resoplar; para contemplar cómo ese grandón  es tan feliz como ellas y que acude diariamente para hacerles compañía.

Enzo reflexiona a veces con cierta pesadumbre; mientras que otros montan sus vidas en torno a la civilización y lo miran como a una criatura extraterrestre, con desprecio, él ha permanecido allí y se cuestiona si quizás eligió en su día un camino equivocado. Que su autocomplacencia no es más que una actitud para conformarse con lo único que ha podido conseguir en la vida, ser un animal más del bosque. Y ese pensamiento inquietante no lo ha abandonado a pesar de los años. Pero basta que se tumbe allí, al amparo de unos bojes, guarecido por unas rocas, para que en su interior se forje una opinión diferente y mucho más alentadora. Se convence a sí mismo de que es una persona afortunada. Que qué más quisieran muchos que deleitarse con un panorama tan reconfortante. Y con eso en la cabeza se duerme y refocila como lo haría un cerdo en la pocilga. Se llena el pelo de hojas, musgo y tierra. Y sus ropas lo mismo. En el pueblo se ríen a sus espaldas, pero a él le da igual. Como todo lo demás, eso hace años que lo tiene asumido.

 

 

 

 

 

 

Publicado la semana 3. 23/01/2021
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Donde sea y cuando sea, pero en soledad
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