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Miguel Angel

Julio (2ª parte)

Julio, mojándose por la lluvia, solitario caminante entre los rayos, diose cuenta de que era el único ciudadano lo suficientemente perturbado e idiota que deambulaba por la calle. Sonado, sin rumbo, sin motivo ni esperanza.

Cuando amainó y escampó la tormenta, desconocía su ubicación. Llegó a la inequívoca conclusión de que la culpa de todo no recaía en Esteban Revoltijo, ni siquiera en Emma.  La culpa era toda suya.

O mucho espabilaba o se la iban a meter doblada cada uno de los años de su vida.

Y si Dios no lo remediaba, le quedaban unos cuantos.

 

 

Julio medita acerca de cómo llegar a cumplir su promesa.  Una promesa lanzada al aire tormentoso e iluminada por terribles rayos no debía caer en saco roto. Una promesa dictada por un corazón malherido, por el despecho y por la humillación, había que llevarla a término. De no ser así, los pedazos que quedaban de él se desintegrarían para siempre.

Mientras se acercaba a casa notaba como esa furia iracunda fue escampando a medida que lo hacía la tormenta y cuando se metió en la cama, el dulce rostro de Emma lo poseyó y lo atrapó como un néctar azucarado y pegajoso.

 

Despertó descansado, pero con el temple inestable. Sus padres lo encontraron raro y le preguntaron si le ocurría algo. Julio manifestó que no. No se lo tragaron. Julio resultaba tan inepto e inútil  en los asuntos del cortejo y del festejo como en otros tan sencillos como los de la mentira. ¿Qué de todo lo que le rondaba por la cabeza podía contar a sus padres? ¿Qué el amor de su vida se lo había levantado un tipo hercúleo, divertido, inteligente e interesante?¿Que había prometido a Thor, dios del trueno, vengarse?¿Qué barruntaba apuntarse a un gimnasio para alcanzar cierto grado de musculación y qué no sabría cómo darle uso en el hipotético caso de conseguirlo? ¿Qué Emma había jugado con él y posiblemente se estuviera riendo a mandíbula batiente mientras refocilaba con Esteban Revoltijo?¿Qué su autoestima alcanzaba niveles del subsuelo?

Julio, fiel a su impericia, se levantó de improviso y escapó de la inquisición paterna, lo que ocasionó que sus progenitores pasaran de una leve a una razonable preocupación.

Encerrado en su cuarto, recostado en la cama desecha, se estrujaba el cerebro con el único fin de vislumbrar de qué forma un muchacho de su edad, todo un hombre, podía ser malo. Él no era malo, era tonto, inocente, pusilánime y con menos nervio que un gusarapo. Se debatía entre causar daño a Revoltijo y dejar de lado  a Emma o involucrar a ambos. Un runrún lo abocaba de modo pertinaz a intentar recuperarla. El mero pensamiento le provocó una falsa carcajada. «¡Recuperarla!», si nunca le había pertenecido. Pero no descartaba alguna artimaña para dejar en descrédito a ese saco de músculos y ganarse con ello los favores de su amada.

En estas estaba cuando lo sobresaltó la vibración del móvil que descansaba sobre la mesilla. Leer el nombre de Emma en la pantalla lo agarrotó. Tras unos largos diez segundos reaccionó y respondió a la llamada.

Emma, pobrecilla, le contaba entre sollozos lo apenada que se encontraba. Desconocía qué le pudo suceder para conducirse de esa guisa. Invocaba a su ingenuidad y achacaba a Esteban las malas artes, que sin duda supo utilizar con ella. «Yo no soy así», aseguraba, sonándose estentóreamente la nariz. Se atrincheraba en su inocencia, y para dar fe y aportar pruebas de peso, le contó lo siguiente: «Fíjate si es manipulador y perverso, que una vez en su coche, pensando que me llevaría a algún sitio para revolcarnos a placer, me largó la endeble excusa de que tenía que levantarse pronto para entrenar. Imagínate mi desolación. ¿Es perverso o no?». Julio en lugar de colgar, se compadeció de ella. «¡Maldito Revoltijo!». Emma le prometió llamarlo uno de esos días para tomar algo. Julio se despidió cariñosamente, y agradecido por el noble gesto de su llamada, colgó.

Desde luego q ue no podía consentir que semejante energúmeno tratase tan despóticamente a una tierna muchacha como Emma, un dechado de bondad y cariño.

 

Ese mismo día, Esteban telefoneó a Emma finalizados  los entrenamientos. Esta, se acaloró rememorando la breve conversación que mantuvieron. Le propuso pasar a recogerla con el nuevo coche que le acababan de comprar papá y mamá. Podrían tomar algo por ahí y a continuación, aprovechando que sus padres habían ido a pasar el fin de semana a la playa, darse un buen revolcón, sin prisas e inhibiciones. Emma se estremeció.

Julio, ajeno a tales circunstancias y armándose con un valor del cual carecía, decidió comportarse como un hombre. «Lo pasado, pasado está», se dijo con un gran alto grado de convencimiento. Se acicaló como un imberbe adolescente, rociándose en exceso de su nueva colonia y eligiendo una combinación de colores que ni un invidente lograría desacertar con tanto desatino. Se contempló en el espejo y con un rictus, que quiso parecer pícaro, concedió su aprobación.

Su empresa consistía en acudir a casa de Emma. Hay asuntos que no se pueden tratar por teléfono y menos aún pasar por alto. Presentía que la pobre necesitaba un hombro sobre el cual llorar; pues bien, le prestaría el suyo.

Cuando Emma abrió la puerta y lo contempló, casi se desmaya. No sabemos si por causa de la colonia, de la indumentaria o de su mera presencia. Emma, toda compuesta, aguardaba con impaciencia la llegada de Revoltijo. La calentura y el deseo con los que durmió todavía le duraban y ansiaba, como solo una perra en celo puede, pasar una noche con su atlético galán. Lo recibió con una frase que desconcertó un tanto a Julio, «¿qué haces tú aquí?». Julio, con una torpeza difícil de igualar, intento explicarse, pero ni la articulación de las palabras resultó inteligible, ni los retazos que consiguió discernir Emma guardaban la menor lógica.

Y lo que tanto temía Emma ocurrió. Esteban Revoltijo aparcó su Audi R8 color rojo pasión. Descendió con aplomo, y con la seguridad que ofrece la belleza corporal, la inteligencia y el dinero, se aproximó hacia ellos.

 

********************************

 

Esteban no reparó en la presencia de Julio. Agarró a Emma por la cintura y volvieron a repetir la escena de la tarde anterior. Emma se dejó hacer con una pasión y un placer mal disimulados. Julio no perdió detalle de como ella le acariciaba el culo mientras él le metía la lengua hasta el estómago.

Mientras se dirigían al coche, ambos pronunciaron al unísono «¡Adiós Julio!». Julio susurró, «Adiós».

Julio volvió a repetir el angustioso paseo del día anterior y enfiló, apesadumbrado, hacia su casa. Por el camino se repetía que era un lerdo. ¿Cómo había podido ser tan bobo y papanatas?¿Cómo creyó las palabras de arrepentimiento de Emma?

 

Al día siguiente pensó que había errado en su estrategia. Con quien debería mantener una charla era con Revoltijo, no con Emma. Así es que fue a buscarlo a la salida del entrenamiento. Revoltijo lo vio, lo saludó, y sin pararse, se dirigió hacia su coche. Julio tuvo que corretear tras de él y llamar su atención de manera sumisa, débil y carente de personalidad, «Esteban, espera». Esteban se giró y Julio tartamudeó que deseaba hablar con él. Esteban afirmó no disponer de mucho tiempo. Le propuso que charlaran en el coche. Así es que Julio, contra todo pronóstico, subió al carro de su odiado rival.

«¿Bueno, de qué se trata?». Julio temblaba de la cabeza a los pies. Después de un denso silencio, que Esteban aprovechó para mirar las llamadas del móvil mientras conducía, Julio acertó a responder, «de Emma». «¿Qué le pasa a Emma?». Eso, ¿qué le pasa a Emma? ¿Qué podía decirle, que estaba enamorado de ella y que no le parecía bien que se la pasara por la piedra? Antes de responder, mientras Esteban conducía distraídamente, le soltó, «Perdona que no esté muy hablador. Esta noche tan apenas he dormido. Nos hemos pegado con Emma, hasta bien entrada la madrugada, dale que te pego. Estoy que me muero de sueño. Y cansado. Esa tía no tiene fin». Julio olvidó lo que aún no había imaginado decir. Le dieron ganas de echarse a llorar. «Voy a mi casa, ¿dónde quieres que te deje?». De improviso Julio declaró, «estoy enamorado de ella». Revoltijo, pasados cinco o seis segundos de mutismo incrédulo, explotó en una sonora y franca carcajada. Julio se enfadó, o simuló hacerlo.

Entre unas cosas y otras habían llegado a la casa de Esteban, en el barrio de Montecanal. Una vez aparcado el coche, Esteban se giró y le sermoneó todo desenvuelto, «¿Cómo se te ocurre enamorarte de una persona como Emma? Ella nunca te va a hacer caso. No es tu tipo ni le gustan los hombrecillos esperpénticos como tú. Ese tipo de chicas necesitan experiencias apartadas de la mística. Ellas requieren todo lo material que tú jamás podrás proporcionarle. No buscan amor, buscan placer y una buena situación económica. ¡Pobre Julio! Te está utilizando. Si te llama de vez en cuando es porque carece de amigas y necesita contar sus penas a alguien. Hazme caso y olvídate de ella».

 

Desmontaron del coche, Revoltijo entró en su residencia y Julio se vio en la obligación de recorrer un trecho de varios kilómetros hasta llegar a su casa. Olvidó la cartera en la mesilla.

 

(Continuará…)

Publicado la semana 31. 08/08/2021
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En el campus universitario
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