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Miguel Angel

Hermanas a la deriva

Empezó a llorar sujetándome la mano.

No dejé de mirarla. Deseaba sumergirme en sus pupilas. Ver todo lo que ella había visto durante tantas décadas separadas.

 

Nuestros padres nos abandonaron debajo de un puente. Una crecida nos arrastró. El capricho de la corriente y lo inhóspito de la rivera provocó que ella se quedara retenida en unos orillados carrizos, sin solución de continuidad. Yo en cambio fue conducida aguas abajo y puedo asegurar, sin temor a equivocarme, que de no haber sido salvada por el pico de una cigüeña, hubiera perecido sin remisión.

Volví a nacer con otra madre. Me sentí extraña desde el primer día. Añoraba a mi hermana con una fuerza descomunal, indescriptible. Lloraba por ella y me preguntaba, sin esperanza alguna, qué le depararía el destino. Me resistía a reconocer que murió ahogada. Ninguna otra explicación lógica cabía a tenor de los acontecimientos.

Mi nueva madre no resultó ser mala persona. Me quiso como al resto de mis hermanos, aunque siempre noté un distanciamiento por su parte. Como si supieran acerca de mis aconteceres y no aceptaran que realmente fuéramos consanguíneos.

En la adolescencia, más bien al cumplir los dieciocho, me empeciné en investigar huellas de mi pasado. Dediqué miles de horas en hemerotecas buscando  y buscando, deseando encontrar aunque fuera una pequeña y mísera reseña que hablara de dos niñas desaparecidas. Mis esfuerzos resultaron infructuosos.

Quería a toda costa saber de mi hermana. Verificar su muerte o constatar lo contrario. Pero el tiempo pasó y mis fracasos en las indagaciones me desalentaron de manera progresiva.

Años después me casé. A fecha de hoy no sé porque lo hice. Puede que por hallar un sentido a mi vida; quizá porque idealicé en el hecho de tener hijos la esperanza de alcanzar una cierta, pequeñísima, moderada felicidad. No lo sé. Lo cierto es que me arrepiento. Sin ambages diría que resultó la peor decisión de mi vida y la experiencia más destructiva que he debido de soportar.

Mi esposo perdió todo su encanto el día que quedé embarazada por primera vez. Sufrí un maltrato psicológico constante, me sentía ninguneada y menospreciada. Al nacer mi segunda hija lo abandoné. Salí perdiendo en la separación ya que no pude alegar nada a mi favor, pero me dio igual. Con mi sueldo calculé que podría sacar a mis hijas adelante. Nunca más he sabido de él.

Estas fueron creciendo y la animadversión que dirigían hacia mí crecía y crecía. Yo me preguntaba por qué me odiaban. Intenté infundirles todo el amor de que fui capaz. Hubiera comprado más amor,  les hubiera obsequiado con toneladas de cariño y quilos de felicidad de haber sabido donde adquirirlos.

El paso de los años las trató mal. No consiguieron ni un trabajo ni una pareja estable. Daban tumbos por la vida sin hallar un mísero rincón en el que caerse muertas. Eso provocó que se quedaran a vivir conmigo.

Me jubilé y ahí comenzó mi fin. Ya años atrás puse el piso a su nombre. A pesar de que no me soportaban, mi instinto maternal, y sobre todo humano, quiso que les procurara un futuro en lo material. Pero cierto día, sentadas las tres en el tresillo, me comunicaron que “habían decidido” ingresarme en un asilo. Lo pintaron bonito aludiendo a su falta de peculio para mantenerme y que allí estaría mejor atendida. Saqué a la palestra que vivíamos, si no holgadamente, si de un modo cómodo con mi pensión. No creo que oyeran una sola palabra. El resultado fue que me enclaustraron sin piedad.

La amargura que sentí al poner los pies en la residencia no fue comparable a la decepción que me envolvió el día que mis hijas me comunicaron la forzada reclusión. He de reconocer que poseo una gran capacidad para adaptarme  a las situaciones más variopintas y adversas, tal se ha desarrollado mi existencia.

No me costó habituarme a la rutina del lugar. No me socializaba demasiado. Prefería paseos esquivos por el jardín, dedicarme  a mis lecturas y entretenerme con mis series favoritas.

En uno de esos paseos reparé en una mujer tan solitaria como yo, perdida, sola, sentada al lado de unos juncos, bajo un abedul, al abrigo de unos molestos incipientes rayos de sol de principios de mayo.

La reconocí al instante. Me coloqué a su lado, le di un beso, me miró.

De repente comenzó a llorar. No dejaba de mirar sus ojos y entonces en medio del remolino formado por sus lágrimas, volví a ver aquel río revuelto por la tormenta. La acompañé con mi llanto hasta que ambas empezamos a flotar. Las lágrimas nos devolvieron a las aguas que quizás nunca debimos de abandonar.

Ahogarnos no era la peor de las opciones.

 

FIN

Publicado la semana 37. 19/09/2021
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A la orilla de un río desde luego que no
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