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Miguel Angel

Enzo (Cap. 6)

A Enzo le gustaría contar también eso. Quizás es de lo poco que le queda por desvelar tras varios días al lado del extraño, que ya no lo es. Pero no puede. No puede contar algo que no podría explicar. Lo hizo y aún no sabe si fue una acción desproporcionada o una consecuencia lógica de las circunstancias. Al día siguiente, con Tiberio tumbado a su vera, intenta rememorar esos días.

 

Tenían treinta y dos años. De eso sí que se acuerda. Los tres eran de la misma edad. Extraño hecho en ese singular  reducto geográfico, que tres parejas (el ochenta por ciento de las parejas de Bontur) decidieran procrear al mismo tiempo. Puede que los tres muchachos fueran concebidos por mero accidente. Quién sabe.

De niños eran inseparables, tanto en las correrías por el valle, como en la escuela de primaria a la que asistían en Sain. Allí coincidieron con otros niños de otros pequeños lugares de la zona y aprendieron otras formas de jugar y de socializarse más amplias y en ocasiones más divertidas. Después vino el instituto y para ello debieron de trasladarse a Conich. La provincia contaba con una fabulosa red de transporte público que facilitaba los traslados escolares. Enzo cree que en Conich fue donde empezaron a distanciarse un tanto; allí comenzaron los escarceos amorosos, las primeras borracheras y el primer contacto con el mundo exterior.

Josué fue el que tuvo claro desde el principio que quería alejarse del valle cuanto antes. Mostraba buenas aptitudes para las ciencias y sus padres optaron por pagarle unos estudios. Jeremías, bueno también académicamente, tras cursar derecho, se lanzó a preparar unas oposiciones. Él no quería moverse, se sentía muy cómodo allí y Enzo, en silencio, agradeció el gesto. Se veía abocado a la soledad. Si Jeremías seguía los pasos de Josué se quedaría sin amigos y lo más grave, sin ganas de conseguir ninguno más. Tomó la decisión de Jeremías como un favor que le otorgaba, como una excusa para seguir a su lado.

Jeremías tardó tres años en conseguir plaza tras irse moviendo de modo caótico por las listas de interinaje. Logró una plaza en el ayuntamiento de Conich como técnico de desarrollo rural. Era una persona feliz. Le preocupaban los problemas y las vicisitudes de las gentes que lo rodeaban y deseaba, desde su puesto de funcionario, hacer lo posible por mejorar su patria chica. Proveer a la población de todas las ventajas de un mundo civilizado, favorecer la movilidad, la educación, la sanidad y la cultura. Su carrera de derecho le proporcionaba unos conocimientos amplios en las leyes generales y particulares que atañían a su cargo. A los veintiocho años, Jeremías alcanzó ya un meritorio reconocimiento.

Nunca cambió su residencia a Conich. Vivía con sus padres y se encontraba a gusto con ellos. Si bien mayores, la pareja se desenvolvía de maravilla en los quehaceres cotidianos y gozaban de una razonable buena salud. Con Enzo solía coincidir casi todos los días del año. Resultaba harto complicado lo contrario. Lo mismo que hubiese sido imposible no coincidir con las casas de Bontur; no se movían  de allí.

Jeremías se preocupaba por su amigo. Siempre lo hizo. Enzo fue desde niño un mal estudiante y su experiencia en el bachillerato no significó más que un clamoroso fracaso. Repitió primero, segundo lo abandonó. Nadie conocía lo que circulaba por  la cabeza de Enzo, introvertida e insondable. Era la típica persona que se muestra más proclive a preocuparse por los demás que por sí mismo. La vida de Enzo avanzaba en la oscuridad y en la soledad. Se había creado un mundo particular que lo acompañaba día y noche; en él habitaba. A Jeremías le daba la impresión, a veces, de que todo el mundo le molestaba, que todos sobraban a su alrededor. Y estaba convencido de que algún día esa actitud le pasaría factura, que caería sumido en una profunda depresión la cual no podría vencer.

Y qué hablar de la cantidad de alcohol que trasegaba a diario. Bien es cierto que Enzo, antes de ir al bachillerato, ya bebía como un cosaco. Mientras que sus amigos descubrieron qué era emborracharse de adolescentes, en Conich, Enzo estaba harto de beber y de padecer resacas. Aunque Jeremías se esforzara, no conseguía recordar en los últimos diez o quince años un solo día en el cual su amigo pareciera sobrio.

Y en cierta forma lo admiraba. En común compartían su amor por el valle, aunque este lo manifestaban con posturas bien diferentes. Enzo jamás movería un dedo por mejorarlo. Le gustaba hermanarse con el medio ambiente y disfrutar de todos sus parabienes. Lo respetaba desde una perspectiva bien particular, formaba parte de él. Y bien mirado, tampoco una urraca hace nada por la naturaleza, se limita a cohabitar en ella. Jeremías había adquirido con el paso de los años una visión más amplia y desde su puesto de trabajo, intentaba dejar claro públicamente que todos debían de aportar su granito de arena para que las cosas fueran mejor. Una razón bastante poderosa (aunque no única ni mucho menos) era la económica. Quien más quien menos vivía del turismo: Hoteles, restaurantes, casas rurales, tiendas y comercios. Aunque sólo existiera esa razón, ya era suficiente como para tomar acciones en dos direcciones, hacer lo correcto y evitar lo incorrecto.

Jeremías, más de una vez, había intentado apartarlo de Bontur. Lo había invitado a pasar un fin de semana en algún sitio. Se ofreció a correr con todos los gastos y poner su coche. Enzo siempre respondía lo mismo, que no se le había perdido nada mundo alante. Y en el fondo, en opinión de Jeremías, el miedo a lo desconocido lo atenazaba. Lo más lejos que había llegado Enzo, que él supiera,  había sido a Conich. Ignoraba todo acerca del mundo y no manifestaba el menor interés por conocerlo. Cuando sacaba el tema, Enzo se imbuía en sí mismo y, o bien caía en un profundo mutismo cejijunto, o cambiaba de asunto radicalmente.

Así es que Jeremías mantenía con él una relación de tira y afloja. Sabía que nada conseguiría a corto plazo. Se limitaba a mantener una actitud expectante, tal y como su amigo deseaba. Le seguía la corriente y actuaba como Enzo quería que actuase. En ese sentido su amigo se comportaba como un animal asustado. Como cuando queremos conseguir que un gato perdido se acerque a nosotros. La mejor estrategia es esperar a que lo haga él. Si damos un paso hacia el felino, este se escapará desconfiado. Esa es la mejor definición de Enzo, un animal asilvestrado.

Con el paso del tiempo, Enzo empezó  a considerar a su amigo como una amenaza. Llegó un momento en el que dejó de ser su amigo para convertirse en un pesado que no paraba de darle la tabarra para que cambiara. Él no quería cambiar. No necesitaba cambiar. Él, Enzo, no precisaba nada. Lo tenía todo allí, en su entorno. Él era como era y respetaba que los demás fueran como fuesen. Él no se metía con nadie y lo mínimo que esperaba era que los demás hiciesen lo mismo. No guardaba resquemor porque sus dos colegas de la infancia hubieran tenido “éxito” en la vida y él se hubiera tenido que “conformar” con sus vacas. Opinaba casi al revés. Veía lo de sus amigos como una desgracia y lo suyo como una gran suerte. También pensaba que lo que un día fue, no tenía por qué durar eternamente. No creía en la amistad de por vida. De hecho, con Josué, no guardaba ninguna relación. Tan sólo lo veía para navidad. Enzo, apartado del mundo de internet y de la telefonía, no mantenía contacto con nadie. Accedió a comprar un móvil de antiquísima generación tan solo porque su tía se puso pesada. Pero fue al revés de cómo se imaginan. Su tía se preocupaba por saber de él, el motivo de que la anciana le obligara a adquirir el móvil fue para irlo controlando. No sabía de su paradero en todo el día y temía que le pasara algo.

Era consciente de lo que Jeremías pensaba de él. Que lo consideraba un tipo oscuro encerrado en sí mismo y que vivía en un pozo de miseria y tristeza; pero nada más alejado de la realidad. Enzo, a su manera, era feliz. No le gustaban los cambios ni las sorpresas. Le agradaba que todo trascurriera  como de costumbre, sin sobresaltos. En la falta de preocupaciones residía la alta longevidad de las gentes de la zona. Enzo notaba a Jeremía siempre alterado, siempre con planes en la cabeza, siempre con ganas de liarlo para esto y aquello. Le dolía la cabeza solo de oírlo; le alteraban sus gestos, sus movimientos y  la forma en la que elevaba la voz cuando trataba temas de política.

Enzo llegó al tope de su paciencia. Ocurrió un día en el que Jeremías se quedó solo en casa. Habían tenido que ingresar a su madre en el hospital por una dolencia rutinaria, Enzo no  recuerda cual. Su padre la acompañó los dos días que duró el ingreso, durmiendo en el incómodo sillón del hospital. Era verano. Jeremías solía llegar al pueblo sobre las cuatro de la tarde. Ese día, se sorprendió de toparse a Enzo cuando recién entraba por Bontur, paseando taciturno, como un moscardón bomboloneante. Paró el coche y le preguntó que qué hacía que no estaba con las vacas. Le respondió que su tía le había pedido realizar unas cuantas tareas domésticas. Lo pronunció con hastío y aburrimiento. Jeremías le propuso dar una vuelta, a lo que Enzo accedió. A esas horas, no había ni un alma por la calle. Quien más quien menos solía gozar de la siesta como un bien preciado.

Tomaron un sombrío sendero que ya nacía muy empinado (como casi todos los del entorno) y comenzaron la ascensión. No existía objetivo más allá de la compañía mutua. Mientras andaban, Jeremías no paraba de hablar. Contó lo de sus padres y otras muchas cosas que Enzo no escuchaba. Era como oír una radio mal sintonizada, un ruido de fondo que le acompañaba y  que necesitaba silenciar. Y fue en un recodo, ya algo entrado en un espeso y frondoso pinar. Enzo caminaba detrás. Sin pensarlo, se aproximó a su amigo, le dio un fuerte empujón y Jeremías cayó al vació, volando cerca de cincuenta metros antes de chocar contra las rocas. Enzo se paró unos segundos para asegurarse de que no se movía y continuó.

El cuerpo fue hallado días después. Nadie aportó una explicación plausible y tras unas diligencias policiales nada exhaustivas, se archivó el caso como accidente. A Enzo lo interrogaron, sabedores de que era el mejor amigo del finado. Se reiteró en su asombro y desconcierto. No tenía ni idea de lo que a Jeremías le pudo ocurrir.

 

Tiberio parece despertarse de una ligera siesta y al emitir unos gruñidos, saca a Enzo de su ensimismamiento y lo vuelve al presente de manera abrupta. El rememorar el pasado le ha hecho mucho bien. Lo llena de una infundada alegría y eso corrobora que su proceder no fue ningún despropósito ni nada descabellado. Fue, como hemos narrado, una consecuencia lógica a un problema persistente y con difícil solución.

Animado, propone a Tiberio tomar unas cervezas en el hotel.

Por primera vez, Tiberio acepta bajar en coche.

Publicado la semana 6. 12/02/2021
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Donde sea y cuando sea, pero en soledad
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