15
Ramón Cerero

El nombre

                                                                                                                          

                                        “Pensar  tu nombre ahora                                                                 envenena mis sueños.”                                                                                    Luís Cernuda

 

     

Antes habían pasado una mala época. A ella le costó mucho sobreponerse del golpe que le causó aquella muerte inesperada de su madre. Él, en aquel tiempo, había sido incapaz de ayudarla a salir del pozo de dolor en el que se encontraba. Pero el paso del tiempo y la ayuda profesional de un psicólogo la habían ayudado a superar esa terrible pérdida.

        Todo parecía haber vuelto a la normalidad entre ellos dos. Ahora hacían el amor de forma fogosa, varias veces a la semana. Se entrelazaban llenos de deseo y se entregaban sin reservas el uno al otro. Jadeaban, sudaban, a veces incluso había lágrimas de placer y algún que otro llanto ensordecido por una cara oculta sobre la almohada. Pero aquella primera noche un extraño sonido, quizá sólo un silabeo sin sentido, apareció en los labios de ella. Él, al principio, no prestó atención, o no advirtió claramente lo que ella decía. Después, agotado, exhausto sobre la cama, mirando al techo del dormitorio, intentó recordar lo que había oído. Comprendió, casi entre sueños, que esas palabras, arrancadas de ella en el éxtasis del placer, formaban un nombre. Pero los ojos se le cerraban y se sumergía en un sueño blando y ciego del que despertaba limpio y vacío.

Pero el nombre se repetía cada vez que hacían el amor, imperceptiblemente, de forma débil, al principio. Eran palabras murmuradas entre dientes que procedían de una boca que mordía una sabana o una mano. Sí, estaba seguro, desde la meseta de su placer le parecía oír un nombre, un nombre extraño que se repetía y envenenaba sus sueños.

“¡Qué tontería! Claro que no digo ningún nombre cuando follamos”, le decía ella mirándolo, divertida, como si no supiese si tomarse en serio lo que él le decía. Pero él podía oír el nombre en cada sacudida de su hermosa espalda, en cada orgasmo. Él se trastabillaba, perdía pie y un escalofrío se mezclaba con el calor húmedo y debilitador que le comenzaba a inundarlo después. Estaba seguro de que oía un nombre de otro hombre, un nombre que ella repetía en susurros.

Y ahora su sueño era inquieto, lleno de una bruma en la que a veces podía ver asomarse un instante una cara, una cara de hombre conocido, una cara de alguno de sus amigos, una cara que se tornaba amenazadora y burlona.

Despertaba inquieto, lleno de una desazón extraña. “Cada vez que lo hacemos, en la cama, dices un nombre. Piensas en otro cuando estamos juntos. Cada vez que lo hacemos…Te sale de dentro” se quejaba él a la mañana siguiente, enfadado como un niño. Ella lo negaba. Se reía de lo ridículo de la situación. Le parecía increíble que les estuviese pasando algo así. Parecía el argumento de una de esas películas de François Truffaut. Al final, ella le convencía y ambos llegaban a la conclusión de lo absurdo de todo aquello y se reían el uno del otro.

Pero él no podía evitar pensar en el nombre. En el periódico cada mañana, en los letreros de los comercios, en la radio, el nombre aparecía insistentemente, burlándose de él, recordándole a cada instante lo que quería olvidar. Durante el trabajo el nombre conformaba una nube densa y oscura que se depositaba sobre su cabeza y no le abandonaba en toda la jornada. Sus compañeros del trabajo lo veían abstraído andar por los pasillos de la oficina, taciturno, silencioso. Meditaba apoyado en la máquina de café mientras a su alrededor se discutía sobre el partido del Domingo o se hablaba de la asquerosa lluvia que no había parado de caer en todo el mes de febrero. Debajo de sus ojos comenzaron a aparecer unas sombras oscuras. Comenzó a vestir con cierto descuido. Se sumergió en un mundo particular lleno de nombres y de caras.

Ahora cuando hacían el amor, al principio, todo era silencio. Quizá alguna respiración agitada que se entrecortaba con algún sonido gutural. Pero conforme se precipitaban al abismo los jadeos se hacían más urgentes, más sonoros. Los dos gemían, unos gemidos que parecían lastimeros y que se tornaban gozosos. Cuando llegaban al orgasmo ella gritaba de placer, y en ese momento, entrecortado por un sí o un ah, él podía oír el nombre. Un nombre que salía de una voz en trance, de una voz alejada. Ella gritaba el nombre, estaba seguro. Él, en la oscuridad, miraba a donde creía intuir los ojos de ella, como buscando una explicación, interrogándola en silencio. Era absurdo, pensaba él, no podía decirle que gritaba el nombre de otro, que ella gritaba el nombre de otro en esos momentos. Ella al despertar actuaba como si nada raro hubiese pasado. Se levantaba de buen humor, desayunaba junto a él, envuelta en aquél viejo batín rosa que parecía pequeño para ella y del que sobresalían sus hermosas piernas.

Una mañana, al bajar las escaleras, se encontró con el vecino del piso de arriba. “¿Ha oído las voces?” le preguntó el señor Loirant. “Gritos de mujer, ya me entiende…”. Él, un poco aturdido, negó con la cabeza. “Unos chillidos horribles. Deben de ser los jóvenes del quinto. Vaya juerga que se corrieron ayer. Ella gritó el nombre de él como una loca…” le dijo el señor Loirant con una sonrisa que pretendía ser cómplice. Pero él palideció. No podía ser. Todo el mundo oía el nombre. Él estaba seguro de que no eran los chicos del quinto piso. El nombre salía de la boca de ella, de su dormitorio, de su propia cama. Ese nombre de otro hombre salía de su cama y recorría las escaleras del edificio para entrar en cada piso, derribando cada puerta que se encontraba a su paso, incluso la del señor Loirant. O puede que los gritos sí viniesen de los chicos de arriba. Temió que se estuviese volviendo loco. ¿Estaba sufriendo alucinaciones auditivas? ¿O era ella la que no se daba cuenta de que gritaba el nombre de otro hombre?

El asunto comenzó a tomar un cariz desagradable. Discutían con frecuencia. Ella lloraba porque él no la creía. Ella repetía una y otra vez que era su imaginación, que ella no pensaba en otro hombre en aquellos momentos. Él dudaba. Ella comenzó a temer que se estuviese volviendo loco por los celos. Nunca antes había dado muestras de ser así. Se evitaban en la cama. El dormía mal y las ojeras aumentaban. Ella ya no se levantaba a desayunar con él. Se quedaba en la cama hasta que oía la puerta de la calle cerrarse. 

 Pasaron las semanas y se levantaron más barreras entre ellos. Cada vez hablaban menos. Cuando estaban juntos en casa se evitaban. En la cama una espada desenfundada parecía separarlos. Ni siquiera se tocaban. Las lágrimas aparecían en los ojos de ella por la más nimia razón. Él se echaba a la calle cada mañana dando vueltas y más vueltas a lo que estaba ocurriendo entre ellos. Recorría una y otra vez un laberinto dentro de su mente, un laberinto en el que se oían gritos y voces que decían el maldito nombre. Un nombre que resonaba en las paredes de dicho laberinto y del que no podía escapar.

El deseo de ambos se fue embalsando poco a poco. Una noche, ya en plena primavera, él despertó en mitad de la noche anhelante de las caderas de ella. Como entre sueños la agarró y se aferró a sus caderas. Ella, medio despierta, comenzó a moverse como siguiendo el ritmo de las olas del mar. Un movimiento de olas suaves que se transformó en fuerte tormenta y que acabó rompiendo la presa que contenía el deseo retenido de ambos, arrastrando todo a su paso. En el momento culminante ella grito como nunca el nombre del otro hombre, como llamándolo de entre los muertos. Después ambos perdieron el conocimiento, náufragos de una tormenta, cubiertos de agua salobre y restos de algas verdosas.

Esa mañana, como hacían antes de todo aquello, desayunaron  juntos. Una hermosa sonrisa se dibujaba en la cara sonrosada de ella, una cara somnolienta y que mostraba el cansancio acumulado de los días pasados. Él decidió confesarse. Aún la oía gritar. Quizá no era culpa de ella. Quizá su imaginación en esos momentos le jugaba una mala pasada. Ella se quedó muy preocupada después de sus palabras. Él le prometió que haría lo que fuese por ella. No rompería su matrimonio por una tontería como esa. Irían a un consejero matrimonial si hacía falta. Incluso estaba dispuesto a ir a un psicólogo o un psicoanalista, lo que fuese necesario. Quería solucionar el problema de una vez por todas. “No te preocupes cariño, haré lo que haga falta” repetía él. “Quiero comprender lo que me está pasando”. Ella meditó qué hacer para ayudarlo. “Quizás puedas ir al psicólogo que me ayudó tanto con lo de mi madre” le sugirió ella. A él le pareció buena idea. Si a ella le había funcionado también podría servirle a él. Se hacía tarde, habían sido tan perezosos esa mañana... Él ya en la puerta, con la chaqueta puesta, la abrazó y le dio un beso apasionado. Cuando bajaba los primeros peldaños ella lo llamó. “Espera, olvidas la tarjeta del psicólogo. Si le llamas hoy quizá te pueda ver esta semana”.  El subió hasta el descansillo y la besó nuevamente mientras ella le deslizaba la tarjeta en el bolsillo de la chaqueta. En esos momentos también bajaba el señor Loirant por las escaleras. “Buenos días” saludó divertido al ver la pasión de los jóvenes enamorados. Ella se ajustó el batín y se sonrojo un poco. Pero a él no le importó, se sentía feliz, como un hombre nuevo, liberado del peso que le había atormentado estos últimos meses.

En el tren que le llevaba al trabajo pensó que al fin podría vivir como antes de que ocurriera aquello. Quizá con la ayuda del psicólogo podría solucionar el problema que había estado a punto de romper su matrimonio. La mente es tan misteriosa... Nuestra mente es como un continente ignoto y oscuro que necesita de un guía para recorrerse. Estaba seguro que en su mente encontraría la solución a su problema. Llamaría al psicólogo nada más llegar a la oficina. Buscó la tarjeta en el bolsillo de la chaqueta. Quería guardarla en su billetera. Todo volvería a ser como antes. Volverían a ser felices. Todo se solucionaría si podía hablar con alguien de lo que le estaba sucediendo. Pensando en todo esto se le dibujo en la cara una sonrisa de anticipación. Antes de guardar la tarjeta en la billetera leyó la dirección que aparecía escrita. No estaba muy lejos de su trabajo. Quizá pudiese visitarlo esa misma tarde. Sobre la dirección estaba escrito el nombre del psicólogo. La sonrisa se le heló en el rostro. El nombre que ella gritaba cada vez que hacían el amor, el nombre que lo había torturado durante tantas semanas estaba escrito allí mismo,  en letra cursiva y en negrita, sobre el blanco marfil de la tarjeta de visita.

 

Publicado la semana 15. 12/04/2021
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
15
Ranking
0 167 0