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Ramón Cerero

El segundo círculo (I)

 “Amor condusse noi ad una morte”

                 Inferno. Canto V. v.106

 

 

 

 

Algo debió de salir mal. Por eso me encuentro ahora aquí, hablando con ustedes. No les veo, pero se que están ahí. Puedo oír sus voces. También escucho quejas y lamentos. Si en algún momento se levanta esta maldita niebla quizá también pueda ver sus caras. ¿Alguien sabe qué hacemos aquí? ¿Estamos esperando a alguien?

   No me lo tomen a mal. Se está bien aquí con ustedes. Una sensación de agradable ligereza se ha adueñado de mi. Me siento como si flotara suspendido en ese aire que no para de soplar. Pero no logro entender cómo he acabado en este sitio. Laura y yo lo teníamos todo tan bien planeado que no alcanzo a entender lo que falló.

 

Ni siquiera ahora se entera el pobre. Los hombres son tan estúpidos a veces. Y yo que consideraba a Fernando el príncipe azul que me iba a rescatar de las garras del dragón. ¡Qué risa María Luisa! Y aquí le tienen ustedes, hablando sin saber por dónde le pega el aire. Literalmente.

   No es que yo tenga toda la información. Ni siquiera sé que hago yo en este sitio, ni cómo llegué. Me faltan algunos detalles importantes. Por ejemplo, no sé porqué yo puedo oír la voz de Fernando y él, en cambio, no puede oírme a mí. Quizá nos encontremos suspendidos en diferentes corrientes de aire. Con esta densa niebla que nos rodea no hay quién se aclare. Y por supuesto, tampoco sé donde se encuentran ustedes, ni porque nos pueden oír a ambos. ¿Oyen ustedes también el resto de las voces?

   Todo esto es bastante confuso, pero me puedo imaginar lo sucedido. Incluso puedo aventurar el sitio donde nos encontramos. Si es que este extraño lugar tiene algún nombre.

 

Claro que ustedes no conocen, o no conocieron, a Laura. ¡Qué mujer! Laura tiene, o tenía, no estoy muy seguro ahora mismo, una figura que quitaba el hipo. Los hombres se giraban al cruzarse con ella. Se podría decir que su culo tenía propiedades hipnóticas. Yo me sonreía cada vez que espiaba esas miradas furtivas a su trasero. Y esas mandíbulas inferiores que se abrían de forma involuntaria… ¡Qué orgulloso me sentía cuando paseaba con ella! Y entonces ponía mi mano en su trasero, o daba un golpecito cariñoso y propietario a sus nalgas. Me sentía el hombre más afortunado de la tierra.

 

¡Hombres! Tratan a las mujeres como si fuesen yeguas. El gesto más cariñoso que les sale es golpearle a una las nalgas en plena calle. ¡Pero qué animales!

   Y sobre todo con toda esa gente mirando. Me temo que ese tipo de gestos  fue lo que nos perdió. Supongo que la confianza nos hizo descuidados.

 

Laura era una mujer de bandera. No crean que les hablo sin conocimiento. Soy hombre que ha conocido, en el sentido bíblico, muchas mujeres. He tenido mucha suerte con el segundo sexo. No me atrevo a llamarlo sexo débil, sobre todo después de haberme topado con Laura.

   Se podría decir que soy un hombre experimentado. Estas manos, que no alcanzo a ver ahora por esta asquerosa niebla, han acariciado muchos pechos. Pero como los de Laura ninguno. Esa turgencia firme y fresca… Aún se me hace la boca agua.

   Como sé que se encuentran menores entre ustedes, pues también oigo voces de niños en la neblina, intentaré utilizar un lenguaje apropiado para todos los públicos. Laura era una mujer muy fogosa… No, sería mejor decir que Laura era una mujer activa en la cama. Esto tampoco está bien… pero dejémoslo. Creo que me será un poco difícil explicarlo con tantas voces infantiles presentes.

 

¡Qué gracioso es mi chico! Yo soy una mujer normal. Pero Fernando tiene un historial tan pobre con las mujeres… No seré yo la que le abra los ojos. Y menos aquí. ¿Para qué desengañarlo? Además, esa mezcla de ingenuidad y bravuconería me gustaba tanto. Fernando era como un niño grande. No es que yo sea tan vieja que pudiera ser su madre - sólo soy diez años mayor que él, o lo era antes de que ocurriera todo esto -, pero sé lo suficiente sobre el amor como para comprender que la discreción es una de las mayores virtudes de un amante. No conozco muchos hombres que piensen lo mismo. Él siempre creyó que era mi primera aventura.

   ¿Además, qué saben los hombre jóvenes del sexo? Tienen la cabeza tan llena de fantasías. Se pasan el tiempo mirando en internet las hazañas de esos acróbatas del sexo, que luego intentan imitar lastimosamente. Son tan fáciles de engañar. No hace falta una actuación de Oscar para que se sientan satisfechos. ¡Son tan vulnerables nuestros muchachos! Aunque por mi Fernando, no me molestaba exagerar un poco en la cama. Yo estaba satisfecha con su “performance”, pero ellos siempre necesitan algo más. Costaba tan poco hacerlo feliz. Un gritito, una palabra picante, un gemido en el momento preciso, obraban milagros, por lo que al final me acostumbré a aquel teatrillo entre divertido y ridículo.

   La verdad es que Fernando me gustaba mucho. Había entrado en mi vida como una corriente de aire fresco, después de todos aquellos hombres sosos. Había dado a mi vida el picante que le faltaba. La aventura con Fernando me había hecho más atrevida, más audaz. Quizá demasiado audaz…

 

Nos conocimos en una cafetería. Me gusta el café y sé valorar donde ponen un buen café. Por eso me gustaba la cafetería Florida. Y a ella también debía de gustarle mucho ese sitio. Yo ya me había fijado en ella. Bueno, yo y los compañeros de oficina que tomábamos allí el café de las once. Cuando ella entraba al local las cabezas giraban de forma automática en su dirección. Pero ella siempre llegaba sola y nadie se sentaba con ella.

 

Durante un tiempo estuve buscando a alguien como Fernando. Como parece que no me oye, les puedo confesar que antes de Fernando estuvo Alonso, después llego Carlos y después de éste, Antonio. Pero ellos fueron solo aventurillas pasajeras. Todo concluía cuando se enteraban de mi situación. Se portaron como unos gallinas. Hay que ver las pocas agallas que tienen la mayoría de los hombres.

   Me gustaba la cafetería Florida porque estaba cerca de mi trabajo en la notaría y porque allí la clientela era fundamentalmente masculina. Hay muchas oficinas cerca, sobre todo notarías y despachos de abogados. No es que el género fuera gran cosa. La mayoría eran hombres de más de cincuenta, alopécicos y panzudos que vestían trajes anticuados. Pero también había bastantes hombres jóvenes, algunos guapos, otros simplemente jóvenes. Y allí vi por primera vez a mi valiente Fernandito.

 

Una mañana, decidí  entablar alguna relación con aquella misteriosa y atractiva mujer. Aquella mañana pensé: ¡Qué diablos, el mundo es de los audaces! Me atreví a acercarme a su mesa.

   Ella tenía la costumbre de hojear el periódico todas las mañanas. Luego, con un gesto de fastidio, lo solía dejar plegado sobre la mesa y se concentraba en su taza de café. La supongo esos días intrigada por la actualidad política de nuestro país, o preocupada por la situación en Oriente Próximo. Puede que simplemente le gustara echar un vistazo a su horóscopo. La verdad es que después de conocerla nunca le pregunté. Pero es que estuvimos tan ocupados esas primeras semanas…

   El caso es que el diario sobre la mesa fue la escusa que me permitió hablar con ella por primera vez. Claro que he terminado con el periódico. Puede cogerlo. Para lo que hay que leer. Sólo hay malas noticias. Y desde aquel momento se entabló entre nosotros una relación de complicidad. Todas las mañanas yo heredaba el periódico de sus manos. Antes de entregármelo, me hacía un resumen escueto de su contenido, o me recomendaba alguna noticia especialmente curiosa. No se pierda lo del hombre asesinado por el elefante, página 43; lea la historia del ladrón de ropa interior de señora, página 32. Y yo me sentaba en una mesa cercana y seguía sus recomendaciones. ¡Qué gozada era heredar ese diario que había estado sólo unos minutos en sus manos, pero que se había impregnado de ese delicioso perfume de pachulí que ella usaba!

 

No me digan que no es enternecedor mi Fernando. Mira que estuve mañanas intentando que él se diera cuenta de que me gustaba. Me dolían los ojos de lanzarle miraditas, pero él nada, que no se daba por enterado. Gracias a Dios se lanzó con lo del periódico. El truco del periódico nunca falla. Pruébenlo ustedes si no me creen. Lo primero que hacía cada mañana al llegar al Florida era llevar el diario a mi mesa. Más de una vez se lo tuve que arrebatar a la señora de la mesa de al lado, esa señora gorda con lentes gruesas que no lo soltaba hasta que no lo había leído de cabo a rabo. También tuve que mandar a paseo a alguno de los moscones que se acercaban a la miel: ¡No ve que aún no he terminado de leerlo! 

 

Y entre noticia y noticia nos fuimos poniendo al día de nuestras vidas.  Ella trabajaba en una notaría cercana. Yo le conté que trabajaba como abogado en un despacho de Cuatrecasas. Y hechas las presentaciones, una mañana nos citamos para dar un paseo juntos por el parque del Retiro, después del trabajo. Claro que yo entonces no sabía que estaba casada. Quizás no hubiese dado un paso más adelante de haberlo sabido en aquel momento. Pero cuando tuve conocimiento de aquello ya era demasiado tarde, y yo estaba demasiado colado por ella como para que me importara ese detalle.

 

Reconozco que nunca llevaba puesto mi anillo cuando salía de casa. Pero eso de que no sabía que estaba casada cuando me conoció no hay quién se lo trague. La línea de piel clara en mi dedo anular no era una cosa que pasara inadvertida. Aunque para darse cuenta de eso Fernando tendría que haber quitado los ojos de mis tetas en algún momento. Ahora que lo pienso, puede que el chico diga la verdad…

   Lo cierto es que bien poco le importó que estuviese casada cuando se lo conté aquella tarde en el Retiro. Quizá mi estado civil hizo que nuestra relación se convirtiera en algo peligroso. Yo creo que le excitaba aún más que perteneciera a otro hombre. ¡Qué extrañas somos a veces las personas!

   A estos paseos por el retiro siguieron otras citas en lugares discretos para comer o cenar juntos. Y claro, llegaron los gloriosos días de las habitaciones de hotel y las llamadas al servicio de habitaciones. Les aseguro que bien poco le importó esos días que yo estuviese casada. Aunque el día que le conté quién era mi marido sí que se asustó. Se puso pálido al saber de Ramón. Poco faltó para que saliera corriendo como los otros, pero mi Fernando era más valiente, o más tonto, que es casi lo mismo.

 

Publicado la semana 17. 26/04/2021
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