21
Ramón Cerero

El gran cucharón

—¿Qué te parece? Yo juraría que ésta no es la cabaña en la que nos alojamos aquella vez…—dijo la mujer.

—El chico de la recepción dijo que ésta es la que está más cerca del río.

—Sí, es verdad, pero puede que hayan cambiado algo. Ésta es la cabaña número 18.

—¿Y qué importa que sea la 18? No recuerdo que antes estuviesen numeradas.

La pareja hablaba fuera del coche. Estaban delante de una pequeña cabaña de madera próxima a una cerca de troncos. Antes de esta cabaña habían pasado delante de otras tres calles de casitas de madera. Habían llegado al camping cuando la tarde comenzaba a declinar. La luz tenía ahora un tono rojizo. Una leve brisa movía las hojas de los álamos que rodeaban el recinto.

—Tenemos que darnos un poco de prisa. Me gustaría que cenáramos pronto…—dijo el hombre.

El hombre se acercó a la cabaña. Sacó del bolsillo de su chaqueta la llave que le habían dado en la oficina de la entrada. La llave estaba enganchada en un triángulo de metacrilato en el que se podía leer Camping Nevada. La mujer cogió una chaqueta vaquera del asiento delantero y se abrigó antes de seguir al hombre.

—Es la primera vez que venimos en primavera. No me imaginaba que hiciese tanto frío en esta temporada del año—dijo ella.

Cuando entraron en la cabaña lo primero que notaron fue un olor fuerte a ambientador. La cabaña les pareció más pequeña de lo que recordaban. En la estancia principal estaba la cocina y la sala. El fregadero de metal era pequeñito y el hornillo tenía dos fogones. En la parte posterior de la cabaña había dos habitaciones. Una tenía una cama grande con un pequeño armario empotrado. La otra habitación era más pequeña y en ella había dos literas. El baño era un pequeño habitáculo con un inodoro, un lavabo y un plato de ducha.

Mientras la mujer abría las ventanas y revisaba los cajones de la cocina, el hombre volvió al coche para sacar las maletas. Dejó las maletas en la entrada de la cabaña y volvió al maletero a por las bolsas de comida y las sábanas.

—No hay cafetera—gritó la mujer desde el interior.

El hombre gruñó y volvió al coche para asegurarse de que había sacado todo. Después se dirigió a la parte delantera del vehículo y comenzó a recoger algunas cosas. Había sido un viaje largo. Guardó el mapa de carreteras en la guantera y desenchufó su teléfono móvil de la radio del coche. Lo revisó por si tenía algún mensaje y volvió a gruñir antes de meterlo en el bolsillo de su pantalón.

La mujer estaba ahora moviendo la mesa y las cuatro sillas de plástico que había a la entrada de la cabaña.

—Podemos cenar fuera…No creo que haya muchos mosquitos en esta época del año.

El hombre asintió.

Durante media hora ambos trabajaron en silencio deshaciendo las maletas y llenando el pequeño frigorífico que ronroneaba como un gran gato.

—¿Por qué no encendemos la luces? Ya no se ve nada—protestó el hombre.

Pronto anocheció completamente. El cielo estaba completamente despejado y las estrellas brillaban como si acabaran de nacer, con una nitidez clara y fría.

—¿Estás segura de que quieres cenar fuera? Hace demasiado frío—dijo el hombre mirando el cielo estrellado.

Buscó la Osa Mayor.

Cenaron en la entrada de la cabaña, resguardados de la brisa fresca de la noche, bajo la luz débil de la farola que había cerca.

—Tengo que llamar a los chicos, ¿sabes dónde he dejado mi móvil?—preguntó la mujer.

—No hay cobertura. Ya lo he comprobado antes.

—Vaya, qué fastidio… Le dije a Miguel que le llamaría desde aquí.

—No te preocupes, mañana, si quieres, bajamos al pueblo a hacer algunas compras y aprovechas para llamar.

—Es que estoy preocupado por él, las cosas no le van muy bien en el nuevo trabajo.

—No te preocupes por los chicos. Estamos aquí para descansar.

—Temo que no puedan localizarnos si pasa algo. Juan no sabe que estamos aquí—respondió la mujer.

El hombre permaneció en silencio. Buscó nuevamente la Osa Mayor. ¿Qué verían los que miraban al cielo desde el hemisferio sur? Sería extraño estar en el otro lado del mundo mirando el cielo estrellado en este mismo momento y no encontrar la Osa Mayor.

—¿Te apetece dar un paseo? —preguntó el hombre— Nos sentará bien estirar un poco las piernas después de tantas horas de coche.

—Esta bien, deja que vaya antes un momento al baño.

 

Después de recoger la mesa se abrigaron bien y salieron por la puerta trasera del camping. La suya era una de las últimas cabañas, en la parte posterior. Pasaron cerca del terreno cerrado donde solía pasar las noches de verano un rebaño de cabras. Esa noche el terreno estaba vacío y silencioso. Al pasar cerca solo percibieron un olor fuerte a hierba seca y a polvo. Giraron a la izquierda y comenzaron a caminar por el camino de tierra que bordeaba el río y que circundaba la parte Este del camping. En las noches de verano, el croar de las ranas se podía oír desde cualquier parte del camping, pero esa noche sólo se oía el murmullo del río en la oscuridad. Como no había luna llena tenían que caminar con cuidado, sin alejarse de la parte del camino iluminada por las farolas que rodeaban el camping.

—¡Qué silencio más extraño! Parece que estamos en otro sitio—dijo la mujer.

—Sí, es verdad. No he visto mucha gente cuando hemos llegado. Creo que estaremos bastante tranquilos estos días. Tenemos que pensar qué vamos a hacer. ¿Has pensado lo que te gustaría hacer esta semana?

La mujer se encogió de hombros.

—Lo que tú quieras.

Continuaron caminando en silencio hasta rodear completamente el camping y llegar a la entrada principal. Se sentaron en un banco de madera cerca de la cabaña que albergaba la recepción.

—¿Tienes frío?—preguntó el hombre a la mujer.

—Un poco. Seguro que hay bastante nieve aún en la montaña.

El hombre paso su brazo derecho por los hombros de la mujer y acercó su cuerpo al de ella. Miró al cielo estrellado.

—¡Qué bien se ven aquí las estrellas!

—Sí, es verdad. Se ven muy bien. Pero no me gusta llegar tan tarde. Este sitio me parece muy triste de noche. Cuando llegas de día la impresión es muy diferente. No sé, es diferente...—dijo la mujer.

—He estado pensando durante el camino que podíamos venir aquí más a menudo, ahora que vamos a tener más tiempo libre por lo de la jubilación. Cuando los chicos eran pequeños veníamos todos los años, recuerdas. A ti te gustaba mucho este sitio. ¿Qué te parece?—preguntó el hombre.

—No sé. Se me hace tan raro estar aquí sin los chicos.

—Bueno, también pueden venir los chicos y sus familias. Aunque dudo que quieran pasar el verano con nosotros. Tengo la impresión de que se aburrirían aquí. No me los imagino todo el día jugando a las cartas o leyendo cerca de la piscina, como hacían cuando eran pequeños. Además están sus mujeres, no estoy seguro de que les guste esto. Los hijos de Juan son demasiado pequeños para el viaje. Mejor olvidate de eso.

—Tú y yo podríamos hacer alguna excursión sencilla esta semana—continuó el hombre—. Aún no somos tan viejos que no podamos caminar o hacer alguna ruta fácil. ¿Recuerdas aquella vez que fuimos con los chicos a las cataratas? ¡Qué bonito era todo aquello! Tenemos fotos de aquel día. Me pregunto cómo será ese camino en primavera. Podríamos intentar llegar a las cataratas esta semana…

—Sí, podría ser buena idea. Pero antes prefiero descansar un poco. Tenemos toda la semana. Mañana bajaremos al pueblo.

En ese momento un gato salió de los bajos de la cabaña de recepción. Cruzó lentamente por delante del banco en el que estaban sentados. Era un animal grande, blanco, con manchas amarillas.

—Ya me había olvidado de los gatos del camping. No recuerdo haber visto antes a éste—dijo el hombre.

—Bueno es que ha pasado mucho tiempo desde la última vez que estuvimos aquí. Juan tenía quince años. Estoy segura de que sí que conoces a los padres de este gato.

El gato desapareció entre unos setos que bordeaban la entrada y de nuevo se quedaron solos. La mujer bostezó de forma silenciosa. El hombre notó el estremecimiento del cuerpo que abrazaba. Él también comenzaba a notar el frío de la noche a pesar de la gruesa chaqueta.

—Creo que es hora de volver a la cabaña.

La mujer asintió. Para regresar decidieron caminar por el camino interior asfaltado del camping.

 

Hicieron la cama con torpeza. Era difícil moverse en un espacio tan reducido. La mujer encendió el pequeño radiador eléctrico que había en el dormitorio. El hombre sacó una manta de color marrón claro del armario empotrado. La manta olía a naftalina pero estaba limpia. La extendieron sobre la cama.

—No se te hace raro que estemos los dos aquí sin los chicos. Hay tanto silencio…

La mujer se cepillaba la hermosa melena de pelo gris sentada sobre la cama abierta. A él le había gustado siempre esa forma que tenía ella de sentarse sobre la cama, con los piernas recogidas sobre las nalgas. Parecía una niña, una niña con el pelo gris.

—Bueno, eso es lo bueno, la tranquilidad. Ahora por fin podemos disfrutar con calma de las cosas.

—A mí me da un poco de pena que ya no quieran venir con nosotros. Podíamos venir todos juntos. Ellos podían alquilar la cabaña que hay cerca. Podíamos ayudar a Juan y a su mujer con los pequeños. Laura parece siempre tan cansada.

El hombre meditó un momento y después se encogió de hombros.

—Es mejor así. Ellos tienen que hacer su vida. Ahora ellos han de vivir su vida y nosotros…, nosotros tenemos que seguir con la nuestra. O con lo que queda de ella— dijo sonriendo.

—¿Qué haremos mañana?

—Pues lo primero que haremos después de desayunar será ir al pueblo. Podemos comprar algunas cosas. Damos una vuelta y si quieres llamas a los chicos, si así te quedas tranquila.

 

Después de apagar la luz se metieron en la cama. Hacía aún bastante frío y decidieron dejar la calefacción puesta toda la noche. La luz de la farola que había cerca de la cabaña se colaba por las rendijas de la persiana metálica que cubría la ventana del dormitorio. La mujer se tumbó de lado, con la cara hacía la luz que se filtraba a través la ventana. El hombre se pegó a su espalda y la abrazó. Ambos estaban cansados del viaje, pero el hombre no podía dormir. Estaba demasiado excitado después de tantas horas conduciendo. Además había tomado mucho café. Le apetecía hacer el amor, pero ella parecía haberse quedado dormida nada más cerrar los ojos. Notaba como su cuerpo se había relajado. Su respiración era lenta y regular. Le apetecía mucho hacer el amor pero no quería despertarla.

Intentó relajarse, dejar la mente en blanco. Estaba demasiado cansado y necesitaba dormir. En su cabeza no dejaban de presentarse estampas del pasado en aquel sitio, como aquella vez que vinieron por primera vez a ese camping, cuando Juan era aún un bebé. Habían escogido esa cabaña precisamente porque era la misma en la que se habían alojado aquella primera vez. Eso había sido hacía muchos años. Ellos eran tan jóvenes. Había visto hacía poco unas fotos de aquellos días y se había sorprendido al verla a ella tan joven. Se había asustado del tiempo que había pasado, tan rápido, casi sin darse cuenta. Después le vino a la cabeza aquella vez que su hijo menor se había caído a la piscina; Miguel debía de tener entonces cuatro años. Él tuvo que arrojarse vestido para rescatarlo. También recordó aquella tormenta de granizo que les destrozó el coche, cuando los chicos eran un poco mayores. Un hombre de la cabaña de al lado había llamado a aquello una lluvia de piedras. Qué calor hacía en aquellos veranos en el camping y qué frío hacía esa noche. Parecía increíble. Esta vez no habían traído las bicicletas. Antes siempre las llevaban enganchadas en un remolque del coche. Lo chicos disfrutaban mucho con las bicicletas en el camping. Las usaban tan poco el resto del año. Pero lo mejor del camping eran las noches. Recordaba los gusanos luminiscentes que encontraban camino de las duchas. Además, se veían tan bien las estrellas allí. Sobre todo le gustaba contemplar la Osa Mayor. Tenía más dificultades para localizar la Osa Menor. Pero el gran cucharón era mucho más fácil de encontrar. En esas noches de verano le había gustado enseñar a los chicos el gran cucharón que formaban esas estrellas. Era lo único que no cambiaba año tras año. Los chicos crecían, ellos envejecían, pero esas estrellas eran siempre las mismas, fijas en aquellas formas tan curiosas. Para encontrarlas solo tenía que levantar la mirada y buscarlas en el mismo lugar del cielo nocturno. Allí estaban cada vez que miraba, ajenas al paso de los años. Siempre en el mismo lugar, siempre las mismas.

Publicado la semana 21. 24/05/2021
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