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Ramón Cerero

La caja enterrada

Germán Cara de foca estimaba a todos sus muchachos, pero no pondría la mano en el fuego por ninguno de nosotros. El jefe no se fiaba de nadie. Llevaba demasiado tiempo en el negocio. Algunos chicos decían que Germán también había comenzado como correo, cuando entró en la organización, allá por el cincuenta. Debió de ser por aquellos tiempos cuando comenzaron a decirle Cara de foca, pues el jefe tenía ojos saltones y un morro pequeño y adelantado que remataba con un bigote de pelo lacio. Claro que ahora a ninguno de los chicos se le ocurría emplear ese apodo delante del jefe. A Germán no le gustaba lo de Cara de foca. Los más cercanos, como el Chino o Duarte, lo llamaban señor Germán. El resto simplemente lo llamaba jefe. Jefe, ya entregamos el dinero. Jefe, aquí le traemos a Manuel. Jefe, ya recogimos la cajita.

Germán no se fiaba de ninguno de nosotros pero tenía mucha confianza en el trabajo en equipo. Por eso siempre trabajábamos de dos en dos. Se podría decir que Martínez era mi compañero, o que Martínez era el hombre encargado de vigilarme, o que Martínez era el hombre que respondía por mí ante el jefe. También se podría decir, sin faltar a la verdad, que yo era el compañero de Martínez, o que yo era su vigilante, o que yo respondía por lo que hiciera Martínez ante el jefe. La nuestra era una relación basada en la confianza, o en la desconfianza, si lo prefieren. En nuestro trabajo eran necesarias ambas cosas, la confianza y la desconfianza. Ambas formaban una aleación más fuerte que el acero. Ambas unían a nuestros hombres más que el dinero o cualquier otra cosa que se pudiera pensar. Mi destino es tu destino, leíamos en los ojos de nuestro compañero, cuando nos mirábamos a la cara. Esto era algo necesario para que el negocio funcionara, para que no se produjeran accidentes. El hecho de que alguien, en el pasado, hubiese intentado romper esos lazos sagrados entre nosotros, no sólo había sido una traición, sino que había representado un sacrilegio, un pecado mortal para la organización.

De ahí que nadie se sorprendiera de que mataran a Benítez cuando faltó aquella gargantilla de perlas. Cuando el Chino telefoneó al jefe para decirle que faltaban las perlas, Cara de foca ordenó que le trajeran a Roldán, el compañero de Benítez. Podía llevarse los hombres que necesitara, pero la vida de Roldán dependía de que encontrara a Benítez y recuperara las perlas.

Roldán y los chicos mataron a Benítez en la casa de su amante. El muy estúpido se fue a esconder en uno de los sitios donde primero iban a ir a buscarlo. Supongo que a Benítez el miedo lo atontó. Antes de matarlo, los chicos le cortaron el dedo índice de la mano derecha, para sacarle dónde había escondido las perlas. La mujer tuvo suerte de que no la encontraron en casa cuando agarraron a Benítez.

No había muchos casos como el de Benítez, pero a nadie le gustaba hablar sobre ello. No era necesario. Estaba continuamente en la mente de todos nosotros. Nadie quería hablar de ese tipo de cosas. Lo que no se cuenta no existe. Lo que no se expresa en palabras no puede existir. Sólo así podíamos continuar confiando en nuestro compañero. Sólo así podías leer en los ojos de tu compañero mi destino es tu destino, tu destino es mi destino. Confianza y desconfianza entrelazadas de tal forma que pudieses dormir a pierna suelta por las noches.


 

Debería estar enterrada ahí delante. Si continúo caminando por este camino de tierra rojiza, encontraré a mano izquierda una gran roca con forma de mesa. Puede que me confunda. Cuando enterré la caja era de noche, aunque la luna llena iluminaba este paisaje como si fuese sólo el atardecer. Enterré la caja bajo una luz de noche americana. Una luz filtrada por una lente ahumada, como de día viejo.

Recuerdo que dejé el coche allá abajo, junto al merendero. Había logrado despistarlos metiéndome por carreteras secundarias. Pero no estaba seguro de que no me encontraran. Por eso decidí deshacerme de la caja lo antes posible. Caminé por este mismo camino de tierra, esa noche. Me adentré un par de kilómetros; quizás algo más. Después vi ese bosquecillo de fresnos. Era el lugar adecuado. Aquella noche una leve brisa movía las ramas de los árboles. Aquellos fresnos parecían despertar a la vida, protestar por mi presencia en sus dominios a esa hora de la noche. Apresurado por el miedo, escarbé como un loco, con las manos desnudas. En varias ocasiones me detuve, alarmado por lo que parecía el sonido del motor de un coche en la lejanía. Sólo es el río allá abajo, pensé entonces.

La caja no era muy grande. Era una cajita de metal azul marino. Por eso no tuve que escarbar a mucha profundidad. La cubrí de tierra y después puse encima unas hojas secas y restos de hierba. Cuando terminé de disimular el terreno en el que había enterrado la caja, me di cuenta de que tenía las manos destrozadas. La tierra entre las uñas, mezclada con la sangre.

Entonces no creí necesario marcar el lugar. Estaban el camino que sube desde el merendero, esa piedra grande en forma de mesa, y ese bosquecillo que forman lo fresnos. Grabé en mi mente esos detalles para cuando regresara más tarde a recuperarla. El camino, la piedra, el bosque. Aunque tardara años en regresar al lugar, nunca olvidaría el sitio. El camino, la piedra, el bosque. Y allí, la caja enterrada. El camino, la piedra, el bosque…


 

Supongo que el hijo de puta de Martínez intercambió las cajas cuando subimos al coche. Tuvo que prepararlo mucho antes. Planearlo durante meses antes de atreverse a ejecutarlo. Lo imagino comprando una caja idéntica a la del joyero, llenándola después de cristales falsos, y después guardándola en algún lugar del coche para cambiarla por la buena, esa misma mañana. Y más tarde yo entregándosela al jefe, la caja metálica con los diamantes falsos.

Germán no tardó mucho tiempo en darse cuenta de que lo habían estafado. Los chicos agarraron primero a Damián, el joyero. Yo recibí la visita del Colombiano y de Roldán casi al mismo tiempo. Pero a Martínez no lo encontraron en ningún sitio. Así que Cara de foca me soltó todo aquello de que su destino era mi destino.

Pero a Martínez iba a ser más difícil agarrarlo que a Benítez. Además el muy cabrón nos llevaba ventaja. Aunque eso sí, yo contaba con la ayuda de la organización. Eso compensaba el juego. Todas esas personas que trabajaban para Germán, a lo largo y ancho del país, también lo buscaban a Martínez. Alguien, en algún lugar, lo tenía que ver. No se podía esfumar así como así.

Esa misma tarde, uno de nuestros chicos llamó al Chino para decirle que lo habían visto. Un empleado de una gasolinera de Guarda, en Portugal, había llenado el depósito del coche de un hombre que se parecía mucho a Martínez. No conducía un Renault, pero era bastante probable que fuera él.

La organización en Portugal se puso en estado de alarma. Más tarde lo localizaron en un motel de Tras Os Montes, donde había alquilado, con un nombre falso, una habitación para pasar la noche. Germán ordenó que no lo tocaran, que lo pusieran en vigilancia hasta que los nuestros lo alcanzaran. Había que atraparlo vivo para recuperar la caja.

Conducimos durante cuatro horas. Cuando llegamos al sitio, Nuno nos aseguró que nadie había entrado ni salido del hotel desde las diez de la noche. Así que el cabrón de Martínez debía de estar ahí, con la cajita.


 

Después de aquella noche, muchas veces he regresado a buscar la caja enterrada. Pero aún no he logrado recuperarla. A veces me parece que ha pasado mucho tiempo de aquello. Me cuesta reconocer el lugar. El merendero parece ahora en ruinas. La madera de las mesas está podrida. La hierba ha crecido tanto que casi las oculta. Pero estoy seguro de que éste es el lugar. Me cuesta seguir el sendero, invadido ahora de maleza. Con los ojos fijos en el suelo emprendo el mismo viaje que realicé esa noche de luna llena, ahora a plena luz del día. Pero a mitad del camino he de rendirme y reconocer que me he extraviado, pues no encuentro la piedra con forma de mesa que había a mitad del recorrido.

Otras veces, sí que encuentro la piedra, pero se muestra a mi derecha, en lugar de a mi izquierda, como si un gigante la hubiese movido para gastarme una broma. O puede que haya seguido otro camino por error, uno que rodea la piedra por el lado opuesto.

A veces la piedra aparece en el lado correcto del sendero, a mi izquierda, pero entonces no tiene forma de mesa. Más bien parece un huevo gigante de dinosaurio, abandonado allí millones de años antes.

En alguna ocasión, a mitad de mi recorrido, he tenido que abandonar el sendero y refugiarme entre los matorrales porque he oído voces. Voces de campistas. Una voz de mujer, unos niños que gritan, incluso he oído a un perro que ladra. Me he escondido de esas voces. He esperado oculto hasta que esas voces han continuado camino arriba, invisibles y misteriosas.

He buscado la caja también de noche. Varias noches de luna llena he iniciado mi recorrido bajo una luz mágica como la de aquella noche, pensando que quizás así sería más fácil hallar la caja enterrada. El merendero, bajo esa luz transformadora, no parece entonces un lugar abandonado. Quizás alguien ha cortado la hierba durante el día. Extrañamente, esas noches, el camino está despejado. La maleza se ha retirado al caer el sol y ha dejado al descubierto esa tierra rojiza que pisé en aquella ocasión en que enterré la caja. Me es fácil caminar por esa senda, sin miedo a perderme. Durante el trayecto oigo el canto repetitivo del búho. En alguna ocasión, en el silencio de la noche, me ha parecido percibir un almohadillado agitar de alas sobre mi cabeza.

Esas noches, la gran piedra en forma de mesa siempre ha aparecido a mi izquierda, puntual a la mitad del recorrido, blanca y brillante bajo la refulgente luz lunar. Incluso he llegado hasta el bosque de fresnos. Pero entonces, he tenido que salir del camino y esconderme como cuando me cruzo con las voces de los campistas durante el día. Varias personas parecen haberse refugiado en mi bosque. Aunque no puedo verlos, puedo oír como conversan. Parecen dos muchachos que a veces ríen. No me queda más remedio que esperar a que se marchen para buscar mi caja. Aguardo escondido, arrullado por esas voces. Pero el sueño siempre me vence. Al amanecer, cuando abro los ojos, el paisaje se ha transformado. Quién sabe, quizás he caminado dormido, como un sonámbulo. El bosque ha desaparecido. El bosque, la piedra, y el camino desaparecen. Entonces tengo que iniciar de nuevo mi búsqueda de la caja enterrada. El camino, la piedra, el bosque. Por ese orden. El camino, la piedra, el bosque. Y allí, la caja enterrada.


 

Cuando fuimos a por Martínez descubrimos que el pájaro había volado. Supongo que escapó por alguna de las ventanas de la parte de atrás. Supimos después que había robado un coche en el aparcamiento de la plaza del pueblo, un Citroën blanco.

No iba a ser fácil agarrarlo vivo a Martínez. Pero no podía haber ido muy lejos. Los muchachos de Oporto estaban en alerta. Se establecieron discretos controles en los peajes de las autopistas. El Colombiano y Roldan buscarían el Citroën blanco por el norte. El Negro y yo lo buscaríamos por el sur.

Fue un golpe de suerte que esa misma noche encontrásemos el coche aparcado en aquel merendero, con el motor aún caliente. Pero no había ni rastro de Martínez. Lo más probable es que regresara a por el coche. Lo mejor era esperarlo. Había luna llena y lo íbamos a ver bien venir de lejos.

No había pasado una hora cuando oímos los pasos de alguien que bajaba del monte. El Negro y yo estábamos preparados. Pero no iba a ser fácil agarrarlo vivo a Martínez.

Publicado la semana 24. 14/06/2021
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