25
Ramón Cerero

El descendiente (1 y 2)

 

1. Se expone el caso, por el principio:

Me llamo Agustín Cervantes Cueto y soy el último descendiente vivo de Miguel de Cervantes. O al menos lo era hace unos meses. Ahora algunos me intentan convencer de lo contrario. Imagínense que un día le dicen a uno que es pariente directo del maestro y otro día le dicen que no, que todo ha sido un desgraciado error. Imagínense, si es que pueden, lo que se puede sufrir con estas cosas.

Pero lo mejor es que cuente todo lo sucedido de manera ordenada, de forma que se me entienda. Aunque no sea tan buen escribidor como mi antepasado, tampoco me chupo el dedo en esto de juntar letras. En el colegio me decía mi maestro don Luís que yo escribía como los ángeles. “¡Qué buena letra tienes Agustín! A ver si aprenden tus compañeros.” Me hubiese gustado ver la cara de sorpresa del bueno de don Luís cuando se enteró sobre todo ese lío de lo del último descendiente vivo de Cervantes, si es que aún vive el buen hombre.

Bueno, ¿por dónde empiezo? Quizá lo mejor sea explicar lo del famoso apellido. Soy Cervantes por parte de padre, y mi padre lo es por parte de mi abuelo; así de simple. Aquí en Valladolid no es un apellido infrecuente. Sé, también, que en muchas otras poblaciones, numerosas en Andalucía, el apellido es bastante común y no es raro encontrarse con muchas personas que, aunque no son familia, comparten tan insigne cognomen. Hay mucha gente que lleva apellidos famosos sin tener nada que ver con el artista, escritor o científico que les dio la fama. En otros países ocurre lo mismo. El otro día, sin ir mas lejos, vi en la televisión un partido de fútbol de un equipo inglés y me enteré de que existe un entrenador que se llama Shakespeare, ni más ni menos. También me imagino que en Francia debe de haber muchos Montaignes y Vernes que no tienen relación con las personas que escribieron esos libros tan reconocidos. Yo incluso tengo un primo hermano que se apellida Cervantes Lorca. El pobre casi no sabe escribir la o con un canuto, a pesar de ser el portador de tan insignes apellidos. Por eso yo siempre he llevado mi apellido con naturalidad. Y con esa misma naturalidad reaccionaban los que tenían conocimiento de el.

2. La crueldad de los niños:

Aquí he de hacer un punto y aparte. He de confesar que durante el colegio sí que mi apellido llamó la atención de algún compañero malintencionado que lo consideró baldón con el que poder zaherirme. Y durante unos años tuve que aguantar bromitas y burlas de escaso ingenio y dudoso gusto: “Cervantes, escríbeme un Quijote para el fin de semana” o “Cervantes, Dulcinea te espera en la cafetería”. Incluso uno, más refinado y al parecer conocedor en profundidad de la biografía del escritor, le dio por llamarme durante todo un año “el manco de Lepanto”. Afortunadamente el individuo repitió curso y me libré de lo de “manco de Lepanto”, mote que comenzaba a hartarme. Tuve suerte de que todo terminara antes de que yo agotara mi paciencia. Pues se sabe que cuando el que ofende conoce que molesta, más se aferra al insulto y ya no hay quien se libre del sobrenombre y queda uno para toda la vida con lo de manco o cosa peor. Y pasando los años los motes incluso los heredan los hijos y los nietos, quedando la ocurrencia de un día de colegio eternizada en la biografía del pobre desgraciado que la sufre. De estas cosas del azar depende nuestra vida y muchas veces me da por pensar lo vulnerables que somos y lo sujetos que estamos a los cambios de la fortuna.

Publicado la semana 25. 21/06/2021
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
25
Ranking
0 97 0