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Ramón Cerero

El descendiente (9 y 10)

9. Una llamada

Y por fin llegamos al asunto. Una noche de octubre, mientras veíamos la tele, sonó el teléfono. María lo cogió, pues es ella la que tiene la preferencia en lo del teléfono. Cuando me dijo que un señor quería hablar conmigo, intuí que algo extraordinario debía de ser, pues yo no tengo amigos que llamen a casa, y mis padres hace unos años que fallecieron dejándome casi sin familiares, pues era yo hijo único. El señor en cuestión resultó ser un secretario del ministerio de cultura, llamado Alberto Cuenca, que me comunicaba oficialmente que mi muestra de material genético era la que más semejanzas tenía con la obtenida de la hermana del escritor. El señor Cuenca me felicitó efusivamente y me invitó a que le visitara el día siguiente en el ministerio, en Madrid. Ellos se encargarían de todos los gastos de mi viaje y del alojamiento. ¿Qué les puedo contar de lo que sentí cuando me comunicaron la noticia? Poca cosa, pues yo aún estaba entre la sorpresa y la incredulidad y me costó un buen rato entender lo que me estaba pasando. No sabía si alegrarme o preocuparme, pues me parecía a mí que tenía motivos para ambas cosas. Y esto me lo ha confirmado todo lo que ha pasado después. Pues, aunque han sido muchas las recompensas y premios, no han faltado tampoco las amarguras. No sabemos lo bien que estamos cuando vivimos tranquilos y lejos de las cosas de la fama. Cosa normal, me parece a mí, es que uno no valore lo que tiene hasta que lo pierde.

María enseguida se dio cuenta de que se trataba de un asunto importante. Después de contarle todo, nos pusimos manos a la obra para preparar las cosas para el viaje que ambos haríamos al día siguiente. Llamé a mi jefe para pedirle el día libre y él también me felicitó. Ya sabía él que yo era caso aparte. “Si hablas con periodistas acuérdate de nombrar el taller, Carrocerías Anselmo; acuérdate de que tienes que decir Carrocerías Anselmo…”. Aquella noche no pegamos ojo. Poco sabíamos entonces que iba a ser esta primera noche de mal dormir una de tantas, y que la vida nos iba a cambiar a partir de aquel momento.

10. “No se merece usted menos”:

Para continuar con mi relato, prefiero contarles primero las cosas buenas que vinieron después de aquella llamada, pues tiempo suficiente espero tener, si no se aburren antes con mi historia, para las desgracias. Lo primero bueno que nos sucedió fue ese viajecito a Madrid. María y yo no viajábamos mucho y, exceptuando nuestro viaje de luna de miel a Lanzarote, nunca habíamos salido de la provincia. Además, he de decir, en honor de la verdad, que los del ministerio nos trataron a cuerpo de rey. Cuando llegamos a Atocha allí estaba el mismísimo secretario del Ministerio de Cultura, que resultó ser un hombre bastante amable, aunque un poco remirado. Era este tal Alberto Cuenca un señor alto, con bigotito y aires de poeta fino. No tan agradable nos resultó la presencia de otros señores que había con él, y que eran el periodista y el fotógrafo encargados de dar fe de la llegada a la capital del muy buscado heredero de Cervantes. Pero la sensación desagradable, provocada por las maneras bruscas de los periodistas y las numerosas fotos que nos tomaron, se esfumó cuando el señor Alberto nos dejó en el Hotel Palace. ¿Cómo explicar lo que se siente cuando uno se aloja en estos hoteles de cinco estrellas? Podría decir que sentíamos una especie vergüenza y orgullo al mismo tiempo, si es que esto se puede decir. En mi vida me han tratado tan amablemente. La falta de costumbre nos hacía enrojecer cada vez que alguien nos habría una puerta, o que algún camarero o botones nos hacía una reverencia. Nos parecía al principio que eran bromas o burlas todos estos gestos de etiqueta tan comunes y triviales en estos ambientes, pero que a nosotros nos parecían un poco teatreros. Y aunque no he visto en mi vida un hotel más lujoso, ni habitación como la que nos asignaron, no nos pudimos quitar de encima la sensación de incomodidad que nos producía todo aquello. El secretario del ministerio, que era hombre atento y despierto, enseguida se dio cuenta de nuestra contrariedad y nos pregunto si queríamos alojarnos en otro sitio. Dios bendito, si aquello era maravilloso, pensábamos nosotros. A mis sugerencias de que aquello quizás era demasiado, el señor Alberto contestó sin dudar: “Recuerde usted, señor Agustín, que usted es el heredero más cercano de nuestro genio nacional. No se merece usted menos”.

 

Publicado la semana 29. 19/07/2021
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