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Ramón Cerero

El descendiente (11 y 12)

11. La prueba de la existencia del alma:

Aunque la cama era faraónica, si es que se puede decir eso sin saber si los faraones durmieron alguna vez en camas como nosotros o en otro tipo de ingenio (eso lo dejo para que lo averigüen los historiadores), no dormimos mucho, presos como estábamos de los nervios por tanta novedad. Y la mañana nos trajo más sorpresas todavía, ya que con el desayuno nos subieron el periódico. ¿A qué no adivinan ustedes quién salía en el periódico? Bueno, a estas alturas seguro que sí. Pues allí en la portada, en un recuadrito estaba una de las fotos que nos habían tomado la mañana de nuestra llegada. Esta mal que yo lo diga, pero María y yo somos fotogénicos y rara es la foto en la que no salimos niquelados. Cosa extraña ésta, si se piensa bien, pues la fotografía debería sacar a uno tal como es en la realidad. Tengo yo un compañero, Miguelito Borras, que es el más guapo del taller y siempre anda por ahí con chicas. Pero, como él mismo me ha confesado, ninguna foto que le toman le hace justicia. Y él me envidia mucho eso a mí, el que sin ser yo tan guapo al natural sí que le saco ventaja en el celuloide. Y se consuela pensando que menos mal que no se gana la vida con eso de la imagen, pues si fuera así se iba a morir de hambre. Para que hablen luego de la fotografía como fiel testigo de la realidad. Pienso yo que eso de la fotogenia debe de tener algo que ver con el alma de uno o con el aura, o con alguna de esas cosas inmateriales que tenemos cada uno de forma individual. ¿Dependerá la fotogenia de lo guapo que tenga uno el espíritu o el aura? Vaya, ya me he despistado otra vez de lo que les estaba contando…

12. El verdadero y dulce triunfo:

Ah, sí, ya recuerdo… Les estaba contando a ustedes todas las cosas maravillosas que nos pasaron después de la famosa llamada telefónica. Un rato después de desayunar en la excelente habitación del Palace, un camarero nos avisó de que un coche nos esperaba fuera para llevarnos a la Biblioteca Nacional, lugar donde nos encontraríamos con nuestro cicerone. Esa misma mañana se iba a celebrar un gran acto con la prensa en el que yo iba a ser presentado. Imaginen qué cosas rondarían por mi cabeza. ¿Quién no ha sentido nunca que es un ser especial, que está destinado de alguna forma a realizar grandes cosas? Esa mañana, los hechos se conjuraban para confirmarme esa intuición que yo siempre había tenido. María y yo casi nos caemos de espaldas al ver el coche oficial del ministerio. Nunca he visto yo llegar al taller, en todos los años que llevo trabajando, un coche mejor. Se trataba de un enorme Audi de color gris. Además, un conductor con un traje tan elegante que parecía un dependiente del Corte Inglés nos invitó a subir, e incluso nos abrió las puertas. Aquella mañana de Madrid fue como un sueño. El corto paseo en coche por la ciudad fue como andar por las nubes. Luego sucedieron tantas cosas que a día de hoy me cuesta recordar con claridad la infinidad de acontecimientos del fin de semana: la presentación en la Biblioteca, las entrevistas con la prensa, las visitas oficiales al ministerio, la comida en un restaurante de postín, la vuelta al hotel… Las cosas vividas aquel fin de semana fueron tantas y tan buenas que necesitaría una vida entera para poder rememorarlas como se merecen. Y sólo una pequeña cosita me fastidiaba de todo aquello: que mis padres no vivieran y que no pudiesen ver el triunfo tan grande de su hijo. Muchas veces he pensado que el verdadero y dulce triunfo es el que se logra pronto en la vida, cuando nuestros padres lo pueden compartir con nosotros, y un poco agridulce es aquel que se produce tarde. Pero las cosas vienen cuando vienen y no cuando uno quiere…

 

Publicado la semana 30. 26/07/2021
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