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Ramón Cerero

El descendiente (13 y 14)

13. La cara y la cruz:

Muchas más cosas buenas nos sucedieron a la vuelta de Madrid. Entre las muchos homenajes y felicitaciones que me llovieron del cielo, dos fueron las que más ilusión me hicieron. Lo primero fue que el alcalde, el excelentísimo Andrés Burguillos, me hizo entrega del título de hijo predilecto de la ciudad de Valladolid, concedido por decisión unánime en el pleno del ayuntamiento. Y el otro honor que también colmó mis ilusiones fue la invitación del Real Club Valladolid para que realizara el saque de honor del partido de liga contra el Real Madrid. Yo, socio del Pucela y vallisoletano de pro, ya podía morirme tranquilo….

Pero la vida, como una moneda, tiene dos caras. Y si hasta ahora les he hablado de la cara, también tengo que hablarles sobre la cruz. Pues algunas cosas malas me sucedieron después de adquirir tan gran fama en poco tiempo.

Los primeros problemas aparecieron en el trabajo. Mi jefe comenzó a tratarme de manera fría. Yo, al principio, pensé que podría deberse a que yo fuera de repente un hombre importante, lo que podría justificar el cambio en nuestro trato. Puede incluso que mi jefe, ante la nueva situación, no quisiese tratarme abiertamente como a un subalterno. Fuera lo que fuese, Anselmo dejó de hablarme y yo veía claramente que ya no era su ojito derecho. Después de varias semanas decidí afrontar la situación y aclararlo. Pero la causa del cambio en Anselmo era muy otra de la que yo pensaba. Y es que resultó que Anselmo estaba terriblemente enfadado conmigo porque en ninguna de las entrevistas, en ningunas de las presentaciones públicas, en ninguno de los numerosos actos que había realizado aquí y en Madrid, me había acordado de nombrar a Carrocerías Anselmo. “¿Qué te hubiera costado nombrar el taller? ¿Qué te hubiese costado decir, una vez por lo menos, que trabajabas en Carrocerías Anselmo? No esperaba eso de ti, Agustín, de verdad que no lo esperaba… Después de tanto tiempo trabajando juntos…”. Y aquello se enquistó y la cosa fue empeorando. Ahora los trabajos mas especiales los hacían Antonio o Miguelito, o cualquier otro. Yo sentía que se me trataba injustamente, pues no tenía en consideración mi jefe lo difícil que son las cosas cuando hablas delante de tanta gente. Como para acordarte de mencionar el dichoso taller… En resumen, la cosa es que se me fue envenenando la sangre. Hasta que un día decidí marcharme de Carrocerías Anselmo y comenzar en otro taller. Muy triste fue despedirse de los compañeros el último día de trabajo, y una cierta amargura tuve cuando Anselmo ni siquiera se digno a bajar de su despacho para darme un último adiós. Pero, aunque éste fue un episodio muy triste, no fue lo peor que me sucedió.

14. El último de su estirpe:

Más graves fueron otro tipo de problemas personales que comenzaron con mi dichoso nombramiento oficial de único heredero de Cervantes. Y esto fue que la gente comenzó a opinar sobre cosas que no les incumbían. Mucha gente se extrañó de que María y yo, una pareja joven, con más de cinco años de matrimonio, aún no tuviésemos hijos. A nadie se le ocurrió pensar que quizás no los queríamos. Porque no es cosa rara eso de que no se tengan hijos. Muchas parejas hay que no los quieren, y otras muchas conozco que tienen hijos y siempre están contándote lo arrepentidas que están. “No tengas hijos, Agustín”, “Mal negocio eso de los hijos, te lo digo yo que los tengo”, eran los consejos que algunos hombres mayores del taller me daban con cierta frecuencia. Pero nuestra intima desgracia era que María y yo siempre quisimos tenerlos. Los primeros años del matrimonio aguardamos con paciencia, pues a la naturaleza no hay que meterle prisas. Pero después de esperar dos años, las visitas a los médicos se hicieron ineludibles. No les quiero contar aquí los pormenores, ni los detalles, de la causa de nuestra incapacidad para tener descendencia, pues aún es un tema demasiado doloroso. Y aunque no lo fuera, hay cosas que deben de quedar en la intimidad de uno. Una cosa es contarles la verdad y otra cosa es contarles toda la verdad. Pues algo debemos de guardarnos siempre para nosotros. Siempre he creído que no se puede, ni se debe, hablar de ciertas cosas. Para lo que les interesa a ustedes sólo he de decirles que por aquel tiempo María y yo habíamos aceptado lo de no tener hijos. Por eso fue tan traumático escuchar los comentarios públicos que se lamentaban de que el único heredero del insigne escritor se acabara en mi persona, pues era una pena que se acabara en mí una línea que hasta nuestro tiempo se había prolongado sin extinguirse. Esto afectó terriblemente a María, ya que despertó de nuevo en ella el íntimo deseo de tener una criatura. Yo hice lo que pude para consolarla. Volvimos nuevamente a visitar a los médicos, pero nada nuevo había que pudiese ayudarnos, lo que sumió nuestro matrimonio en un triste periodo. Y si lo que teníamos era mucho, lo que no teníamos, la criatura que nos faltaba, comenzó a inclinar la balanza. Y poco faltó para que esto no acabara con nosotros. Pero como reza el dicho, Dios aprieta, pero no ahoga.

Publicado la semana 31. 02/08/2021
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