33
Ramón Cerero

La enfermedad de Mary

No podía dormir. Mary estaba enferma. Algo le pasaba a su boa constrictor. Llevaba varias semanas sin comer. Se pasaba el día en el terrario, enrollada debajo de la rama que había colocado para que Mary enroscara su largo cuerpo. Cuando la sacaba del terrario Mary se estiraba sobre el suelo frío del dormitorio y después volvía a enrollarse sobre sí misma. Él acariciaba su fría piel y le preguntaba casi en un susurro: “¿Qué te pasa Mary? “.

Mary se arrastraba muy despacio por el dormitorio esa noche. Siempre le había permitido moverse libremente por toda la casa. Pero estos días no se alejaba mucho de él. Cuando él se metía en la cama, Mary trepaba por las patas de ésta y se acercaba a él como buscando un refugio. Se extendía a lo largo de la cama y ponía la cabeza cerca de la almohada. Él la miraba preocupado. Al verla así, extendida sobre la cama, como estirándose, con parte de su cuerpo aún en el suelo, le sorprendía un su longitud, como si hubiese crecido más todavía en los últimos días. Ya no era más su pequeña Mary. No, su cuerpo anillado era grueso y fuerte. Su cabeza era ahora ancha y sus ojos eran negrísimos y brillantes. Pobre Mary. Un mes enferma y ahora esta costumbre de acercarse a él por la noche, esa manía de meterse en la cama, quizá buscando el calor de su cuerpo. ¡Qué sensación más extraña cuando su fresco cuerpo se pegaba al suyo!

Mary casi nunca había estado enferma. Pocas veces había tenido que llevarla al veterinario excepto aquellos primeros días de adaptación. Había mudado un par de veces la piel. ¡Cómo le gustaba tocarla después de la muda! En esas ocasiones su piel fría y brillante tenía la suavidad de la piel recién estrenada. Le gustaba recoger la vieja piel, la envoltura que se deshacía al tocarla y que era una película transparente y rugosa, pero tan suave como la seda. También le gustaba mucho verla comer. El mejor momento del día era cuando por la tarde llegaba a casa después del trabajo, con una cajita de cartón en la que solía llevar un par de ratoncitos blancos. Los compraba en la misma tienda en la que vio a Mary por primera vez. La serpiente atrapaba a los ratoncitos en el mismo instante en que él los depositaba en el suelo del terrario. Después su cuerpo se hinchaba. Una bola se formaba en su cuello. Con el paso de las horas ese bulto alimenticio iba bajando por su largo y hermoso cuerpo. En unos días la tumefacción disminuía hasta desaparecer. Pero últimamente Mary ya no comía como antes, estaba inapetente. Sólo recuperaba algo de su vitalidad cuando la acariciaba en la cama. En esos momentos Mary se estiraba lentamente, ocupando el lado de la cama opuesto al suyo. ¡Pobre Mary!

Mañana la llevaría al veterinario en su cesta. Una cesta que parecía inmensa cuando la compró pero que ahora casi le quedaba pequeña. La metería en la cesta y la taparía con una tela oscura para que la gente no viera a Mary. La mayoría de las personas se asustan al ver a una serpiente. No importa que se trate de una serpiente tan hermosa como Mary. Es un miedo irracional, primigenio, un miedo que parece venir de un lugar muy antiguo y oscuro. Él no podía entender ese miedo, no podía compartir el asco que decían sentir ciertas personas hacia las serpientes. No le importaba mucho lo que otras personas sintieran. Tampoco ellos entendían lo que él sentía por Mary.

Cuando entraron los primeros rayos de luz por la ventana se levantó para desayunar y preparar la cesta de Mary. Había dormido tan mal como las últimas semanas. Mary había pasado la noche en la cama, junto a él.

En la sala de espera del veterinario sólo había otra persona más esperando. Una chica joven, con el pelo largo y negro, que tenía un gato atigrado en un pequeño transportín que apoyaba en sus rodillas.

Sentado en la sala de espera recordó las otras veces que había tenido que visitar al veterinario, aquellos primeros días de adaptación. Hacía de eso ya mucho tiempo. Entonces Mary aún no tenía un mes y tampoco aceptaba la comida que le ofrecía. Él era bastante inexperto en aquella época. El veterinario, en esa ocasión, le ayudo mucho; le explicó que tenía que mantener el terrario a la temperatura adecuada, que la lámpara que daba calor a la serpiente debía estar encendida todo el día. Además le habló de que debía extremar la precaución durante las comidas de Mary. Los pequeños animales vivos que ofrecía a la serpiente en esas primeras ocasiones podían atacarla y hacerle alguna lesión que empeorara la situación. Mary podría desarrollar un rechazo o asustarse ante un ratón si se había producido una mala experiencia. El primer bocado de Mary en casa fue una cría de ratón blanco, completamente muerta. Hasta el mes siguiente no volvió a intentar alimentarla con otra cría del mismo tamaño, esta vez viva. Desde aquel momento todo habían sido progresos. Mary aumentaba de tamaño y cogía peso al mismo tiempo que aumentaba también el tamaño de los ratones que comía. Solo en aquellos primeros días había sentido él algo parecido a la preocupación que ahora sentía. La incertidumbre por la enfermedad de Mary le hacía recordar todos los hermosos meses que habían pasado juntos sin problemas. ¡Qué extraño lo normal que nos parece todo cuando no estamos enfermos! Sólo cuando nuestra salud decae nos damos cuenta de lo afortunados que hemos sido anteriormente, sin darnos cuenta. En estas reflexiones estaba cuando Miguel, el veterinario, abrió la puerta de la salita de exploración y le hizo una indicación con la mano derecha para que pasara.

“¿Cómo sigue Mary?” preguntó mientras abría la cesta en el que la serpiente se hallaba recogida sobre sí misma.

“Estoy muy preocupado Miguel. Todas estas semanas he hecho todo lo que me has recomendado. El terrario está seco y limpio, el agua que utilizo para su pequeña charca es agua embotellada. Pero Mary sigue sin comer.”

“Mary ha crecido mucho, quizá necesite un espacio más grande” dijo el veterinario mientras intentaba abrir la boca sin dientes del animal.

Después miró con la ayuda de una linterna-bolígrafo a las profundidades de la boca. A continuación inspeccionó el cuerpo escamoso de la hermosa serpiente en el que el verde y un ligero gris-amarillo brillaban alternativamente. Él miraba las maniobras del veterinario con las manos apoyadas en la mesa de exploración, flexionando una rodilla y cambiando la distribución del peso de su cuerpo a cada nuevo movimiento del médico.

“Estoy desconcertado” dijo el veterinario rascándose la nuca. “No sé cuál puede ser el problema de Mary.”

Hablaba con él sinceramente. Habían hablado mucho por teléfono estas últimas semanas y la preocupación que mostraba el veterinario parecía sincera.

“¿Hay algo nuevo? ¿Algún comportamiento que pueda explicar lo que le pasa?”

“Bueno, últimamente le da por meterse en mi cama…” La cara se le enrojeció un poco y necesitó decir algo más: “Es decir… se estira en la cama cerca de mí y se extiende a lo largo de toda la cama, desde mi cabeza hasta los pies.”

El veterinario se quitó las gafas y las limpió con un pañuelo que tenía en un bolsillo de una bata blanca, no muy limpia.

“Quizás se trata de un problema de regulación térmica” siguió hablando él, intentando explicarse, “quizá necesite calor y por eso se acerca a mí. Puede que el termostato del terrario esté mal…”

“¿Y dices que se estira a lo largo de la cama, en paralelo a tu cuerpo?”

“Así es, la pobre Mary pasa a veces toda la noche entera así.”

“Creo que sé lo que le puede estar pasando a tu serpiente.”

“¡Qué alegría! ¿Es muy grave? ¿Se puede curar?”

“No estoy seguro…Quizás esté equivocado… pero creo que tu boa constrictor te está midiendo. Te considera una presa y se está preparando para…. Está en su naturaleza y es una reacción normal en las serpientes de este tipo. Es lo que su instinto le dice que tiene que hacer. Las serpientes de este tamaño ya comen presas muy grandes. Evidentemente no hay peligro pero deberías tener más cuidado con ella. Las alteraciones psicológicas de estos animales son aún un misterio...”

¡Qué tontería! pensó para sí mismo. Lo que le decía el veterinario era algo horrible. Esto le confirmaba su idea de que nadie entendía a Mary, ni siquiera el veterinario que la había visto crecer.

“Le recomiendo que continúe ofreciéndole ratoncitos muertos y que no la saque del terrario. Intentaré investigar un poco lo que hay escrito sobre este tipo de comportamiento. Nos veremos en una semana.”

Entre ambos agarraron a Mary y la levantaron para depositarla en su gran cesta. No se movía y su actitud era la misma que antes de sacarla: permanecía enroscaba sobre sí misma. Tras pagar la factura y concertar una cita para la próxima semana se fue a casa. Por el camino dio vueltas y más vueltas a lo que le había dicho el veterinario. Había oído hablar del embarazo psicológico en algunas criaturas, pero nunca nada parecido a lo que acababa de oír ¿Cómo es posible que ayunara para comérselo a él, un hombre hecho y derecho de más de setenta kilos, cuando no había sido capaz de engullir una pobre cría de ratón de laboratorio, un pequeño cuerpo rosado del tamaño de su pulgar?”

Cuando llegó a casa dejó a Mary en el terrario y se dio una ducha. El día había sido muy duro: la cita con el veterinario, la tensión de estos últimos días… No descansaba bien por las noches desde hacía unas semanas. Se acostaba pensando en la pobre Mary y se levantaba con la sensación de cansancio que le provocaba haber pasado toda la noche en un duermevela, en un sueño ligero. Relajado con la ducha de agua caliente se tumbó desnudo sobre la cama. La luz que entraba por la ventana se hacía cada vez más tenue hasta que, al anochecer totalmente, comenzó a entrar una nueva luz de una naturaleza amarillenta, procedente de la farola de la calle. Se acercó al terrario y sacó a la serpiente. La depositó sobre la cama y se tumbó, aún desnudo, junto a ella. Comenzó a repasar las manchas grises y amarillas de su piel. Sus variadas formas mostraban islas y penínsulas sobre un mar de color blanquecino y verdoso. Poco a poco, navegando entre las manchas grises de la serpiente, se fue quedando dormido.

Soñó que se encontraba desnudo, tumbado bajo un sauce llorón, sobre una hierba verde y fresca. Podía oír el ruido del agua que corría en un riachuelo cercano. A sus pies había un matorral que tenía en sus hojas restos de rocío. Al fijar un poco mejor la vista en aquel matorral pudo ver que de éste salían unos caracoles muy blancos. Estos extraños caracoles se arrastraban hacía sus pies. Cuando alcanzaron a tocar los dedos de los pies sintió un escalofrío. Después comenzaron a subir por los dedos dejando un pequeño reguero de baba. Ahora podía sentir que cada vez eran más los caracoles que subían por sus piernas. En un instante algunos habían alcanzado la cintura. Sus piernas, de repente, le pesaban terriblemente. Los extraños caracoles no se paraban a la atura de su cintura y seguían subiendo. En ese momento sintió sobre su pecho desnudo el frío de una carne blanda y pegajosa. Los brazos le comenzaron a pesar y notó que le costaba respirar. Su corazón se aceleró, sus latidos se hicieron más débiles. Eran unos latidos huecos que resonaban en los oídos y en los dientes, como unas olas que en un mar embravecido se estrellaran contra las rocas. Comenzó a notar en la boca un sabor ácido, perfumado de manzana. Cada vez le costaba más esfuerzo respirar; el peso sobre su pecho era inmenso y lo aplastaba. Piernas y brazos inmovilizados por una gran carga le impedían moverse para retirar de sí la gran cantidad de caracoles que ahora cubrían casi todo su cuerpo. Los caracoles que primero subieron a sus pies enfriaban ya su frente y comenzó a notar un mareo dulce que nada tenía que ver con la angustia que había sentido unos segundos antes.

En ese momento despertó y abrió los ojos. No veía nada. Todo estaba profundamente oscuro.


 

Publicado la semana 33. 16/08/2021
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