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Ramón Cerero

La entrevista a la hermana del poeta

 

Mi hermano nunca superó aquello. No puedo decir que lo conozca mucho, casi no he hablado con él en todo este tiempo, pero aquello le marcó para toda la vida. Cuando lo visitábamos siempre le miraba largo rato mientras hablaba con mi madre. Sus ojos no decían nada, solo miraban y asentían, como vueltos hacia otro sitio. ¿Pensaba en lo que ocurrió aquella noche? No sabría decirle. Eran unos ojos tristes. Unos ojos que ya veían todo a través de una película fina y brumosa, impregnada por la pena. Al menos yo lo veía así en aquel tiempo. Entonces yo era muy niña.

¿De qué hablaba con ustedes, con su madre, en aquellas visitas mensuales?

No lo recuerdo. Creo que era mi madre sobre todo la que hablaba. La tarde de aquellos Domingos era aquella voz suave y monótona de mi madre contándole a Karol lo que había de ocurrido en nuestro pequeño pueblo, o preguntándole por la vida en aquel frío caserón. Era sobre todo mi madre a la que recuerdo hablando. Karol a veces me miraba y forzaba de sonrisa que se quedaba en una mueca.

A los lectores de nuestra revista les interesa sobre todo lo que sentía él en aquel período. ¿Qué les contaba de aquella vida en reclusión?

Como le dije antes yo era muy pequeña. Parecía estar tranquilo, en paz consigo mismo. Incluso nuestras visitas a veces parecían molestarle. Era algo así como visitar a un monje. Eso creo, un monje solitario que agradecía la compañía pero que apreciaba la soledad de aquel sitio, la tranquilidad de aquellas paredes ocres y de los tilos que rodeaban el edificio.

Ustedes después perdieron el contacto con su hermano. Su vida en Varsovia no parece ser tampoco mejor conocida. ¿Qué recuerda de aquella época?

No sabría decirle. Teníamos muy pocas noticias de él. Con cierta regularidad nos llegaban cartas, no muy extensas, en las que nos decía que estaba bien, que había encontrado un sitio donde vivir, incluso un trabajo. Las cartas son conocidas por todos y fueron publicadas hace años. Mamá lloró mucho en los primeros tiempos. Pensar que su hijo no quería tener contacto con nosotros, que no quería regresar a casa fue muy doloroso para ella. Pero en cierto modo, con el tiempo, ella lo comprendió y aceptó eso como algo que él necesitaba, algo que curaría su alma de algún modo. Después llegaron sus primeros libros publicados por aquella editorial alemana. El resto ya lo conoce usted.

Fue reconocido como un gran hombre de letras. Incluso se le admiró fuera de nuestras fronteras. Y entonces…

Desapareció sin más. Nunca más supimos nada de él. Cuando mi madre murió tampoco fue al entierro. Supongo que ya nunca más lo volveré a ver.

Publicado la semana 35. 01/09/2021
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