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Ramón Cerero

Michael

Karol sale del reformatorio a los dieciocho años. Jamás volverá a su pueblo natal. Se instala en Varsovia y busca trabajo de carpintero, habilidad manual que gracias a la paciencia del viejo Peter ha perfeccionado durante los años de reclusión. No deja de escribir, sobre todo poemas. Se instala en un cuartucho de la Plaza de San Nicolás, desde el que puede ver los tejados de los edificios vecinos. Paga veinte slotis mensuales por su alquiler y, aunque la casera es una señora mezquina y sucia que vive en la portería, siente que está a gusto en ese lugar.

     Tras varias semanas buscando trabajo sólo consigue un empleo en un pequeño taller de un marmolista que hay a las afueras de la ciudad. El dueño y único empleado es un fuerte alemán con un gran bigote, que fuma en pipa mientras graba las palabras en las lápidas. El motivo de que el alemán necesite un ayudante se debe a que por esa época una epidemia de difteria asola la ciudad. Las manos del alemán son grandes y están muy castigadas por la erosión de los líquidos que utiliza en el taller pare embellecer las piedras. Durante ese periodo, todos los días de la semana, Karol coge el tranvía número seis hasta el distrito cuatro y se dirige al pequeño taller. Trabaja en Lápidas Michael toda la mañana. El trabajo se interrumpe para la comida a las doce y media. Después de comer continúan hasta las seis, hora en que emprende el regreso a su cuartucho del centro. El señor Michael es un poco brusco al principio, pero enseña a Karol con gran paciencia cómo tiene que hacer su trabajo. Las primeras semanas le muestra las diferentes lápidas que tiene en el taller, sus diferentes calidades y durezas. La piedra que más usan es un basalto negro extraído de la cantera local. En el taller hace frío y Karol sufre. Sus manos están llenas de pequeñas heridas. Al anochecer, en su cuarto, después de una taza de sopa caliente, agarra su bolígrafo e intenta escribir los versos que han rondado por su cabeza durante la mañana. Al igual que en las lápidas, las palabras se inscriben en el papel lentamente, con dificultad, debido al lamentable estado de sus manos.

     Mensualmente manda una carta a su madre, siempre con algo de dinero. Le dice que tiene un trabajo, que no se preocupe por él, que es feliz. Sus poemas de esta época son cortos, cristalinos, duros como trozos de hielo que se clavan en la carne. La pureza y frialdad de estos versos sólo desaparecen cuando aparecen en ellos algún recuerdo de Agnetta o de su madre.

     El dueño de Lápidas Michael está contento con el joven y serio polaco. Aprecia su sencillez y su forma de trabajar. Con el paso del tiempo las manos del joven también se endurecen y sus dedos se transforman, se hacen monstruosos como gruesas salchichas. Karol es feliz durante ese tiempo. Para Karol el sencillo taller tiene una pureza que nunca antes había encontrado en otro lugar. Ni siquiera en la naturaleza de la que tanto le hablara Frederich.

     Un día Michael enferma y Karol se tiene que encargar de todo el trabajo del taller. Durante varias semanas trabaja sólo por las mañanas y por las tardes visita al alemán en su casa de la calle Karlovi. Se sienta al costado de su cama y le cuenta todo lo que ocurre en el taller durante su ausencia. Contesta a todas las preguntas que el enfermo le hace. La casa de Michael es grande y oscura. Tiene dos plantas. El estado del viejo hace que tenga dificultades para subir las escaleras. Karol lo ayuda a cambiar algunas cosas. El nuevo dormitorio del enfermo se traslada a la planta baja.

     Toda la casa está dominada por el recuerdo de la difunta mujer del artesano. Los retratos de Sofía Kamenski que cuelgan de las paredes miran al joven intruso con tristeza. La difunta era una mujer de una larga melena negra y unos ojos oscuros que miran lánguidamente al fotógrafo. Michael le habla mucho de ella, le cuenta cómo la conoció hace ya más de veinte años. Una mañana Sofía Kamenski entró en el taller mientras él colocaba una gran lápida sobre caballetes. Desde ese instante se enamoró de ella. Se casaron seis meses después. Nunca tuvieron hijos pero fueron felices hasta la prematura muerte de Sofia, que fue atropellada por un tranvía cuando aún era muy joven. Sólo llevaban cinco años casados. Le cuenta a Karol cómo escogió para ella el mármol rosado de la cantera de Lubianski, y cómo pensó durante horas las palabras que él mismo inscribiría en la lápida: Debajo de esta tierra yace mi corazón. Sofía Kamenski 1940-1975. Michael le cuenta que esos años, antes del accidente, fueron los más felices de su vida. El hombre sólo vive por esos pocos instantes de felicidad. Haber vivido esos días le permite morir en paz, le confiesa. Le hace prometer que en su lápida inscribirá las palabras que ha pensado para su epitafio: Alegre voy a tu encuentro. Unas semanas después Michael muere debido a las complicaciones de una pulmonía que no responde bien al tratamiento.

Publicado la semana 37. 15/09/2021
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