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Ramón Cerero

Monigotes

Se llamaba Pachi. Era un niño desgarbado y con una gran cabeza alargada, como un calabazín. Tenía un acento extraño. No hablaba como el resto de los alumnos de la clase. Sus padres eran maestros en nuestro colegio. Habían llegado en el útlimo traslado. Pachi y yo eramos vecinos de pupitre en 3º de E.G.B.

     Durante aquel curso ambos teníamos una monomanía en común: nos gustaba dibujar monigotes. Creo que Pachi fue el primero que comenzó a dibujar esas figuras. Al principio, nuestros monigotes eran sencillos: una bolita y cinco líneas. Una para el tronco y cuatro para las extremidades. Durante ese periodo sólo dibujábamos una o varias figuras que interactuaban entre ellas. Pero la cosa se fue complicando y nuestros monigotes se multiplicaron. Pachi y yo comenzamos a dibujar ejércitos de monigotes que luchaban épicas batallas sobre las hojas cuadriculadas de nuestras libretas. Nuestros monigotes tenían arcos y flechas, lanzas, armas de fuego, caballos, etc... Algunos de esos monigotes representaban a los muertos caídos en combate y los dibujábamos tumbados, en extrañas posturas. Con nuestro lápiz dibujábamos nubes de flechas que caían sobre el ejercito enemigo. Algunos de los monigotes tenían sombreros o cascos para protegerse de esa lluvia de venablos. Durante esa época Pachi y yo llenábamos todo papel que caía en nuestra manos con esas batallas de monigotes. Sentíamos un horror vacui a los márgenes blancos que aparecían en nuestros libros de texto, aunque faltaban muchos años para que supiésemos que había una palabra para describir eso que sentíamos.

     Hacíamos monigotes sobre todo durante la clase, mientras el maestro, Don Cesario, nos daba la lección. Una tarde, esos monigotes fueron la causa de que me diera uno de sus famosos coscorrones. Don Cesario era un hombre mayor, bastante irascible. Creo recordar que estaba cerca de su jubilación. Tenía una calva prominente y el poco pelo que aún le quedaba era totalmente blanco. Pero la característica más definitoria y temida de Don Cesario era un anillo con una pequeña piedra que llevaba en el dedo anular de su mano derecha. Ese anillo era famoso en clase. Cada vez que daba un coscorrón a alguien con su mano derecha uno podía sentir en su cabeza la dureza de la piedra que portaba aquel anillo. Ni el anillo de Salomón que, según cuenta la leyenda, le permitía hablar con los animales, ni el anillo de Giges, que podía convertir a su poseedor en un hombre invisible, ni siquiera el anillo de Polícrates, que vuelve a manos de su dueño si este lo arroja al mar, se podían comparar a aquel anillo que tenía aquel maestro de tercero y que podía infligir un dolor tal que se te quedaba grabado en el alma.

     En el curso siguiente me cambiaron de maestro y me libré de Don Cesario. Ese curso también desapareció Pachi porque trasladaron a sus padres a otra escuela. Me gustaría saber qué fue de él. ¿Seguirá haciendo monigotes?

     Yo hace mucho tiempo que perdí esa manía de dibujar monigotes. Ahora dedico mi tiempo a escribir este tipo de cosas. Me gustaría contemplar ahora aquellas batallas de monigotes que Pachi y yo dibujábamos. Es una pena no haber conservado ninguna de aquellas libretas escolares.

Publicado la semana 39. 02/10/2021
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