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Samn C. de León

El Cazador y la Presa

El crujido de las hojas secas se acelera al compás de su corazón, corre y huye del cazador que la persigue. Sin embargo, su visión no alcanza a distinguir hacia dónde dirige su piernas, sus respiraciones aceleradas que entrechocan con la punta de su nariz helada, forman el humo ligero y cálido que aparece y desaparece tan pronto deja salir sus bocanadas de aire.

Rompe las hojas y las ramitas se clavan en sus talones, sus pies ya están sangrando y su piel descubierta se eriza mientras otra ráfaga de viento atraviesa su camino y levanta la cuerda que tiene atada a su cuello.

El cazador no corre como ella, sus pasos son rítmicos y tranquilos pero siente su pesadez que la persigue detrás porque ellos no hacen crujir las hojas, tampoco hacen que las ramitas se entierren en sus talones, el cazador destroza las hojas secas y parte la delgada madera de las ramitas en decenas de cachitos.

El sol de la mañana se oculta detrás de la capa grisácea del cielo y ella no puede ver su sombra mientras corre y huye del cazador. Sabe que se está acercando y desea ponerle fin a este juego sinsentido que su presa comenzó, en el momento en que escapó de su hogar. Sus ligeros pies combaten contra la aspereza del camino donde las rocas comienzan a tomar dominio y se entierran cruelmente en su delicada piel, como si fueran aliadas del cazador y quisieran pausar su huida para que la atrape de una vez por todas.

Así como sus pies, todo su cuerpo se convierte en sangre frondosa y carmesí. Por un momento se odia por haberse dañado, por haber arruinado la curación que él aplicó. Las heridas anteriores apenas habían sanado y debía ser cuidadosa con ellas; a pesar de que las cicatrices nunca se iban, eran tan frágiles que con el más diminuto accidente, se volvían a abrir en carne viva. Hacía tiempo que había perdido la cuenta de todos los hoyos negros, las marcas de quemaduras y rajadas que cubrían su cuerpo, eran infinitas y se acumulaban una sobre otra, no existía lugar alguno donde su piel fuera lisa y del color moreno natural que solía tener de pequeña. 

El frío era lo último que podría dañar su cuerpo desnudo y deforme. Su camino comenzó a ir cuesta abajo, inclinándose a un ángulo peligroso pero sus pasos no titubearon en su velocidad, el extremo largo de la cuerda que rodeaba su cuello la seguía por detrás balanceándose de derecha a izquierda rítmicamente como un reloj de péndulo. Conocía el camino tan bien como las cicatrices que cubrían su cuerpo. Así como el cazador que también pisaba sus talones. 

Era tan pequeña y el cazador se burlaba de su pobre intento de escapar con su corpulento cuerpo y la escandalosa risa que se acercaba poco a poco hacia ella. Cada vez lo escuchaba más cerca como si en cualquier momento su oído izquierdo fuera a estremecerse ante la carcajada del hombre, que ahora se encontraría a centímetros de su rostro.

La presa corrió en dirección a la frontera del bosque, donde la carrera llegaría a su fin. Estaba tan cerca, tan pronta a ganar el juego, la persecución. Jamás había llegado tan lejos y se permitió soltar un gemido de alivio más alto que cualquier respiración entrecortada, realmente iba a ganar.

Y entonces, el tramo de la cuerda se atascó contra las ramas de un pino seco y tiró de ella con tal fuerza que se quedó sin aliento y en su desesperación, se detuvo y miró hacia atrás; a solo un par de metros vio al cazador sonriéndole. Tiró de la cuerda, sus manos sangrantes mancharon de rojo el lazo una y otra vez mientras comenzaba a entrar en pánico por la cercanía de su captor. Ahora podía ver sus facciones, cada arruga que rodeaba sus ojos y boca, porque nunca paraba de sonreír. 

Tiró de la cuerda una vez más, su necesidad de escapar era más fuerte que su miedo y logró romper el lazo. La fuerza de tensión se liberó y con ella, la presa cayó hacia atrás y el ángulo de la colina hizo el resto. De pronto, no podía controlar la velocidad de su caída, rodó sobre el suelo terroso, acumulado de piedras, ramitas y hojas. Su cuerpo que era carne viva, fue el hogar de los guijarros y sintió como si algo enorme se clavara en su pecho desnudo. Su descenso se detuvo cuando la piel carnosa y arrugada de su cráneo chocó contra el tronco de un gigantesco árbol. Sus gemidos fueron débiles y lastimeros que hasta los animales más indefensos se habrían apiadado de ella.

Saboreó la sangre en su lengua y garganta, sin embargo, se inquietó aún más cuando intentó ponerse de pie y sintió que su cráneo carente de cabello, fluía incontrolablemente con algo más espeso que solo sangre.

Esto era todo, era el final de su vida y había perdido.

Quería seguir luchando, quería tener lo que después de tanto tiempo podía ver frente a frente. A solo cinco metros un pequeño tablón de madera decía: «¡Ganaste!». Pero no lo había logrado, había estado tan cerca de la libertad, de la esperanza de volver a vivir y olvidar la pesadilla más terrorífica de todas: el saber que los monstruos son reales y en la vida real, son más desalmados y violentos que cualquier creación imaginativa que tuviera la mente. Un humano que se convierte en un monstruo, es la peor de todas las pesadillas porque nadie sabe lo que realmente es capaz de hacer. Una mente incontrolable de un animal… atrapado dentro de un rostro humano, ese era su cazador. 

Todavía en el suelo y sintiendo que poco a poco la luz de su determinación comenzaba a apagarse dentro de sí, el cazador se para frente a ella, su presencia estaba tan cerca de su rostro que incluso pudo oler el característico olor de cuero del que estaban hechas sus botas.

Su conciencia quedó atrapada en su mente mientras el cazador se agachaba para acariciar su cuerpo roto, manchándose sus enormes manos de su sangre y llevándose sus dedos hacia su boca para lamer su vitalidad, probando el mismo sabor a cobre húmedo que ella también sentía en su garganta. No pronunció ni un solo ruido cuando el cazador le sonrió. Tampoco se estremeció, si su juego había terminado y este era el momento de su muerte, no mostraría la fragilidad que siempre se reflejaba en su mirada dura cuando la mantenía cautiva en su hogar.

—Cariño, estuviste tan cerca. —La voz del cazador tenía un ápice de tristeza, pero su sonrisa no vaciló y jamás desapareció de su rostro.

La presa intentó apartarse, pero él era más fuerte y rápido, su robusto brazo la sujetó por el cuello y levantó su cuerpo del suelo. Comenzó a asfixiarse mientras poco a poco, la mano del cazador se cerraba y apretaba su garganta. Mas el cazador no era conocido por brindar muertes benévolas y llevó su mano libre a su cráneo, donde la suave piel se había abierto en dos, creando una grieta que su torturador trazó de la punta de su oreja izquierda, hasta su nuca.

El dolor existía a su alrededor como un aura constante, que poco a poco comenzaba a sentirse más como un ruido sordo y molesto, pero que aminoraba con cada segundo, el tiempo seguía avanzando y el dolor se estaba acabando.

El cazador enterró sus dedos largos y ásperos en la grieta. En ese momento pensó en sí misma como los colosales muros de piedra, aquellos que sobrevivían años sin caer, pero que poco a poco se agrietaban y que de un momento a otro, eran invadidos por las enredaderas reptantes que encontraban su camino por sus huecos y entonces… el muro majestuoso comenzaba a dañarse hasta caer. Si la piedra no soportaba la naturaleza gentil de un ser vivo, ¿cómo podría ella sobrevivir la brutalidad de un monstruo?

Cerró los ojos cuando sintió que los dedos del cazador excavaban más profundo. El cielo no se apiadó de ella, no le dejó ver la tonalidad tan azul de un hermoso amanecer, el sol no calentaría su piel ni ahora ni nunca. Ni siquiera recordaba cuál solía ser su aspecto antes de ser secuestrada y deseó poder verse a sí misma una última vez. Si al menos no era su reflejo, podría ser la silueta de su cuerpo. Pero el sol no salió.

¿Cómo podría?, pensó. Ni el sol ni la luna, merecen percibir la muerte, si de ellos se ha de comparar con algo, es con la vida. La injusticia solo la recibe un día como estos, en un amanecer sepulcral.

El cazador contrajo sus dedos dentro del cráneo de la presa, apretó y contrajo una y otra vez, hasta que su cuerpo dejó de moverse y la sangre cubrió su brazo hasta llegar a su codo. Soltó el cadáver de su presa y las hojas secas crujieron debajo de su delgado cuerpo, ninguna ramita se rompió y los guijarros se mezclaron con la materia gris de su cerebro.

El cazador se limpió la sangre de sus manos entre su rizado cabello oscuro y sonrió cuando escuchó que una campana comenzó a sonar a lo lejos. La cena pronto estaría lista y él llevaría el platillo principal. Levantó a su comida de las piernas y la llevó de vuelta a su hogar.

En su espalda, la comida mantuvo sus ojos abiertos, en el reflejo de la capa cristalina que los cubrió en el segundo que murió, el rayo del sol iluminó sus irises tan pronto la gigantesca nube se empezó a desvanecer.

Publicado la semana 1. 07/01/2021
Etiquetas
Terror , De noche, en un bosque , asesinato, bosque
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