01
SBS

Ángeles de papel.

Ensuciando su pantalón con tierra, Abiel se arrodillo frente a la pequeña tumba que había escarbado con un diminuto trozo de madera. Sus manos juntas, formaban una jaula, que mantenía a salvo el cuerpo, escaso de vida, de la mariposa. Temía lastimar sus delicadas alas con sus torpes dedos de niño; por lo que acercó con cuidado su protección a la tierra y dejó caer al insecto.

Tomó la tierra que estaba a un lado de la tumba, y cubrió a la mariposa con cuidado. Cuando ella desapareció de su visión, presionó suave el suelo. A su lado, el frondoso arbusto de su madre, fue la víctima de un robó que nadie notaría. Abiel hurtó tres de sus flores, siendo estas las favoritas de la difunta mariposa, y las colocó sobre su sepulcro.

Entonces, unió sus manos en oración, aun sucias de tierra. Era joven para saberse largos rezos, o tan siquiera imaginar uno propio; pero mamá le había enseñado a rezar al ángel de la guarda, una poesía que recordaba con mayor exactitud. Cerró los ojos y dijo su oración por la mariposa en voz alta.

Para cuando abrió los ojos, sintió que algo faltaba. Sus hombros cayeron en decepción al darse cuenta del problema.

Cuando su abuelito había muerto, había muchas estatuas a su alrededor, hechas de piedra maciza y con suaves semblantes. Papá le había dicho que esos eran ángeles, y que ayudarían a su abuelo a llegar al cielo, donde sería feliz por siempre. Eso dejó mucho más tranquilo a Abiel, quien temía que su abuelo se perdiera en el largo viaje que le deparaba la muerte.

Pero los ángeles no ayudarían a la mariposa. Necesitaba mariposas que la ayudaran a ir al cielo.

Arrugó la frente y refunfuño, de la manera especial en que hacía reír a su madre siempre. Se puso de pie rápidamente, y corrió devuelta a la casa, para pegarse a los jeans de mamá, en busca de ayuda.

Una hora y medio después, su solución estaba lograda. Extendió su camiseta de Bob Esponja hacia adelante, y escondió en aquel bolsillo improvisado, todas las mariposas de papel. A mamá le gustaban las manualidades, y le ayudó a crear mariposas de papel para que ayudaran a su difunta amiga. Él se encargó de colorearlas con crayones, mientras mamá doblaba hojas del diario que papá había leído en la mañana.

De vuelta en el jardín, encontró con rapidez el improvisado cementerio, liberando a todas las mariposas encima de él. Ahora podía estar tranquilo de que la mariposa no se perdería de camino al cielo. Quizás, incluso, podría saludar a su abuelo.

 

Cuatro años después, a sus ocho años; inesperadamente y con un poco más de sentimiento, murió el canario que saludaba todas las tardes al volver del colegio. Este pertenecía a su vecino, un soldado retirado, que se sentaba por las tardes a ver la vida pasar frente a su casa. Era un hombre amable, de pocas palabras. Abiel disfrutaba de llevarle galletas cada que su madre preparaba, y compartir las vistas de la calle en medio del silencio.

Pero esa tarde no comieron galletas tan felices como siempre. A pesar de su brazo dañado, el soldado le ayudo a hacer un pequeño hueco en el jardín y enterrar el pajarito con cuidado. Esta vez, flores lilas adornaron el entierro, de las que el veterano tenía sobre su ventana.

De nuevo, Abiel se encontró con esa preocupación que le atormentaba, ¿Cómo iba a saber el canario llegar al cielo? Quizás podía volar muy alto, pero hace tiempo que solo vivía en casa, pegado al entorno de su dueño, sin marcharse muy lejos de su protección. El cielo quedaba muy lejos, y el camino nadie lo conocía.

Entonces, llamaron a mamá. Y ella siempre tenía la solución a cualquier problema, nacida en la sabiduría de ser madre. Recortaron papeles frente a la casa del soldado y su madre creo pequeños pajaritos de papel en origami. Abiel extendió su camiseta de nuevo, para cargar con las diminutas obras de arte y llevarlas al jardín de su vecino otra vez. Las inanimadas aves rodearon la tumba, en una especie de homenaje. Miró al cielo e imaginó el largo viaje por el que esta bandada llevaría al canario, surcando el celeste hasta llegar al lugar más feliz del mundo.

Abiel dejó de nuevo sus preocupaciones atrás, y corrió a comer galletas con el soldado.

 

Con maestría, doblo el papel en sus manos, color a color. Ya no era tan pequeño para necesitar ayuda, y podía decirse que, este trabajo, debía ser mucho más personal que otras veces. No usó su camiseta para llevar las figuritas, sino que cargó a todas ellas en un canastito de mimbre que solía usar para juntar moras. Su padre se había encargado de enterrar los restos; Abiel no era tan pequeño, y el dolor se sentía más.

Su madre había recogido algunas rosas, envolviéndolas en papel de regalo, y las colocó a un lado de la cruz improvisada que adornaba la tumba de Moody. Moody fue su perro por 5 años, había sido adoptado y le conoció cuando alguien creyó que era demasiado viejo para ser una mascota, y le abandonó. Nunca estuvo en los planes de familia tener un perro, pero este simplemente apareció un día en su puerta, mojado por la lluvia y sucio por la vida de calle. 

No fue demasiado tiempo para compartir, pero Abiel sabía que había hecho lo posible para darle lo mejor a Moody. Una de esas noches, regresó a dormir frente a la puerta en que le había encontrado años atrás, y no despertó. Papá decía que había muerto en paz. Mamá le abrazó para detener su llanto.

Sus creaciones estaban listas para esa tarde, y cargó con ellas en la canasta hacia el jardín. Esta vez, no dejó que cayeran desordenados por el suelo. Uno a uno, los colocó en fila, frente a la cruz que se alzaba en maderas viejas que su padre uso. Teniendo ya doce años, era claro para Abiel que no se necesitaban de guías para llegar al cielo. A pesar de su saber, estaba de rodillas en la tierra, sin saber por qué lo hacía.

En lo profundo de su corazón, sabía que no podía dejar a nadie a su suerte en medio de la muerte, era como abandonar a ese ser especial en su vida. Mantenía dentro de sus creencias la fe absoluta en que ellos sabrían eso; y le amarían aún en la lejanía del cielo.

La vida no es exacta, tan solo una probabilidad. Algunos viven eones en la mente de la sociedad, otros son fugaces y olvidados. Puedes vivir largos años, o contados segundos. Abiel no vivió mucho, ni poco; él creía que vivió lo suficiente.

Sin haber cumplido la mayoría de edad, ya había conocido más del hospital que un anciano. Y, quizás, por ello es que sentía tanto miedo a que el resto de sus seres queridos se perdiera en el abismo de una muerte no anunciada. Su muerte, en cambio, había sido advertida demasiado tiempo atrás. ¿Estaba preparado entonces? Quería creer que así era, que podía cerrar los ojos sin temer por no poder abrirlos mañana.

Por supuesto que no se rendiría hasta que la hora llegará finalmente, eso era lo que papá le había inculcado desde el ejemplo. El dolor físico no borraría su sonrisa, aunque atormentara más ver a mamá llorar.  Lamentaba mucho tener que dejar atrás, ahogados en tristeza, a todos aquellos que amaba. No era algo que estuviese en sus manos, era un destino que debía aceptar tarde o temprano.

Todo ese tiempo, en un cajón de su escritorio, creo guías para su viaje. Pequeños ángeles de papel llenaron la gaveta hasta su máxima cabida, incluso algunos quedarían olvidados en los rincones de la habitación luego de su partir.

Como un presentimiento demasiado palpable, sabía que no quedaba mucho tiempo que disfrutar. No estaba seguro si le pasaba a todos los seres que morían, pero la sensación no se asimilaba a nada que conociera. Por ello, no se sorprendió cuando una tarde cualquiera, despertó en el hospital luego de un llamado a urgencias. Su piel ya conocía el picor de las agujas y el sonido rítmico de su corazón en una línea.

El final del camino estaba delante de Abiel y nunca imaginó que pasaría tan pronto. Creyó que estaba preparado, pero el miedo regresó, aún más personal que nunca. No podía estar seguro si pondrían ángeles a acompañarle en la tumba, y esa duda le molestaba más que los cables que le monitoreaban.  

De la misma forma que lo hacía cuando era un niño y se aferraba a la pierna de su madre, pidió ayuda a la dulce mujer que tomaba su mano. Mamá dijo que no debía preocuparse. La vio hurgar en su bolso y sacar uno de esos ángeles de origami que tanto había preservado.  Papá beso su frente y prometió que los ángeles de papel estarían con él todo el tiempo para guiarlo.

Abiel sonrió, con la seguridad que le daban las promesas de sus padres y el ángel de papel que reposaba en su mano cansada. Ya no podría hacer un solo ángel más, porque sus fuerzas se habían perdido; sin embargo, presionó aquella figura de papel en su palma y cerró los ojos.

La mamá de Abiel, la misma que tuvo la idea de las mariposas de papel, y su padre, quien le aseguró a su hijo que los guías al cielo no dejan perder ningún alma, cada mes llevaron un ángel de papel al cementerio con ellos. Muy probablemente, Abiel ya estaba muy lejos del mundo terrenal, pero no veían mal que un ángel más le acompañara en su eterno descansar.

Sobre la tumba de Abiel los ángeles de papel se depositaban en su supuesta misión. Pero cuando papá y mamá se marchaba, el viento soplaba hacia una dirección predestinada. El ángel de ese mes volaba, como si sus alas de papel sirviesen de algo. Entonces, cuando parecía dirigirse a lo alto del cielo, la brisa lo abandonaba.

En giros suaves, comenzaba a caer de vuelta a la tierra sobre una tumba diferente. Un alma diferente necesitaba un guía al cielo, un alma perdida rogaba por ángeles de papel.

Y Abiel no podía dormir con esa preocupación.

Publicado la semana 1. 10/01/2021
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
01
Ranking
0 228 0